El abuelo

Martín Gardella

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 vi al abuelo dando saltos en el living con su Spika en la mano derecha. Sólo lo había visto sonreír así en la foto que la abuela tenía en la mesita de luz.
–Este Messi es un fenómeno, un fuera de serie –me susurró con su boca desdentada cuando me acerqué a abrazarlo. Y luego, como hace cada vez que viene de visita, se esfumó en el aire.

Kenya 1 – Argentina 0

Martín Gardella

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 las mujeres de la aldea cocinaron un explorador a la cacerola. Un logro deportivo tan importante para nuestro país merecía un festejo acorde con las circunstancias.

El cautiverio

Martín Gardella

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 ellos estaban tan felices que nos dejaron salir a la vereda a festejar. Nos regalaron una banderita y nos convidaron un vaso de gaseosa y medio choripán. Durante un poco más de una hora nos mostramos como ciudadanos felices. Luego nos volvieron a encerrar. Ojalá ganemos el próximo Mundial.

La promesa

Martín Gardella

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 fui a reclamarle que cumpliera con la promesa de besarme si salíamos campeones.
–Juan, pasaron veintiocho años –me dijo cuando la encontré, abrazada a un marido para mí desconocido.
Mientras todo el país festejaba en las calles, yo fui el único que lamenté, entre lágrimas, que no hubiera salido campeón Brasil.

Latinoamérica de magia y de fútbol

Juan Manuel Montes

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 yo estaba en el patio de mi casa, mis siete años me impedían entender del todo qué es lo que pasaba. Ahí escuché venir un murmullo de gritos que chocó mi casa. Los de adentro también gritaron en un temblor de vidrios, de repente mi cuadra y los barrios de muchas cuadras fueron solo ese grito. En ese momento, todos los pájaros juntos levantaron un asustado vuelo que oscureció la tarde y los perros, creyendo que había caído la noche, aullaron buscando la luna.
Y ahora me vienen a decir que el fútbol no tiene magia.

Cuestión de fe

Juan Manuel Montes

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014 le pusimos tanta oración a los penales, tanto pater noster, tantas estampitas, tantas promesas, alaridos y ruegos que al otro día amanecimos con la sorpresa de que todas las montañas del país se habían movido.

¿Victoria?

Pérez Torres Jorge Armando

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014, es decir, que la selección ganó, México se unió, una vez más, bajo la misma bandera. Es absurdo ver a la muchedumbre celebrar algo ajeno al país. México no cambiará su situación actual porque unos cuantos jóvenes ganen un campeonato.
El presidente felicitó a los ganadores, y en nombre del país entero, dijo sentirse orgulloso por la victoria. Por supuesto mi nombre era desconocido para él.
La fiesta se diría el día de la independencia; había un ambiente de libertad, pero la situación era la misma. Mañana, todo sería igual que antes…

Sin título

Jorge Cappa

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014, fui yo quien durmió con la copa. Acurrucado a su lado, aquella noche soñamos juntos con cada jugada, con cada pase y con cada gol. Incluso con la vuelta que dimos todos en Maracaná, mientras yo la sostenía en mis brazos. Al despertar, retiré la sábana despacio y sonreí al ver que seguía ahí. Parecía aún más brillante. Me levanté, entré en el baño y abrí el grifo. Al mirarme en el espejo, quieto y en voz alta, me pregunté: “¿Y ahora?”.

Sin título

Jorge Cappa

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014, apenas fue el comienzo de todo. Antes, durante un mes entero, vivimos algo inolvidable. Jugamos, luchamos, sufrimos e incluso disfrutamos. Nos abrazamos, gritamos y esa tarde, al fin, lloramos. Mucho. Cuatro horas después de haber levantado la copa, mi cabeza aún seguía celebrando el gol decisivo. El mío. Y continuó siendo así, hasta que el sueño me encontró. A la mañana siguiente, pasadas las 7:17, volvió a salir el sol. Decidido y rotundo, me pareció más radiante que nunca.

¿Yo? Argen…¡¡¡Uruguaio!!!

Pablo Sardi

El día que ganamos el Mundial de Brasil 2014, fui presa de la mayor ambivalencia que pueda vivir todo periodista que se precie. Al tiempo que había alcanzado el preciado anhelo de cubrir profesionalmente el magno evento, el hincha que persiste en mis entrañas amenazaba con prevalecer. Los iracundos fanáticos locales no tardaron en dispensarme miradas oprobiosas. La golpiza era inminente. Me salvó la lengua. No, no me refiero a la vieja y ponderada “sin hueso”; sino a mi depurado portugués, con el que atinadamente alcancé a jurarme uruguayo ¿El Maracanazo? Para ellos, ya era íntegramente argentino.