¡Salud, compañero!

Cabrera, Rubén Faustino

El Felipe Rutini de Colección, cosecha 1983, seguiría esperando el ascenso a sub-gerente para ser descorchado. Elixir, exquisitez, delicatessen, exaltación de las bacanales, manjar de los dioses paganos, chiche bombón, una masa, joya nunca taxi.

Así les describía ese vino heredado de la tía Adelma a sus compañeros de oficina mientras juraba beberse su contenido valuado en mil dólares absolutamente solo cuando lo ascendieran a sub-gerente. Pero, lo jubilaron a Guzmán y tardaban en darle el cargo vacante a él.

Veinte años sin faltar una sola vez, pero ese día decidió hacerse el enfermo. De pura bronca, no más.

– Tu gerente vino a verte -le anunció su esposa por la tarde.

– Le traigo malas noticias -dijo el gerente.

– Señor… estoy enfermo de verdad.

– Quédese tranquilo… sub-gerente.

– ¿Me ascendieron?

– Sí, señor. Lo felicito.

– ¿Y cuál puede ser la mala noticia, entonces? Me cambian de sucursal…

– No, señor.

– Me cambian de sector…

– Tampoco. Usted sigue trabajando conmigo.

– ¿Y entonces? ¿Cuál es la mala noticia?

– ¡Vaya y traiga ese Felipe Rutini y festejemos entre los dos! ¡Amarrete!

Irracionalidad

Broggi, Felisa

Me gustaba estar en la bodega familiar: era fresca y silenciosa. No había ruidos de ninguna clase. Sí un perfume suave y delicado. Les aseguro: nunca probé ni una gota de vino. Ni cuando era adolescente y veía a mis amigos enloquecerse solamente por un vaso. Yo, nada. Otras cosas me gustaban: la lectura, los paseos solitarios, el aroma del verano, mi colección de botellas.

Elena, mi novia, era una linda mujer. Joven e inteligente. Enojó a su parentela cuando anunció nuestro noviazgo. No les hicimos caso. Nos casamos y pronto nació Milena, una beba de ojos verdosos. Éramos felices; sí, dije bien: éramos. Una tarde, Elena se fue con Víctor, mi mejor amigo. Ni siquiera se acordó de nuestra hija.

Decidí instalarme para siempre con la niña en la bodega: trasladé cama, ropero, mesas, juguetes, sillas, ropa y algo de comida. Pensé prolijamente la venganza: Milena, mi hija, me serviría para desquitarme de mi mujer. Es loco esto, ya sé, pero… Cuando vuelva no creo que la encuentre viva. De eso me ocuparé todos los días… Mientras estoy preparando su comida, creo que pensaré en algo cruel; muchos me calificarán de insensible. No importa: a mí no me interesa pero sé que a ella, a Elena, no le alcanzarán los años para arrepentirse de lo que me hizo.

Vino

Bellouh Ardoy, Claudio

Vino. Exquisito, intenso, exótico, generoso, aterciopelado, armonioso, elegante, vigoroso, noble, potente, expresivo, inquieto, amable, carnoso o cualquier otro adjetivo que se le quiera adjudicar, pero jamás será “rico” o simplemente “bueno”. Su identidad no lo permite. Baco lo entronó como el delirio místico.

Vino, que sabe bohemia, silencios y amarguras, de arrastrar penurias, de amores contrariados y olvidos. De comilonas y saturnales, Culpable de familias desgarradas, locuras incontrolables, sueños envilecidos. Fácil de tomar, difícil de abandonar. Se le puede aplicar lo que dijo el poeta sobre el tango: “me hiciste mal y sin embargo te quiero”.

No es vital para la salud, ni necesario para la felicidad del hombre, pero sabe de poesía, de alegrar mesa de amigos y batallar la soledad.

Cuando comienza la danza, los sentidos se aprestan. El oído al descorche y al gorgoteo sobre la copa, que la mano acaricia disfrutando su textura. Se achican las pupilas para penetrar el color, se dilatan las aletas de la nariz para cumplir su cometido y el paladar ansioso, termina la función.

Historia de la humanidad

Scarso Japaze, J. Eduardo

Adán probó el agua; su cuerpo entero tembló ante el milagro de la frescura en la garganta, de la pureza transparente fijada en sus retinas. Después, famosamente, probó una fruta, que dio en ser la manzana. De allí sus hijos y los hijos de sus hijos, que primero caminaron el mundo sin saber que era redondo, y luego, sabiéndolo. Amaron y odiaron, fueron santos y malvados, vivieron en paz y en guerra.

Llegó el día en que uno de los buenos probó otra fruta, que enracimada y al sol había madurado, madurado tanto que lo que mojó sus labios era ya el fermento. De allí las artes y las ciencias y el talento creativo de las generaciones para hacer de ella aquello que un hijo predilecto del Padre llamó o confundió con su propia sangre, con su propia vida. Ya estaba entre nosotros este viejo compañero del placer, del furor, de la nostalgia, de la alegría, del sueño.

Otros la contarán, seguramente, a su apocalíptica manera; me ha sido dado revelarte la verdad, y es que la Historia de la Humanidad terminará con la sensación aterciopelada del invocado vino en la garganta de un hombre, cuyo nombre no sé, que tal vez seas tú, que tal vez sea yo.

Buenas noches

Naves, Marcela

La cocina aún se mantiene tibia y el aroma a estragón domina el ambiente, hace sólo unos minutos que apagué el horno. Compruebo una vez más que nunca una carne sale igual que otra, o más tierna, o menos jugosa, con más pimienta, pero siempre diferente. Estoy descorchando un vino cuando suena el teléfono. Es él.

Su voz cascada me llega desde lejos, no bajita sino íntima. Me susurra tiernamente, me pide que me siente mientras hablo con él, y yo obedezco. Con mi copa recién llena en la mano me acomodo en el sillón y me entrego a sus palabras. Me encanta escucharlo, es autoritario y dulce a la vez. Me pide que cierre los ojos y que recorra mi cuerpo con ambas manos, con las palmas abiertas, despacito, de arriba hacia abajo, mis senos, mi abdomen, ahora en círculos hacia afuera, hacia adentro, como masajeándome.

Sigo con los ojos cerrados y su voz me lleva hacia los confines de mi cuerpo, a mis rincones y mis curvas, que él conoce mejor que nadie. Levanto mi pollera y él me pide más y más, y yo obedezco, siempre lo hago. Siento cómo su voz cambia de tono, se hace más grave y ahogada como si se tragara los sonidos. Me excita. Mi cuerpo y sus palabras juegan libremente, danzan, se coquetean, pero siempre obedeciendo sus pedidos, que son súplicas. Me detengo apenas un instante para tomar un sorbo de vino, ese elixir maravilloso que mi boca seca de placer agradece. Retomo el juego.

Mojo mis dedos en la copa y acaricio mi sexo tal y como él me lo describe, como si estuviera viéndolo. Vuelvo a cerrar los ojos y me dejo llevar por sus palabras, él sabe hacerlo, me lleva… me lleva… hasta lo más profundo de mis sentidos, empiezo a temblar y él lo nota y me obliga a seguir como si estuviera junto a mí y fuera su mano la que está dentro mío. Recorro laberintos de calor y color. Abro mis ojos y lo veo frente a mí muy cerca, sonriéndome, mojando mis labios con los suyos. Y estallo en un grito de luz que rompe el hechizo no sin antes decirle que lo amo, que lo necesito junto a mí ya mismo. Él se ríe, con su voz cascada se ríe dulcemente y me desea buenas noches.

Reflejos dorados

San Martín, María Cecilia

La última vez que lo vimos fue en la nochebuena de 198…Habíamos alzado las copas para hacer el brindis correspondiente. El champagne estaba frío y burbujeante y las gargantas se estremecían ante la inminencia de ese primer trago de textura algo áspera y al mismo tiempo delicada, como una fruta arrancada del árbol. Algunos preferían sidra, así que se destaparon botellas, en medio de las bromas de a quién le tocaba el corcho y se beneficiaba con el casamiento, porque siempre para la ocasión hay alguna soltera o viuda; separada es difícil de encontrar en esas reuniones de familia más o menos tradicionales.

Él vestía una chomba azul con rayitas grises, pantalón vaquero y sandalias franciscanas, y al levantarse para brindar hizo ese gesto tan habitual de acomodarse el mechón de pelo que le caía sobre la frente.

Entonces descubrió, copa en alto, cómo su prima de 16 años lo miraba de una manera tan intensa, entregada, total, que para él, casado y al filo de los 40, le resultaría imposible soportarlo.

Después salió a la galería, tal vez pensando que el oro de esos ojos tenían el mismo color del champagne.

Y no volvió más.

Caperucita Roja en 140 caracteres. Parte XVII

Varios

Vesania, Carmen

El lobo feroz decide que es más cruel obligar a Caperucita a ver la TV en horario infantil que zampársela.

Vicioso Sánchez, Julián

La abuelita zalamera abrazó al cazador como agradecimiento. No sospechaba el pobre que muerto el lobo acabaría en las garras de una loba.

Vicioso Sánchez, Julián

Caperucita y el lobo quedaron para dar cuenta del cazador. Descubiertos, él salió absuelto pero ella, acabó condenada por canibalismo.

Vicioso Sánchez, Julián

El cazador estaba dispuesto a todo por salvar a Caperucita, por eso disparó a la abuelita. Una vez muerta el lobo se deshizo del cuerpo.

Vicioso Sánchez, Julián

Caperucita Roja se encariñó tanto del lobo que acabó denunciando al cazador. Fue suficiente, el jurado lo condenó por maltrato animal.

Vicioso Sánchez, Julián

El cazador se vio en el paro. La muerte del lobo envenenado tras morder a la abuelita le dejó sin labor, por eso tuvo que cambiar de cuento.

Vidal, Ana

Fue la loba quien ayudó a Caperucita Roja y a la abuela a salir del armario en el que llevaban años metidas.

Vidal, Ana

Si Caperucita revisara su cestita vería que lo que envía su madre a la abuela no es precisamente comida, el lobo lo sabe.

Vidal, Ana

Caperucita lleva pastillas azules a su abuelita para que las tome el cazador. El lobo hace de gancho.

Vidal, Ana

La madre de Caperucita sabía que su hija vengaría el abuso y humillación sufridos por una manada de lobos en su infancia.

Vidal, Ana

Caperucita, enviada especial al bosque para destapar la caza indiscriminada de lobos protegidos por cazadores furtivos.

Vidal, Ana

Doctor, mi hija confunde lobos con coches y cazadores con semáforos ¿cree usted que lee demasiados cuentos?

Vidal, Ana

Tanto fue Caperucita al bosque, que finalmente encontró a su medio lobo. Vivieron felices y comieron perdices.

Vidal, Ana

Caperucita, una niña de colmillos afilados, encontró el amor en el lobo, él la devoró con la mirada, la escuchó y se la comió a besos.

Virzi, Analía Susana

La mamá de Caperucita nunca asumió su culpa. ¿Por qué hacerle una caperuza roja ostensiblemente visible desde cualquier punto del bosque?

Virzi, Analía Susana

Caperucita quería recorrer el bosque a su antojo. Le pidió a su mamá una caperuza verde y salió camuflada entre la vegetación.

Virzi, Analía Susana

El leñador practicó una cesárea y el lobo se convirtió en el primer ejemplar macho que dio a luz a… ¡una abuelita!

Vique, Fabián

La niña feroz: Abuelita, abuelita. Que lifting tan increíble te has hecho.

Vragas, Cloras

La Srta Laura dijo: ¡Que pase el desgraciado! Desconcertado, lobo se enfrentaba contra la abuela por la custodia de la niña… ¡y con Latinoamérica de testigo!

Vragas, Cloras

Desde entonces Caperucita se declaro fetichista y la

Caperucita Roja en 140 caracteres. Parte XVI

Varios

Sapia, María Emilia

El Lobo ataca, pero tal hecho corresponde a su propia naturaleza e instinto animal, exacerbados por la conducta de Caperucita.

Sapia, María Emilia

La versión de que Caperucita, cuando el lobo pregunta ¿DÓNDE VAS? responde: A BAÑARME DESNUDA EN EL RIO, cobra cada día más fuerza.

Sapia, María Emilia

Que Caperucita confunda al Lobo con la abuela indica lo poco que iba a verla, hecho que denota abandono de persona por parte de la joven.

Savoia, Liliana

Camino a casa de abuelita se topó con los piquetes de la General Paz. El lobo, entre las gomas humeantes gritaba junto a ella a viva voz.

Shammah, Norberto

El lobo se cansó de metáforas y con la anuencia de la abuela, cuando llegó caperuza le propuso casamiento. En el bosque el cazador aún llora.

Shammah, Norberto

Caperucita negocia en medio del bosque que lobo feroz se coma a su abuela y la deje vivir en paz con cazador 30 años mayor.

Shammah, Norberto

Caperucita se pierde en el bosque. Se cree en ataque de un lobo. El lobo dice ser inocente. La abuela reclama justicia.

Shammah, Norberto

Caperucita admite que mintió sobre ataque de lobo. Se escapó con cazador 30 años mayor. La abuela le pide que vuelva, que ya la perdonó.

Shammah, Norberto

Lobo querido: mi abuela nos ha descubierto. Tuve que mentir y decir que quisiste atacarme. No podremos vernos por un tiempo. Te amo.

Shammah, Norberto

Voy cruzando el bosque a lo de mi abuela. Siento que me sigue un lobo. Tengo miedo. Voy a tener que usar el revólver de mi canastita.

Shammah, Norberto

Salud: cuídese en el bosque de lobo feroz. Ocupación: visita familiar anciano querido.

Negocios: conocerá a cazador que le brindara seguridad.

Shammah, Norberto

Fue un viaje sin problemas y llego antes de tiempo. Antes de golpear miro por la ventana. Mi abuela merienda con un cazador y un lobo feroz.

Siri, Agustina

Último momento. Crimen pasional. Muere piba vestida de rojo en el bosque. Su abuelita y un lobo, únicos implicados.

Serra, Lorena Lara

Había una vez un lobo solitario. Se enamoró tan ferozmente de una mujercita de capa roja que se comió a toda su familia y con ella se quedó.

Serrano, Gisela

¿Qué mató a la abuelita, el lobo o la humedad?

Serrano, Gisela

¿Lobo está? Estoy comiéndome a la abuelita…

Simone, Elizabeth Viviana

El bosque se transformó en desierto. Gracias a su capa roja y a su canasta con frutas sobrevivió hasta la última tormenta.”

Simone, Elizabeth Viviana

“Colorín y colorado, por este gran espejito (#CaperucitaRoja) el cuento aún no se ha acabado…”

Sosa, Florencia Carolina

Luego de 33 días, apasionante rescate de Caperucita Roja. “Presidente, la niña está a salvo”, anunció el guardabosques.

Summo, Marcelo

“Último momento: Caperucita no es roja, es celeste y blanca, la vi llorar por la muerte de Néstor”.

Supertino, Gerard

“…tu llanto no ha de humanizarme, pequeña Caperucita Roja, soy un lobo… ¿si mi deber es comerte, no es el tuyo servirme de alimento?”

Tangelson, Guillermo

– Comí a tu abuela pues no soportaba verla siempre sola –dijo el lobo.

– ¡Qué corazón tan grande tienes! –replicó Caperucita al dejarse comer.

Tangelson, Guillermo

Un día Caperucita tiñó su capa de negro. El lobo creyó que era de los suyos: – Una anciana llora su soledad en el bosque. La comeré y vengaré a quienes la dejaron. – ¿Por qué a ella? Comamos a la hija. Y le crecieron grandes colmillos.

Tuñez, Gabriel

La abuela se colocó el pañuelo, tomó la foto de su nieta Caperucita y comenzó a rondar la plaza. Un policía, llamado Lobo, la mira serio.

Tuñez, Gabriel

La abuela se puso el pañuelo blanco y comenzó a rondar con la imagen cubierta con una capa. La mira un lobo de azul.

Uekado, Mariano

Luna llena. El leñador visitó a su abuelita. Volveré mañana, dijo, cuando seas humana otra vez. Así lo hizo, convertido en Caperucita Roja.

Uekado, Mariano

A Caperucita Roja se le hizo tarde pero pudo llegar a tiempo para escuchar la aburrida historia del leñador, una y otra vez.

Uekado, Mariano

Llegar tarde tiene sus ventajas: al lobo le tocó hacer otro papel y así salvó su vida. Murió Caperucita Roja.

Uekado, Mariano

La abuelita compró los derechos del cuento. El lobo devora a Caperucita y al leñador. Ella duerme abrazada al lobo.

Urtasun, Marta

Cuando se supo que la niña de la caperuza roja era la nieta 103, “El lobo” huyó al bosque por el camino más corto. Uno de los suyos se lo comió.

Uva, Elvira

Caperucita y el otro

El lobo dejó de acechar a Caperucita Roja y, gentilmente, le cedió la oportunidad al toro. También la sangre es roja.

Uva, Elvira

Chusma

La abuela grita; el lobo aúlla; Caperucita gime. Los vecinos, de parabienes.

Uva, Elvira

Hacer el cuento: Encontré a mi novio en la cama de mi abuelita. No encendí la luz y le hice creer al muy imbécil que lo había confundido con ella. En la cocina, busqué una cuchilla que le clavé en el corazón mientras mi abuela salía del baño envuelta en una toalla y con el cabello húmedo. Después, le hicimos a la policía el cuento de Caperucita. Siempre fuimos muy compinches, mi abuelita y yo.

Uva, Elvira

“Murió virgen y santa”, comentaban los vecinos de Caperucita. El lobo recordaba, voluptuoso, y le encendía una vela cada noche.

Uva, Elvira

La roja Caperucita encabezó una revuelta que terminó con abuelitas, madres y cazadores. La revolución fracasó al casarse con el lobo.

Uva, Elvira

La desobediencia mostró a Caperucita el camino no trazado; el deseo, la cama; el castigo, la fama. No hay panza que por bien no venga.

Uva, Elvira

Sorprendí a mi novio en la cama de abuelita y a ella saliendo de la ducha envuelta en un toallón. No contaron el cuento.

Caperucita Roja en 140 caracteres. Parte XV

Varios

Pérez Santos, Susana

Le escuchaba decir “para comerte mejor” y su cuerpo se convertía en fuego. Cuando oía esas palabras, la comida no llegaba a la abuelita.

Peruzzo, Marcos

– Es tan tarde. Le dije, el bosque no. Golpean, ¿será? Señora es por su hija, ella está… ¡Y el leñador abrió al medio al lobo!

Peyrano, Evelin

Pasearse por el bosque vestida de rojo posiblemente fuera su último recurso. O lo provocaba o jamás estarían juntos. Y así fue.

Peyrano, Evelin

Dos femeninos desaparecidos, sin testigos. Canasta en el piso, capa roja sobre la cama… sangre por todos lados. Y los forenses entraron.

PoloAyllapan

Crónica: Zona roja. Aparece viva la abuela de la piba descarriada dentro de la panza de un travesti peludo. Vecinos lo ajustician.

Polo Ayllapán

34 años Capital Federal

Pombinho, Claudio

Había una vez Caperucita, el lobo le hace preguntas y se la come. ¿Se la come el lobo, digo, a Caperucita? ¡Idiota! ¿Por? ¡Ya no lo sabré!

Pos, Carlos

Mi madre y el leñador fueron amantes -admitió Caperucita. En represalia, por descubrirlos, inventaron lo del Lobo y quedé como una tonta.

Pos, Carlos

Nada es lo que parece. El lobo se disfrazó de abuela; Caperucita de lobo; la mamá de Caperucita; el leñador de madre y la abuela de leñador.

Pos, Carlos

El Lobito Ferocito se quejaba de dolor de panza. “¿Qué le pasa?”, le preguntó el Lobo Feroz a la Loba Feroza. “¡Comió Caperucitas Verdes!”

Poustis, Gladys

Algunos bípedos implumes pensaron en rojo, rojo fue el fluido de mis venas abiertas.

Hoy es el funeral del lobo y Caperucita está de luto.

Prósperi, Gabriel

Feroz: El leñador mató al lobo de un hachazo y sacó de la panza a la abuela… O lo que quedaba de ella: el lobo tenía una digestión muy rápida.

Pugliese, Maximiliano Gastón

Caperrusita traía vodkanastita parabuelita. En bosque, loboris el sobieticomensal, ansiosofóvich espera para Mamushcanibalístico almuerzo.

Pugliese, Maximiliano Gastón

Soy “lobo”. Me perdí en el bosque. Soy negro sin collar. Dientes y nariz grande. Si me ves llamá. Mis dueños me extrañan. Será Gratificado.

Pugliese, Maximiliano Gastón

El lobo dijo: “¡Caperucita tanto tiempo! Pero qué panza tan grande tienes”. Caperucita contestó: “eh, si, sentate que tengo que hablar con vos”.

Reyes, Marcelo Pablo
Kaperusita: Muerte de lobo en manos de leñador K. La Abuelita traficaría manzanas. Fuente cercana al sillón de Rivadavia.

Ribbert, Elsa

Primicia: ¡Caperucita y el Lobo son los ganadores del Bailando! ¿El sueño? Lobo abrirá su propio comedor infantil en el bosque.

Rivero, Héctor

El lobito bueno se encontró con Caperucita y ésta lo sedujo ofreciéndole su canastita.

Roa, Matías

Lentes de contacto “Para ver Mejor”. Caperucita se hubiese dado cuenta que era el lobo sin dudar tanto… ¡LLAME YA!

Rodríguez, Marcelo

Caperucita era roja; comunista. Se lo iba a revelar a su abuela, pero se le cruzó el lobo feroz. Jamás morirá de la memoria.

Roggero, Fabián

El hilo de luz a través del ombligo las tranquilizó. Caperucita se contrajo y la abuela vio, como por una mirilla, al cazador que ingresaba.

Rojapiel, Jerónimo

– Abuelita abuelita, pero que braz… – Escuchame… ¿vos sos o te hacés…? ¿No ves que soy un lobo? L-O-B-O… un loboooooo… ¡Auuuu!

Rojapiel, Jerónimo

Se busca niña entre 13 y 17 años, vestía una caperuza roja, vista por última vez en un bosque, acompañada de un lobo. Gracias.

Rojapiel, Jerónimo

Se busca hombre de unos 35 años, vestía camisón, de contextura peluda, apodado “el lobo”… Llamar al 0800-pedofilia. Muchas gracias.

Rolnik, María Cristina

Ca-pe-ru-ci-ta luz de mi vida, latigazos de lengua sobre el paladar. Caperucita los lobos no hablamos, nuestra saliva es eterna.

Rolnik, María Cristina

Ella se deshizo de la capucha y de la bombacha broderí. Triste su Lobo: “No podré quitarme nada”. Maldita fiesta de disfraces, rabió Caperuza y apagó la luz. Ronca llamó “Vení”. Se comieron igual.

Romero, Carlos

Caperucita dixit: El lobo ha muerto. Lo sé. Mas nunca olvidaré aquellos ojos, su lengua en mi garganta, sus bellos dientes asesinos…

Sacieraín, Julio César

Yace aquí el lobo feroz que atacó a Caperucita y a su indefensa abuelita, muerto por un leñador. Toda historia, si meditas, es versión del ganador.

Sala, Isabel

El leñador se disfrazó de lobo, que se disfrazó de abuelita, que enseñó sus dientes a caperucita, que no supo de qué disfrazarse y dijo: Ohhh.

Sanabria García, Lola

– Desde que metiste a la abuelita en la residencia, se acabó el lavado a mano. Tu capa rojo-sucio ya no me tienta- dijo el lobo a Caperucita.

Sanabria García, Lola

– Estoy hasta la caperuza del lobo y de llevar la cesta a la abuelita. Quiero ser la Bella Durmiente – dijo Caperucita, al de la ventanilla.

Sanabria García, Lola

Desconcertado por el llanto, tiró la escopeta al río y la llevó de compras; pero no funcionó. No sabe qué hacer para consolar a Caperucita.

Sanabria García, Lola

¡Menudo cuento me has largado!- le dijo la mamá a Caperucita- ¡A saber dónde pasaste la noche! Castigada sin salir, durante una semana.

Sánchez Bonet, Daniel

Volvió hacia atrás, salió del cuento y de un bote se arrimó a mi oído: ¡Por fi!, ¡Por fi!, que a mí también me gustan los hombres depilados…

Sánchez Portero, Ángeles

Carrera truncada: Tras el incidente con el lobo, Caperucita abandonó sus estudios en Lenguaje Animal.

Sanguino, Ricardo

Lobo a Caperu cita. Ella acepta. Cuando llega, Lobo está. Cocinando abuelita al horno. Juntos disfrutan el banquete y la herencia.

Sapia, María Emilia

Si Caperucita hubiera ofrecido la cesta de comida para que el Lobo calme su hambre, no habrian ocurrido tan terribles sucesos.

Caperucita Roja en 140 caracteres. Parte XIV

Varios

Parrilla, Ernesto Antonio

No hubo Caperucita, pasteles, ni lobo. Con ese cuento se disfrazó un triángulo amoroso entre una princesa, su abuela y el leñador del rey.

Parrilla, Ernesto Antonio

Desde que tienes Twitter ya no visitas a tu abuelita. Te extrañamos. El Lobo.

Parrilla, Ernesto Antonio

“¿Qué llevas en la canasta?”, preguntó el lobo. “Preservativos”, contestó ella. El animal salió huyendo, como lo había presagiado su madre.

Parrilla, Ernesto Antonio

Abuelita… ¡estás hecha mierda! No vale la pena esperar. Y dicho esto, sacó una 45 y disparó. Siete días después, cobró la herencia.

Parrilla, Ernesto Antonio

Mira Charles, el cuento es lindo, pero eso de que el lobo se traga a la vieja y el leñador la rescata viva… no creo que tenga éxito.

Parrilla, Ernesto Antonio

La duda existencial en la literatura es si el cuento de Perrault hubiese tenido tanta repercusión con otro color, por ejemplo, el amarillo.

Parrilla, Ernesto Antonio

– Caperucita, ¡qué ojos más grandes tienes! – ¡Corten! Será de Dios. ¡Otra vez estudiaron el diálogo con los guiones cambiados!

Pérez Varela, Luis

Nos miramos a los ojos el lobo y yo, y tuvimos respeto, y tuvimos miedo, y nos envalentonamos, y abrimos la boca, y nos comimos.

Pettinari, Guillermina

Hola Abuelita, soy Caperucita, hoy cenamos lobo al horno con papas, trae el pan y el vino que están en la canastita.

Pierce, Karen
¿Que ojos grandes tienes? ¿Qué orejas grandes tienes? ¿Qué boca grande tienes? Y si Sr. Juez, me la comí, no creo en la crítica constructiva.

Piñeiro, Carolina
Caperucita, Hansel y Gretel, y Bella Durmiente estaban en la panza del Lobo. El cazador los rescató, y la abuela estaba bien.

Piñeiro, Carolina
El lobo estaba enfermo y no se comió a Caperucita, ni a la abuelita, sino una aspirina.

Piñeiro, Carolina
El lobo logró escapar de la Caperucita glotona.

Piñeiro, Diana
La japonesa Caperucita Roja no se llevaba bien con el lobo chino.

Piñeiro, Diana
El lobo no sabía a quién asustar ¿a Rapunzel o a Caperucita Roja?

Piñeiro, Diana
La loba era un lobo. Caprucito Rojo era una persona. Y no se llevaban bien porque Caperucito Rojo le ganaba al ajedrez.

Piñeiro, Diana
El Príncipe a Caperucita Roja. El Lobo a la Sirenita.

Piñeiro, Diana
El cazador es mejor que la Sirenita en natación.

Piñeiro, Diana

El lobo y Caperucita Roja trabajan de lo mismo: ama y amo de casa.

Piñeiro, Diana
Caperucita tiene una cita con el cazador.

Piñeiro, Diana
Caperucita fue a la feria y compró una medalla y el lobo compró a Caperucita.

Piñeiro, Diana
En la calle todos vieron a Caperucita y al lobo jugando a la mancha.

Piñeiro, Gustavo
abuelita abueLita abueLOta aBueLOt aBuLOt aLOBt LOBt LOBO lOBO
loBO leoBO leñaBo leñaBor leñador

Piñeiro, Gustavo
Independiente 6, Gimnasia 0. La Roja goleó (una vez más) al Lobo.

Piñeiro, Gustavo
aCepuricta oRaj Lobo oLob Caperucita Roja.

Piñeiro, Gustavo
Caperucita lleva la canasta. El lobo se come a la abuela. La Sirenita, nada.

Piñeiro, Gustavo
Caperucita caperuzó al lobo, y el leñador le dio leña.

Pérez de Albéniz, Gotzon Sillero

Pasaron nueve meses desde aquel furtivo encuentro. En la sección de maternidad Caperucita repite sin cesar: ¡Pero Abuelita, a tu edad!

Pérez de Albéniz, Gotzon Sillero

– ¡Claro que el tamaño importa! – dijo Caperucita al lobo, que avergonzado, escondía con timidez su rabo entre las piernas…

Pérez de Albéniz, Gotzon Sillero

Tras ingresar en prisión la abuelita, presunta líder de la red de prostitución infantil, el caso Caperucita continúa bajo secreto sumarial.

Pérez de Albéniz, Gotzon Sillero

La abuela de Caperucita teme por la vida de su nieta, que continúa su huelga de hambre y sed contra el Plan de Gestión Universal del Lobo.

Pérez de Albéniz, Gotzon Sillero

A bordo de una vieja motocicleta, Caperucita recorre a diario los suburbios, repartiendo comida por encargo a cambio de un mísero jornal.

Pérez de Albéniz, Gotzon Sillero

Caperucita se miró en el espejo, peinó su pelo canoso, palpó sus arrugas con las yemas de los dedos y lloró la muerte del último lobo.

Pérez de Albéniz, Gotzon Sillero

Vamperucita roja y el hombre lobo feroz se dirigen a casa de la abuelita, ignorando el affaire que ésta tiene con Van Helsing, el cazador.

Pérez de Albéniz, Gotzon Sillero

Es Nochebuena, la crisis acecha al mundo de los cuentos infantiles. Caperucita abandona la casa de empeño con el roído traje de Santa Claus.

Pérez de Albéniz, Gotzon Sillero

Una horda de zombies desmembra el cuerpo de Caperucita, no quedando ya vivos sobre la tierra, los no muertos invaden los cuentos infantiles.

Pérez de Albéniz, Gotzon Sillero

Caperucita añora en su cuento el amor de un príncipe azul. Mientras el lobo se disfraza de drag queen, el cazador guisa unas ancas de rana.

Pérez de Albéniz, Gotzon Sillero

Caperucita roja analiza en su último libro las graves consecuencias de la caída del bloque socialista y el feroz avance del capitalismo.

Pérez de Albéniz, Gotzon Sillero

Caperucita Negra: Camina arrastrando su oscura túnica por el barro, un hedor purulento ahuyenta al lobo feroz, que abandona los despojos del cadáver de la abuelita.

Pérez de Albéniz, Gotzon Sillero

Caperucita Blanca: El aura que irradia su silueta ciega los ojos del cazador, un seco impacto atenúa el brillo de la caperuza, que comienza a teñirse de rojo.