La vida por la patria

Frini, Daniel

Me estoy muriendo, papi. Pero estoy feliz, porque voy a encontrarte ¡No sabés lo que te buscamos la vieja y yo! En comisarías, hospitales y morgues, desde el Comando hasta la Nunciatura. Mamá le preguntó a cuánto milico encontró, pero nada. Yo tenía trece. Te extrañamos tanto. Ella se quedó seca de tanto llorar, y al final se apagó la pobre. Y allá está, como ida, en casa.
Ahora estoy acá, después de una pila de días cagado de hambre y frío, en las queridas islas, sin nadie que me ayude y desangrándome después de que una ráfaga de proyectiles siete sesenta y dos me borrara las piernas.

Pibes

Yudchak, Héctor Daniel

Una noche del año 1968. Una casa del conurbano. En su dormitorio, recostados en una cama cucheta, dos chicos de 7 y 8 años escuchan deslumbrados la lectura de Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury. El que lee es un muchacho de 18. Los pibes navegan por los mares del planeta rojo y sueñan despiertos con esos seres extraños, tan fascinantes, tan creíbles.
Eran tiempos de imaginación, de altos horizontes. Marte estaba cerca, como otros mundos utópicos.
Pocos años después, uno de los pibes es secuestrado de su propia casa, torturado, desaparecido.
Muchos años después, el otro, escribe estas líneas.

Puertas

Vidal, Valentina

A la vuelta de tu casa hay una puerta, que mi abuelo pulió y barnizó con dedicación cuando mi viejo era muy chico. Después él se hizo hombre y siguió viviendo en el mismo lugar, con la misma puerta, que luego él me abriría cuando yo todavía no alcanzaba el picaporte. La misma que más adelante yo trataría de abrir sigilosamente, cuando llegaba de madrugada.
Esa puerta supo sostener tu espalda y la mía, cuando me acompañabas hasta casa y alargábamos la despedida. La misma que un día cerraste con enojo y volviste a abrir arrepentido. Una puerta que albergó siestas sublimes, noches de sueños, de comidas en familia, de sobrinos corriendo por el patio, de proyectos y ganas de hacer de este un mundo mejor. Una puerta que también nos protegía con el invisible velo de la privacidad y el derecho a decidir a quién se le abría para formar parte de la intimidad del hogar.
Esas mismas puertas que un día los que no quisieron ver nuestras ilusiones hechas realidad, derribaron, quebraron, rompieron, violando y matando nuestros esfuerzos y sacrificios, creyendo que así lograrían cerrarlas para siempre, dejando incertidumbres, vacío y espanto.
Pero detrás de cada una de esas puertas silenciadas, en somnolienta vigilia sin olvido, quedaron guardados todos aquellos sueños: Las semillas que esperaron con la paciencia que dan los años y la perseverancia del recuerdo que nunca claudica, en nuestros padres, hermanos, hijos, amigos y en vos, que supiste abrirlas a fuerza de lucha y sacrificio, para que cada una se riegue y florezca en otras miles, logrando encontrar un atisbo de sentido a tanto dolor.
Abrir de par en par todas esas puertas, es renacer en cada uno de nuestros sueños de justicia, paz e igualdad; es procurar construir un país, con la memoria y la verdad en cada renuevo de esta maravillosa tierra.

Baldosas que hablan

Puga, Fernando Andrés

Las de Hollywood recuerdan estrellas de cine. Las dos o tres que hay en el barrio, no. La que está en la cuadra de la calle Lope de Vega, entre la vía y Bacacay, rescata de las balas a un tal Horacio Jorge Sosa. Nunca lo conocí en vida. Cada mañana, al pasar por la puerta de la casa donde él vivía, leo su nombre y la fecha en que fue asesinado por el terrorismo de Estado. Hoy puedo decir que somos amigos. Cada mañana yo lo arranco del olvido. Cada mañana él me devuelve la memoria.

Tú mismo

Puga, Fernando Andrés

No te fuiste. Te llevaron.
No te traeremos. Vendrás.
Y nunca será tarde cuando nos encontremos.

Cámara Gessel

Cicchetti, Graciela Bibiana

Pensé que venían por la cámara, las fotos para el concurso o algo así. Es un pensamiento ingenuo el primero que una tiene antes de un estupro.
Terminé en esta sala de canto forzado.
Soy la perra que desfloraron y se les retobó. Los oigo y los huelo, sus jadeos entre mis muslos, su semen en mi barriga. Me veo las crenchas en ese espejo falso, la baba chorreándome, la ropa pegada con la mierda del basural donde me tiraron y los gusanos untados en mi pubis.
Ellos ahora, del otro lado, resguardados en su función, tratando de limpiarse las marcas de mis uñas en el cuello, relamiéndose en la carroña que nunca es bastante.
Me arrastro, me orino. Una hemorragia libertaria toma mi venganza, debajo de las esposas.

Sin título

Monzón, Horacio

Willy, me dijo: “quedate tranquilo, a vos te largan”, y agregó: “yo canté que vos sos un perejil”. Así sucedió. Hoy soy un liberado; Willy todavía sigue desaparecido.

En la Tierra del Nunca Jamás

Bisignano Burgos, Alejandro

¿Indicios? Solo los necesarios, aquel pañuelo rojo atado a la baranda del balcón, nuestros códigos del bienestar que provocaban subir en paz los tres pisos hacia la puerta N° 18 y golpear para recibir el beso cálido de ella, mi compañera de vida y de
lucha, mi amada Ana.
Eran dos golpes seguidos y otro al segundo, siempre con el nudillo de la mano izquierda. “¿Sos vos Jorgito?”, preguntaba siempre sin falta antes de girar el picaporte y esperar mi respuesta que rompa el hielo del temor: “No, soy Peter Pan, en persona”.
Nuestros horarios eran nómades, los pensamientos firmes y nuestros relojes, decididamente, no eran sumergibles.
De eso fue testigo la inmensa profundidad del Río de La Plata.

Muñecos

Romagnoli, Juan

La niña juega sola en su cuarto. Ubica una pareja de muñecos en los pequeños sillones de su casita de madera. Tararea una canción alegre. Acomoda el vestidito de ella y la ropa diminuta de él.
Luego deja de cantar y simula una irrupción por la puerta principal de la casita: Dos soldados de colección, de su hermanito, desparraman los muebles de juguete. Los maneja con brusquedad. Susurra órdenes. Coloca capuchas ínfimas, que cosiera su abuela, en las cabezas de su pareja de muñecos, y los hace salir a todos por la misma puerta.
La madre llama a cenar. La niña devuelve a su lugar los juguetes del hermanito y acomoda la casita de madera. Sin demora, se asea las manos en el lavabo y desciende las escaleras. No sea cosa que haga enojar a su padre.

La herida en la oreja

González, Osvaldo Omar

Juan José se miró al espejo como todas las mañanas. Miró su herida en la oreja como todas las mañanas. Un accidente, ¡¡eso puede ser!! Mauricio me dijo que era un mordiscón. Mi tía no sabe nada, habrá sido en el accidente. ¡Seguro! ¿Es un mordiscón? No puede ser, ¿morder así a un bebé? No puede ser. Mauricio es médico pero puede equivocarse. Un accidente.
Ya no es tan difícil para Juan José como cuando era chico, la herida, las explicaciones a los chicos, las cargadas, la pregunta, siempre la misma pregunta.
Juan José pensaba todas las mañanas en la herida en su oreja izquierda. Con el tiempo le tomó cierto cariño a la herida, pensó por un instante que podía ser de amor. La duda, ¿cómo fue el accidente? Ruta 205, choque fatal murieron mis padres y entre los fierros perdí parte de mi oreja, no es tan difícil de entenderlo. ¡Un mordisco me dijo Mauricio! Se pudo haber equivocado.
Juan José se viste y sale con su duda y su herida en la oreja izquierda.
Hace frío en Buenos Aires.
Junio de 1977.
Hace frío en Buenos Aires.
El gordo lo miró sonriente. Se dio cuenta de que Antonio no estaba bien, últimamente venía aflojando con el trabajo. Pensaba mucho el boludo, acá no podés pensar, tenés que cumplir y listo. No pensar tanto.
– ¿Qué frío que hace no?
Antonio lo miró.
– Si, ¿para grapa no? Insistió el gordo. ¿Alguna novedad? ¿Algo especial? ¿Hay parrilla hoy?, preguntó el gordo.
Antonio se sentó al lado y lo miró a los ojos.
– ¿Viste la morocha? (intentó Antonio) ¿La que decías que se parecía a tu prima? Nació el bepi.
– ¡Era nene! Bueno, ¿y con eso qué? ¡Estaba en fecha! No empecemos con eso. Hoy no vengo bien Antonio.
– Si, ya sé, ¿sabes lo que hizo cuando nació? Le dio un mordiscón terrible al bebé y le arrancó media oreja.
El gordo lo miró fijo.
– ¡Ves que son bestias! ¿Cómo le podes hacer eso a tu propio hijo? ¿Te das cuenta porque es todo esto? ¡Son animales!
– ¡Me dijeron que lo hizo para poder reconocerlo algún día! Por las dudas mañana…
– (el gordo lo interrumpió) ¿Por las dudas de qué? Si ya parió le quedan horas, ¿ya está no? (lo miró fijo y volvió a preguntar) ¿Entendés? Ya lo sabíamos.
– Ella no lo sabe, piensa que algún día lo va a reconocer.
El gordo se puso de pie, son bestias, pensó, como podes hacerle eso a tu propio hijo…