Valle del Friuli, cosecha 1921

Mancilla, Eduardo

Para poder beber el mejor vino que mis labios hubieran besado jamás, tuve que estropearme la espalda, las manos, las rodillas, los pies, los ojos, la cabeza, los hombros y los brazos en aquella vendimia maldita. Lo mismo sufrieron mi mujer, mis hijos y las familias de los demás trabajadores.

Esa tarde, el patrón nos reunió en la cava, -Avanti Gigi, avanti tutti- invitó elevando los brazos al cielo de manera triunfal y arrogante.

La mesa, que estaba hecha con el mismo roble que los toneles, estaba repleta con los exquisitos quesos que él mismo fabricaba, también el pan casero, cuyo perfume padecíamos en las mañanas.

Fue un momento delicioso, sublime, una cosecha histórica, eso sí, después nos cobró las botellas que bebimos.

Deleite

De la Vega, Silvia

Salía de su trabajo arropada en gris pensando en el largo día que casi terminaba. Caminaba deprisa ya que todavía le faltaban varias cuadras para llegar a su casa.

Cerraba con llave, bajaba al escondite, regresaba, agitaba la copa con suavidad y se detenía. Aspiraba vigorosa y profundamente para determinar si estaba ante lo que había necesitado todo el día: una sensación dulce que se percibe sobre el extremo de la lengua.

La señorita Bety se dejaba inundar la boca nada más que de él: ¡la había conquistado! Nadie, ni siquiera el extravagante grupo de amigos que la rodeaba, lo había advertido. Su personalidad introvertida ayudaba a ocultar tamaño acontecimiento. Satisfacía su necesidad sola y en dos encuentros diarios. Ahí… lo elegía cada día. Embriagada y sobria a la vez alababa, en voz alta, a su acompañante.

Entrenaba su degustación…probando, comparando y apreciando. Como, Borges, agradecía cada día a quien había inventado la alegría.

– ¿Placer inmoderado o vicio pernicioso?

– Da igual. Intenso, sensual, joven, voluptuoso, brutal…deleite de los sentidos ¡Vino!

Ella y él

Landolfi, Mónica

Él era rústico y seductor.

Ella era refinada y hermosa.

Él acudía a sus viñedos de la campiña y bajo el cielo provinciano cuidaba sus vides.

Ella, a veces, lo acompañaba.

Ambos se encontraban cada noche con una copa de vino que degustaban apasionados mientras afuera la luna brillaba.

Él era rústico y seductor; Ella, refinada y hermosa.

De día los viñedos se convertían en su punto de encuentro donde el trabajo y el placer les hacían compañía; de noche, el amor los convocaba y con copas llenas de dulce elixir se unían en un claro tintineo.

Cierto día Ella, refinada y hermosa, se fue a buscar otros cielos, con viñas soleadas en otras latitudes.

De noche, Él, rústico y seductor, se quedó solo, mientras el vino le hacía compañía…

Oniro

Blasco, Fernando

Un pie y después el otro. Pasos de cadencia sin avanzar, que hacen subir entre los dedos el jugo dulce de la uva al peso acompasado que cambia de pie. El peso son 54 kilos de promesa, juventud y temblor, y ojos del color de las almendras que no me miran desde hace algunos meses, y que ignoran que me acerco de nuevo. Bailan limpios y con la sonrisa y el sol brillando en las pupilas. Llego al borde del tonel y miro pies jugosos y piernas blancas, y rodillas que van atrás y adelante, y originan el baile de su cuerpo y mi imaginación.

El camino de vuelta termina unos segundos después, cuando ella siente que alguien la mira desde abajo y se encuentra con mi mirada que llega a sus ojos, el exacto punto del regreso. La sonrisa brillante corre a la velocidad de la conciencia perseguida por la sorpresa, la incredulidad, el miedo, el rencor, el perdón. Una nueva sonrisa en contrapicado me recibe, levanta un pie y me lo ofrece:

Bienvenido, te esperaba.

El mosto que besé los dioses lo querrían.

Vale todo

Huberman, Diego

Abstraído en el escote de la señorita, estaba dispuesto a claudicar, o acaso, a ceder unos pasos en la ortodoxia ante la menor señal de victoria.

Vale todo, pensó, y permitió que ella eligiera el vino.

Vale todo, pensó ella, y repitió frente al mozo un nombre de propaganda.

Frente a la botella, él contuvo el gesto de connoisseur para no incomodarla, pero sobre todo para no cancelar la magia.

Vale todo, pensó, y comenzó a servir eso en las copas como si se estuviera inmolando.

Vale todo, pensó ella, mientras se delataba coqueteando con la soda.

A la mañana, mientras desayunaban, él confesó: detesto el vino blanco.

Yo nunca tomo vino, dijo ella, apagando la hornalla.

Se casaron en verano.

El episodio fue olvidado.

Judas

Luzardi, Roberto

El hombre de barba y túnica levantó la copa de vino.

– Bebed- ordenó.

– Yo no tomo, señor – se disculpó uno de ellos.

– Ya les dije que había un traidor.

Mujeres

Broggi, Felisa

Mis clientes son varones y mujeres, adultos y niños; una vez vino un viejo decrépito con una chiquilla que tenía el cabello más negro y largo que había visto en mi vida. Lo que buscan es quedar plasmados en un lienzo: digo ahora que soy pintora. En mi estudio sobra todo lo que no hay en algunas casas: tierra, botellas vacías de vino (del fino y del otro), pinceles desparramados, cajas de cartón desarmadas, lienzos limpios y sucios.

Hacía un poco de frío ese día. Temprano había llegado un venerable anciano preguntando cuánto saldría un cuadro para su estudio. Escuchó el precio, meneó la cabeza, se atizó el bigote y me dijo: “Vuelvo luego”. Cuando lo hizo venía del brazo de una mujercita pequeña y rechoncha, sonriente y limpia, regordeta y bien peinada. Entraron, se acomodó el hombre donde le indiqué y cuando iba a comenzar mi tarea saltó: “¡Espere! Tengo que hacer algo” y desapareció. La mujer quedó sentada, casi tímida, aguardándolo. Yo también. Aproveché para tomarme unos vinitos directamente de la botella; la mujer me decía con los ojos: “¿Podría invitarme?”. Alargué la mano y ella copió mi gesto. Me la devolvió y se inició la ronda: ella, yo y otra vez lo mismo… hasta que se acabó. Cuando él regresó la señora, tirada en el suelo, suspiraba como si le fallara algo; yo apenas pude levantarme para abrir la puerta: el alcohol había hecho lo suyo. El hombre nos miraba, desconcertado. Tal vez se culpaba de algo, sabiendo la debilidad de su esposa. Cuando desperté estaba acurrucada tras un palier y los otros, marido y mujer, habían desaparecido. También, algunas de mis cosas más queridas: joyas, algunos billetes y tres telas de Renoir…

Los palomos

Romero, Etanislao Norberto

La rutina de ir abriendo los grifos para el riego por aspersión esa tarde tenía un regusto distinto, habían triunfado y eso a él lo ponía con un estado de ánimo tal que todo le parecía bien, rebozaba de optimismo. Las sombras largas de la tarde-noche iban subiendo lentamente los escalones de la tribuna, el sol que había estado impiadoso en ese día de primavera, algo inusual para la época, empezaba a escaparse para el otro lado del mundo.

También el hombre con la vista subió los escalones, giró hacia la tribuna popular y allí en las gradas de más arriba descubrió un bulto que parecía ser el de una persona gorda. Se acercó al borde del campo de juego y se dio cuenta de que eran dos personas sentadas que se sostenían hombro contra hombro. Los llamó a viva voz, no dieron señales de vida, a regañadientes subió los escalones, cuando estuvo al lado los zamarreó, parecieron salir del sopor. Los vahos daban cuenta de su estado vinoso, pensó que ya habían venido así o que habían eludido el control policial. Les dijo:

– El partido ya terminó, vayan a sus casas.

– ¿Quién ganó…?- preguntó uno de ellos con voz aguardentosa.

– Nosotros 1 a 0. – respondió el canchero.

– Palomo, triunfamos, vamos al bar a celebrar…

Cuidado con el sobrino

Gill, José Darío

Es imposible que, sembrando una semilla de uva, brote una planta y menos aún que esa planta de frutos. Lo dijo toda la vida mi viejo, que es enólogo y tiene finca en Rivadavia, Mendoza, donde produce uva. También lo decía un ingeniero agrónomo, que ya falleció.

Lo cierto es que mi hermano Leandro todos los años elabora vino con uva que le manda mi viejo desde Mendoza y en ese proceso de elaboración, las semillas se convierten en desperdicio.

Hace unos tres años Leo, mi hermano, tiró unas semillas en el cantero del patio de nuestra casa en Buenos Aires y brotó, sí, brotó una parrita genial, se vino grande, nos da una sombra, y si no alcaza con ese pequeño milagro de la naturaleza, este año dio uva.

Todavía no sabemos que variedad es. Papá, por la hoja y el tipo de racimo, dice que es Malbec. Le gustaría que pudiera verla el ingeniero amigo.

Mi hermano está de novio, hace rato ya. Creo que ella quiere quedar embarazada. Leo no. Le pedí que tenga mucho cuidado: donde se le caiga una gota, tengo un sobrino.

Pecado original

Luzardi, Roberto

Aquella investigación científica dio por tierra con la teoría del pecado original. La verdadera historia no tuvo a la manzana como la fruta prohibida. Tampoco al plátano, como algunos tratan de incorporar burdamente a las leyendas populares.

En un sótano oscuro y silencioso, cerca de las montañas, los arqueólogos encontraron un papiro. Primero vieron unas pintas violáceas. Y a medida que desenrollaban aparecía una mujer exuberante. Los científicos no salían de su asombro. Ella era la portadora de ese racimo en el triángulo púbico.

El hallazgo tenía unas anotaciones al pie: “El hombre que pruebe el elixir de los racimos de la vida eterna, sucumbirá inexorablemente. Intentará volver, porque no encontrará felicidad mayor. La Ley del Pecado Original recaerá en quienes no lo intenten”.

Seguramente esa es la razón verdadera por la que los hombres inventaron el vino. Y un poco después, el brindis.