Pasarla bien

Italo Galiano, Sergio

Teresa dejaba correr las horas y sus ojos por una revista de consultorio.
Al ver esa nota se acordó de Rodolfo.
Él fue cronista barrial y hasta poeta de cancionero propio editado.
Ella en el próximo almuerzo le contaría del concurso.
El sol iluminaba el pelo de la camarera rubia que voluminosamente se les aproximaba.
Rodo dijo: “Pizza de frango”.
Tere: “Ensalada de rúcula y cerveza roja”.
Él la escuchaba atentamente sin dejar de saborear el pan negro con manteca.
“¡Dale escribí algo sobre el vino, Ro!”
Él citó al genio de Kayyam:

“¡Vino, mi corazón enfermo quiere ese remedio!
¡Vino de aroma almizclado! ¡Vino color de rosa!
¡Vino para apagar el incendio de mi tristeza!
¡Vino y tu laúd de cuerdas de seda, mi bienamada!”
– O también las exquisitas sugerencias de Miguel B. ambos epicúreos y existenciales… con semejantes autores no vale la pena intentarlo…-miró el vaso a trasluz, pensó en que no era tinto y concluyó- ¿Se te ocurre algo a vos, Te?
Ella suspiró profundamente, mientras ponía salsa de soja en su plato, recordó noches en las que juntos, con algún Malbec, Viognier o quizás Syrah Rose… y canciones de Zero 7 acompañaron sus destinos de sexo excelso y/o dulces sueños.

El valor de los valores

Godoy de Gutierrez, Rud

La fiesta se desarrollaba con todo el esplendor de un gran acontecimiento. La pareja lucía espléndida, rozagante, feliz, rodeada de sus dos hijos y de sus seis adorados nietos que llenaban sus vidas de esa plenitud que sólo se alcanza cuando se tiene bienestar espiritual y se posee la fortuna de acuñar valores morales.
En esa noche de encanto y brillo los esposos cumplían sus cincuenta años de casados. Las Bodas de Oro.
Los invitados entregaban sus obsequios con renovados deseos de felicidad y prosperidad. Pero un alargado estuche de cuero, fue depositado en sus manos por un viejo y fiel amigo que caminó junto a ellos casi todos los años de sus vidas y conocía muy bien los sinsabores y dichas por los que sobrevoló el matrimonio. Con un estrecho abrazo les pidió que abrieran el regalo.
Descansaba en el fondo de un mullido terciopelo azul, una lustrosa y transparente botella de un afamado vino espumante, que lucía el escarlata del apetitoso líquido con orgullosa ostentación. El amigo sosteniendo delicadamente el regalo, explicó a la sorprendida pareja, que ese vino necesitó condiciones ventajosas de cuidados para su elaboración, un lugar propicio para su desarrollo, tranquilidad, cariño y atención permanente para que siguiendo un delicado proceso de fermentación, lograra ese suave bouquet y esa selecta fragancia que lo distinguía. Para ello fue añejado en cubas de roble, manteniendo su honestidad para prepararlo para el momento final, cuando llega la esperada ocasión de saborearlo y disfrutarlo. Son vinos que hacen historia, como esta maravillosa historia de sus vidas que ustedes añejaron en un nido de amor, donde mantuvieron inalterables los procesos de aquellos valores necesarios para una existencia plena, honrada, justa, con un basamento de afectos puros y sano compañerismo, recogiendo, saboreando y disfrutando cosecha a cosecha, los frutos de la vida.
El vino tiene vida, la vida nace del amor.

Destinos

Giordano, Miguel Ángel

-No, no. Éste no -, se dijo a sí misma en secreto y siguió estática, en su sitio. Luego de transcurridos unos minutos ocurrió una escena parecida.
-A ver…, no, éste tampoco -, y se mantuvo quieta.
Después recordó aquellas palabras que en algún momento de su existencia, fueron como una delicada iluminación. Palabras surgidas desde lo más profundo de su ser, desde lo más recóndito de sus entrañas, que cada tanto sonaban como melodías jamás escuchadas y que a ella la hacían sentir diferente, única:
-Algún día aparecerá esa persona que verdaderamente te ame. Como tú, será alguien especial y cuando sus miradas se encuentren en la pupila del firmamento, sabrán que el momento ha llegado y que la espera terminó.
Más tarde, en un ámbito propicio, seguramente él te dirá palabras agradables, incluso palabras nunca pronunciadas y sentirás como tu ser vibra con cada letra y seguro, yo estoy seguro, que tu cuerpo abrazará al suyo y ambos copularán en medio del universo, rodeado de todos los astros, de todas las estrellas -.
Cuando más extasiada estaba con sus pensamientos, apareció alguien delante suyo. Ambos se miraron y el estuvo a punto de tocar su cara. Pero ella no sentía nada. De pronto, ese alguien tomó suavemente con su mano el cuello de una vecina y se alejó con ella.
Y así transcurrían los días. Cada tanto oía esa voz que le llegaba desde el fondo de su ser como un mensaje parido en la cuna de los tiempos y cual tsunami que todo lo arrasa, la envolvía en un sortilegio de hadas y de duendes y quedaba hechizada por esa magia única qué, tal un genio adentro de su lámpara, pugna por salir para compartir todos los deseos imaginables.
Ella, en su ensoñamiento, se transformaba en una odalisca ataviada de tules de todos los colores que parecía un inmenso arco iris contorneándose entre las nubes. O era una princesa de las Mil y una noches, hija de algún califa que se opone al romance, raptada de su castillo por su joven amante, en una noche de luna llena.
Por momentos se sentía Mata – Hari, en otros María Callas o la mismísima Madonna hipnotizando a su público.
Y ella, sabía muy bien de qué se trataba de todo eso. Ensueño, magia, romance, misterio, música, canto y baile. Dar y recibir amor. Dar y recibir placer. ¿Qué más?
-No, éste tampoco -. Y otro alguien que se aleja con sus vecinas, cual un libidinoso, con una de color blanco y otra de color negro.
-Sé que ha de llegar. Lo sé bien -, se decía para sus adentros y su adentro le respondía con un dulce canto de pájaros enamorados, con la alegría de niños en una mañana del seis de enero, con la libertad de un delfín brotando sobre el mar. Ese adentro le recordaba aquello que le dijo desde el principio:
-Tu llevas el exacto rayo de sol en tus entrañas y eso, querida amiga, eso es algo que nadie, nadie sobre la tierra te podrá quitar. Tú eres única y no debes entregarte mansamente a cualquiera. Sé paciente. Cuando menos lo esperes, la vida te ha de sorprender y el indicado te tomará con sus manos, acariciara tu piel, te sonreirá y se irán juntos para siempre -.
Y ella aguardaba mansamente, convencida de esas palabras, esperanzada. Su tiempo era un tiempo sin tiempo. Sus anhelos se cobijaban entre un murmullo de voces huecas que le llegaban a diario, algunas falsas, otras incultas. Voces que les eran ajenas y que se hallaban en mundos opuestos. Ella sabía, lo sabía muy bien que pertenecía a una casta totalmente diferente, magistral y que su alma…, ahhh su alma, ahí residía su mayor encanto, su mayor virtud.
También sabía, que su faz exterior, era la evidente muestra de una descendencia gloriosa a la que no cualquiera podía acceder.
Una tarde, cuando se hallaba en su habitual monólogo interior, una persona se detuvo ante ella, quien en un principio quedó abrumada, pero luego sintió como si desde su más profundo interior un fuego sagrado la abrasaba y un brillante rayo de luz explotaba hacia afuera. Era como si el propio sol estuviese allí presente.
Él le sonrió. Luego la tomó entre sus manos y acarició su piel. Enseguida la acurrucó en sus brazos y se alejó con ella de la estantería de vinos del supermercado.

Robar a un ladrón

Broggi, Felisa

Fíjese usted. Las panderetas, un mantón español, tres tiaras, otras cosas desaparecieron de la tienda. Algún drogadicto entró a la tienda y se los robó. ¿Acaso cree que no me di cuenta? Lo que más me molestó es que su oficial me acusaba de que yo los había escondido para cobrar un seguro. Ni sé qué cuernos es eso. ¡Qué se piensa! ¡Podré ser mujer y, según él, descuidada con las trabas de la puerta, dejé entrar a cualquiera para que me roben, pero no soy ninguna tonta!
Supongo que hará algo, señor. Espero que aparezcan. Este negocito me lo armó mi marido. ¡Bonito marido tuve! ¡Era un borracho perdido! Sí, como lo oye: perdido. Pero una cosa debo reconocerle: me dejó alguito “para ir tirando”, me decía mientras se bajaba dos o tres litros de vino por día, en casa porque lo que tomaba afuera no tengo idea. Los chicos debieron dejar de ir a la escuela, ¡si no quién me iba a ayudar a juntar cosas para vender! Pero … le juro que yo no robé nada, mis chicos tampoco. Si mi marido lo hizo, problema de él. Sí, todos lo sabían; tomaba a todas horas y todos los días. Él sí metía la mano en cualquier casa, en cualquier momento y se aparecía con tapados, botitas rumanas (¿usted sabe qué es eso?), collares de perlas, cintos con tachitas de colores, pantalones usados y nuevos…
Un día, volviendo de mi hermana, encontré toda la casa hecha un revoltijo. Él había desocupado la pieza de adelante, había amontonado en la cama las cosas que sacó y en un mueble que no sé quién le prestó había acomodado como si fuera un almacén lo que iba trayendo.
“¿Qué es esto?” le pregunté. “Nuestro negocio”, me respondió. Largué una inesperada carcajada y él se enojó. Por poco no me saca un ojo de la trompada que me dio. Me ordenó vender lo que saqueaba y… tuve que hacerlo, señor. Por los chicos y por mí… no me quedaba otra. En unos días, él desapareció y yo seguí con mi tarea. Por ahí volvía. Un lunes una vecina me contó que su hijo lo había visto cuando a empujones lo hacían entrar en la cana. Ahora que él no está ¿quién va a robar para que yo venda? Su oficial no ha de ser… No quiero que ninguno de mis hijos haga lo que hizo el padre: emborracharse como un trastornado, robar para nosotros y que lo maten a palos en la cárcel por energúmeno.

El primer vino

Gaziano, Mirta

Se preparaba un día especial, todos esperábamos ansiosos que llegara.
Desde muy temprano comenzaron los preparativos y el gallo del vecino parece haber adelantado su llamado a la madrugada. Desde muy temprano se escucharon ruidos desacostumbrados, acomodos, corrimiento de muebles, puertas que se cerraban y abrían, hicieron que mi curiosidad pudiese más y me levanté también apresurada. No encontré quién me atendiera ni me dirigiera la palabra, opté entonces por atenderme sola y dar lugar en la cocina.
Cuando entré al comedor la mesa estaba tendida, el viejo mantel que bordara la abuela en sus años mozos, lucía ahora impecable tras las múltiples lavadas y usos de años anteriores, la luz de la lámpara bañaba los perfiles de las copas de cristal también pertenecientes al ajuar de la abuela, bandejas de plata habían sido sacadas de sus escaparates y lustradas hasta arrancar el mejor de los briíllos, cubiertos y enseres posaban en un lugar predeterminado para cada comensal, todos los años lo mismo, siempre igual, las tías preparaban todo con antelación, nada podía faltar, nada podía quedar librado al azahar, para las tortas nada mejor que los huevos caseros y fue así que en días anteriores eran revisados los gallineros con verdadero fervor y ningún huevo quedó bajo la paja de los nidos de las gallinas, porque sería inaceptable que algo faltara o fallara en ese almuerzo.
Los claveles blancos cortados esa misma mañana lucían impecables en sus floreros, en cada rincón estratégico de la cómoda enfrente de la mesa, los aromatizantes en sus cánulas, las frutas en sus bandejas de la antesala, las primorosas puntillas de los delantales adornaban las faldas de las tías.
Crecía la ansiedad del mismo modo que crecía y aumentaba el aroma de las comidas en los hornos de las cocinas, esencias de vainilla, crema a punto de nieve sobre los postres, ensaladeras rebozando verduras frescas y húmedas y en la vieja vitrola sonaba un tango sentimental y triste su lánguida serenata.
Todos estaban apurados y en carreras cruzaban la sala y respondían ceremoniosamente a las órdenes cortas y precisas de las tías: “¡¡Esteban, ate a los perros!! ¡¡José cierre las ventanas, solo deje los vuales!!! ¡¡Tengan a mano los destapadores de vino!! ¡¡Ana, Ana!! ¡¡Deje a cada costado del plato una servilleta!!”.
Nadie notaba mi presencia, y así poco apoco fui testigo silenciosa del ritual más celebrado en la casa de mis tías abuelas.
A mi me gustaba quedarme de las tías, nunca faltaba el café con leche recién ordeñada caliente sobre la mesa y pan casero, el dulce de leche y el queso de cabra, ese queso que los tíos comen con tantas ganas acompañados por las jarras de vino. Mis tíos que hablan en una mezcla de español e italiano, que ríen fuertemente sacudiéndose de manera casi ridícula y jamás olvidaré que me llaman semillita, porque yo soy petiza y menuda para mi edad, y ellos con sus bromas bonachonas me hacen chistes… “¡¡¡semillita aquí, semillita allá!!!”.
Unos golpes cortos pero fuertes en el pórtico y el ladrido de los perros me arrancaron de mis pensamientos…
“¡¡¡Llegaron, llegaron!!!”, dijo Yudith, la mayor de las tías…
Un revuelo de empleados ocuparon con rapidez su sitio, y la puerta del comedor se abrió y quedé alucinada…
“¡¡¡Mis abuelos, mis queridos abuelos!!!” Mis viejitos entraron y con ellos entró la vida, una brisa suave, un rumor de pájaros, una luz especial parecía envolverlos con un halo resplandeciente, “¡¡¡Amores míos, viejitos del alma!!!”.
Salí de mi escondite y dejé que me vieran y me paré adelante para abrazarlos, para sentir en mi mejilla la tersura de su piel apergaminada.
La abuela de blanco, con un collarcito de perlas, con su boca pintada rosada, sus ojillos celestes como los míos, sus ojitos que se posaron sobre mi y me envolvió entonces un manto de ternura, llevaba un saquito porque ella siempre tiene un poco de frío, y el abuelo, apuesto y manteniendo derecha su espalda, dando poder a su gestión, llevaba su viejo traje a rayas, su camisa blanca y un moño a modo de corbata. ¡¡¡Qué bella estampa!!!
Todos salieron a saludarlos y el abuelo dejando el viejo sombrero en manos de una empleada, se apresuró a descorchar la primer botella de la fiesta, los demás tomaron sus copa y recibieron el néctar violáceo color ámbar aromatizante de aquella botella perteneciente a la cosecha de hace medio siglo nacidas en la tierra, su tierra y del buen sol de Cafayate, todos brindaron levantando los brazos, yo quedé abajo, y miraba desde allí las cruzadas copas espumantes transparentando la vida que va y no se detiene.

Capra aegagrus Kri-Kri

Bradel, Elina Cristina

Seis y catorce de la mañana en “Pato volao”. Don Filemón toma mate bajo el ciruelo. Sentado, junto a él, su fiel amigo “el Jefe” lo custodia cual granadero a presidente.
– ¡Don Zoilo, véngase pa’ la mesa, le cebo unos mates y después sigue cazando pulgones de los viñedo’!
– No sabe, Don Filemón. Eso’ pulgone’ están matando las estaca’ nuevita, vio. El resto del viñedo está con hongo’. Y hoy a la noche se vienen a comer jabalí los Faramiñán. ¿Qué quiere que haga?
– Vaya con el Jefe a traer las capras que están en la loma. Le sacamo’ el vino del pellejo, lo mezclamo’ con agua, y listo, hay vino para el jabalí de hoy.
Don Zoilo y el Jefe caminaron hacia la loma para traer las capras. Llegaron a la loma, y estaban todas las capras ahí, pastando, otras durmiendo. El Jefe empezó a ladrar para avisarles que tenían que volver a lo de Don Filemón, pero las capras ni se inmutaban.
Pasó una hora, pasaron dos horas, y nada, las capras se habían atrincherado. Es más, estaban paradas frente a Don Zoilo y a “el Jefe”, con sus cuernos imponentes, retándolos a pelear. ¡Pero Don Zoilo y el Jefe no querían pelear, sólo querían despellejarlas para sacarles el vino! Estaba brava la situación, así que Don Zoilo decidió volver a lo de Don Filemón para contarle lo que pasaba con las capras rebeldes. Y el Jefe lo siguió al regreso.
– ¡Don Filemón, Don Filemón, las capras se atrincheraron en la loma!
– ¿Qué dice, Don Zoilo?
– Eso, las capras no quieren bajar de la loma. “El Jefe” trató de moverlas, y le hicieron frente, le querían pelear a “el Jefe”, vio, y él no quiere pelear, y yo tampoco. Estuvimo’ como dos horas tratando de moverla’, pero no quieren esas fiera’. Están brava’.
– ¿Así que están brava’?. Vamo’ a ver quién es más bravo.
– Don Filemón llamó a “el Jefe”, agarró la faca, un balde verde, y le dijo a Don Zoilo: “de acá no se me mueve, en un rato volvemo’”, y emprendió camino hacia la loma.
Llegó a la loma. Habrá estado siete u ocho horas. El Jefe lo ayudaba.
Don Zoilo vio, a la distancia, la silueta de Don Filemón y, anticipándose, a “el Jefe”. De más cerca, observó que Don Filemón estaba empapado en sangre y el Jefe tenía una pata e’ capra en la boca.
– Don Zoilo, no hemo’ quedado sin capras brava’, pero despellejé a toda’. Mire todo el vino que tenían encima- y le mostraba a Don Zoilo el balde lleno de vino chacolí.
Eran las cinco y cuarenta y dos de la tarde. Don Filemón, acariciando a “el Jefe”, le dijo a Don Zoilo:
– Vaya sacando agua del pozo para agregarle al vino. ¡E’ una delicia de capras, que buen pellejo tenían! Ah, y saque del freeze’ el jabalí, que vamo’ a ir prendiendo el fueguito. A las 8 y quince viene’ lo’ Faramiñán.

De pura cepa

Chisleanschi, Beatriz

Sintió como la descuartizaban en hollejo, semilla y pulpa mientras ingresaba a un lugar tan grande que le producía temor. De a poco, simpáticos globitos que provocaban un aroma diferente al que respiraba en el campo, la invitaron a bailar. Eran muchas las que danzaban de un lado al otro en su nuevo lugar de residencia cuando de pronto, manos desconocidas la trasladaron junto a otras amigas a un sitio más pequeño al que cerraron con un tapón. La acostaron entre maderas donde quedó por años, preguntándose por qué. El tiempo transcurrió hasta que un día, después de un largo viaje, un señor vestido de blanco y negro sacó el odiado tapón. Se dejó caer en un recipiente de vidrio por donde podía ver mucho, todo. Miró para arriba y vio una boca de luz por donde escapar. Con su impulso tiró el recipiente que otro señor muy elegante intentaba tomar entre sus manos. Entonces decidió dar el gran salto y fue a parar justo allí, en medio del bolsillo de la lustrosa camisa blanca.

Albino, vino

Quiroga, Federico

Agradable viernes de verano, en los valles de Marlborough, donde los viñedos, las uvas y el vino son la vida, la vida y la vida de sus habitantes. Entre ellos, vino a encontrarse El Albino, tal vez el viticultor más sabio del valle, quien al vaivén de su mecedora, vivía el más valioso de sus días. En la habitación su venerada Valentina, con su vientre curvo y abultado, estaba por dar a luz, entre velas, varias doncellas y vapores de agua hirviendo.

“Ay, mi Valentina,” observó en voz alta El Albino, “más allá de la maternidad, tan bella y esbelta cual mejor botella de ámbar.”

El suave barrido de un bebé lo despertó de su Babia y una de las doncellas salió de la alcoba.

– ¡Valentina está bien, y el bebé bien vivo!

– ¿Puedo pasar? – habló El Albino no acostumbrado a pedir permiso.

– No todavía, mas podrá ver al bebé.

El Albino tuvo la voluntad de celebrar, ¿y qué mejor manera de hacerlo brindando por la sangre de sus venas que ahora corría en su hijo? ¿Y que mejor manera de hacerlo que con un buen vaso de vino? Y no cualquier vino, sino su vino, de sus uvas, de sus viñedos. Su vida.

Pobre Albino, tan sabio y tan bueno, que todavía no sabía que el bebé era morocho, velludo y retacón como su buen vecino, El Corcho.

La tía Angustias elige vino

Gil Michelena, Eduardo Jorge

Para todas las personas que sufren la vida de Angustias, la tía.

Angustias salió de su casa corriendo, había recordado que para la cena de esa noche a la que había invitado a Jorge, había olvidado el vino; y ya era tarde para pedir consejos y hasta para llegar al centro y recorrer vinerías y elegir el adecuado. Un temblor se apoderó de ella al presentir el desastre de una cena preparada en horas justo por no tomarse un minuto para recordar. Pero, ya estaba hecho y su suerte estaba por perderse si no encontraba el vino adecuado.

Llegó al supermercado atestado como todos los viernes; pensó “No haré a tiempo”. Dudó ¿Debería ir a otro? Perdería más tiempo y quizás estaría colmado también. Mientras le corría un sudor frío se decidió y entró. ¡¿Dónde estaban los vinos?! Se le acababa el tiempo, corrió por entre las góndolas mientras las gotas de sudor rodaban por su maquillaje. Al fin vio las botellas en la góndola del fondo. Corrió. Quiso morir. ¿Cuál elegiría? Ella no sabía nada de vinos, pero peor era que no sabía el gusto de Jorge.
La opresión le llegó al pecho y quiso llorar y cuando ya llevaba desconsoladamente las manos a sus ojos sonó el celular, lo atiende y escucha: – Angustias… el vino para la cena lo llevo yo.

Por eso vino

Uriarte, Juan Francisco

Por eso vino. Los murmullos que cruzaban en todas direcciones el hospital, siempre tan perjudiciales para la salud, la tenían harta. Necesitaba volver, aunque sea unos días. La falta de compromiso de sus profesores no era lo que más lamentaba. Después de todo, para ser residente estaba aprendiendo mucho. Eso es lo que ella sentía. El chismerío barato era lo que agotaba su exigua capacidad de paciencia.

Por eso vino. La saturaban sus compañeras, que entraban en cualquier instante al consultorio para transmitir el último informe de las dos o tres “zorras” asediadas por los rumores. No importaba si allí adentro un pequeñín de dos años anunciaba entre llanto, gritos, lágrimas y mocos, un dolor de oído aún no detectado. Entonces ellas, las sagaces informantes de los últimos amoríos, pedían perdón y cerraban lentamente la puerta, escondiendo una risa adolescente, sin un ápice de vergüenza.

Por eso vino. Extrañaba el cobijo del campo, con su viento y su cielo, su olor y su paz. Extrañaba ciertos frescores de la casa antigua; los silencios de su padre y las preguntas de su madre. Anhelaba esos sabores… el pan casero de doña Eulogia; el queso fresco.