Historia de la humanidad

Scarso Japaze, J. Eduardo

Adán probó el agua; su cuerpo entero tembló ante el milagro de la frescura en la garganta, de la pureza transparente fijada en sus retinas. Después, famosamente, probó una fruta, que dio en ser la manzana. De allí sus hijos y los hijos de sus hijos, que primero caminaron el mundo sin saber que era redondo, y luego, sabiéndolo. Amaron y odiaron, fueron santos y malvados, vivieron en paz y en guerra.

Llegó el día en que uno de los buenos probó otra fruta, que enracimada y al sol había madurado, madurado tanto que lo que mojó sus labios era ya el fermento. De allí las artes y las ciencias y el talento creativo de las generaciones para hacer de ella aquello que un hijo predilecto del Padre llamó o confundió con su propia sangre, con su propia vida. Ya estaba entre nosotros este viejo compañero del placer, del furor, de la nostalgia, de la alegría, del sueño.

Otros la contarán, seguramente, a su apocalíptica manera; me ha sido dado revelarte la verdad, y es que la Historia de la Humanidad terminará con la sensación aterciopelada del invocado vino en la garganta de un hombre, cuyo nombre no sé, que tal vez seas tú, que tal vez sea yo.

Buenas noches

Naves, Marcela

La cocina aún se mantiene tibia y el aroma a estragón domina el ambiente, hace sólo unos minutos que apagué el horno. Compruebo una vez más que nunca una carne sale igual que otra, o más tierna, o menos jugosa, con más pimienta, pero siempre diferente. Estoy descorchando un vino cuando suena el teléfono. Es él.

Su voz cascada me llega desde lejos, no bajita sino íntima. Me susurra tiernamente, me pide que me siente mientras hablo con él, y yo obedezco. Con mi copa recién llena en la mano me acomodo en el sillón y me entrego a sus palabras. Me encanta escucharlo, es autoritario y dulce a la vez. Me pide que cierre los ojos y que recorra mi cuerpo con ambas manos, con las palmas abiertas, despacito, de arriba hacia abajo, mis senos, mi abdomen, ahora en círculos hacia afuera, hacia adentro, como masajeándome.

Sigo con los ojos cerrados y su voz me lleva hacia los confines de mi cuerpo, a mis rincones y mis curvas, que él conoce mejor que nadie. Levanto mi pollera y él me pide más y más, y yo obedezco, siempre lo hago. Siento cómo su voz cambia de tono, se hace más grave y ahogada como si se tragara los sonidos. Me excita. Mi cuerpo y sus palabras juegan libremente, danzan, se coquetean, pero siempre obedeciendo sus pedidos, que son súplicas. Me detengo apenas un instante para tomar un sorbo de vino, ese elixir maravilloso que mi boca seca de placer agradece. Retomo el juego.

Mojo mis dedos en la copa y acaricio mi sexo tal y como él me lo describe, como si estuviera viéndolo. Vuelvo a cerrar los ojos y me dejo llevar por sus palabras, él sabe hacerlo, me lleva… me lleva… hasta lo más profundo de mis sentidos, empiezo a temblar y él lo nota y me obliga a seguir como si estuviera junto a mí y fuera su mano la que está dentro mío. Recorro laberintos de calor y color. Abro mis ojos y lo veo frente a mí muy cerca, sonriéndome, mojando mis labios con los suyos. Y estallo en un grito de luz que rompe el hechizo no sin antes decirle que lo amo, que lo necesito junto a mí ya mismo. Él se ríe, con su voz cascada se ríe dulcemente y me desea buenas noches.

Reflejos dorados

San Martín, María Cecilia

La última vez que lo vimos fue en la nochebuena de 198…Habíamos alzado las copas para hacer el brindis correspondiente. El champagne estaba frío y burbujeante y las gargantas se estremecían ante la inminencia de ese primer trago de textura algo áspera y al mismo tiempo delicada, como una fruta arrancada del árbol. Algunos preferían sidra, así que se destaparon botellas, en medio de las bromas de a quién le tocaba el corcho y se beneficiaba con el casamiento, porque siempre para la ocasión hay alguna soltera o viuda; separada es difícil de encontrar en esas reuniones de familia más o menos tradicionales.

Él vestía una chomba azul con rayitas grises, pantalón vaquero y sandalias franciscanas, y al levantarse para brindar hizo ese gesto tan habitual de acomodarse el mechón de pelo que le caía sobre la frente.

Entonces descubrió, copa en alto, cómo su prima de 16 años lo miraba de una manera tan intensa, entregada, total, que para él, casado y al filo de los 40, le resultaría imposible soportarlo.

Después salió a la galería, tal vez pensando que el oro de esos ojos tenían el mismo color del champagne.

Y no volvió más.

Muchachos… llegó carta del abuelo

Caviglia, Andrés

La degustación que hacia 20 años había planeado con el abuelo estaba lista, solo faltaba que den las 22 horas.

Ahora que lo pienso olvidó un detalle, ya hacía 11 años se había ido… ¡Justo el abuelo no calculó que tendría 100 años para la fecha pactada…!

La botella era única, él la había escogido para mí en 1982. Su etiqueta decía: “Andrés –10/10/02- 22hs”, nada más… Fue así que descubrí el mundo del vino, imaginando qué varietal sería, de qué zona, su aroma, etc.

Pelu, Nacho y Fer esperaban afuera, ya eran las 22. Descorché con cuidado aquel vino. Sorprendido percibí en su interior un tubo de ensayo sellado que contenía una nota del abuelo que decía: “No importa que vino sea si tienes el tiempo y los amigos para disfrutarlo”.

Emocionado sentí que volvía a ser el nene que ansioso escuchaba sus historias… Salí al patio, los llamé y les dije: “muchachos… llegó carta del abuelo”.

Un amable final

Burgos, Juan

Albert Pressac recibe al nuevo invitado al amanecer. Lo conduce en una camioneta por el valle que rodea su estancia. Diez minutos después sonríe al ver la cara del hombre cuando se enfrenta a la cascada que alimenta el pequeño lago.

– Es un Malbec –describe-; ciruela, canela, vainilla. Para mi, el mejor. Su final es amable, invita a seguir tomando.

El visitante baja, se desnuda, corre y se arroja. Da unas brazadas, se detiene en el centro y levanta un brazo entusiasta. Se sumerge y sale varias veces con los carrillos hinchados: traga y desaparece. Una hora después vuelve a la orilla tambaleante y se deja caer en el césped. Al mediodía –esta vez sólo- repite. Pressac lo encuentra a las ocho de la noche sentado en la orilla, de espaldas al lago, la mirada extraviada y un intento de sonrisa que le deshace la cara en un gesto patético. Se levanta y se deja caer en el Malbec.

El anfitrión espera una hora. En ese lapso, el hombre se zambulle dos veces, pero luego de la segunda ya no vuelve a aparecer.

– Nacho, vení, ya está. Encendé el horno grande. Acordate que mañana viene otro gran bebedor.

Tetragenarios

Huberman, Diego

En apenas dos horas ya estaban ahí.

Cinco señores, cruzados del tenedor, místicos de la olla, repitiendo a Arlt.

Persiguiendo vides daban comienzo a una fiesta irreparable. Se es joven mientras la edad es menor que el calzado. Se avecinaban cuatro días convertidos, entre otras cosas, en una farmacia de ideas, con remedios para todo tipo de pensamientos.

Al mediodía tuvo lugar la ceremonia principal. Luego de una puerta bastante disimulada accedieron a un subsuelo, recorriendo una escalera que descendía hasta el cielo.

La cava. Los toneles.

En medio de esa atmósfera de acuario, diría Arlt otra vez, la mesa, las cepas, las risas, las estibas, las copas y la felicidad.

Sin mapa llegaron al pie de Los Andes a blandir con gallardía el decantador, a ejercer la defensa del roble, encomendados a la viña, disponiendo solamente de un tirabuzón.

Todo fue así y de verdad.

El último día comprendieron que se corre peligro de muerte cuando la edad es mayor que el peso. Estaban a salvo, y en apenas dos horas ya estaban aquí.

Así festejaron sus cuarenta años.