Fugaz

Zárate, Omar Julio

Fugazmente te vi. Mi corazón no pensó, mi estómago se revolucionó. Mi hambre contigo se sació. Fugazza fuiste mía. ¡Qué placer!

El espejo

Cabrera, Rubén Faustino

Creo reflejarme en un espejo. Creo, porque no puedo establecer con precisión si soy yo quien se refleja o si es Arerbac Nebur quien se refleja en un espejo.

Romance de primavera

Salguero, María Aurora

La noche primaveral predisponía a una hermosa velada. Juliana se preparó y cerca de la 01:00 estaba lista para emprender el camino. Primero el Pub, luego el boliche. En su primera parada hacia el fondo, en el mostrador, la mirada de Juliana se detuvo en una figura que bebía con tranquilidad. Ella estaba deseando que girara el rostro para poder apreciarla con más curiosidad. Se dijo con un suspiro: “No lo conozco ¡Qué lástima!”. Giró y sin querer chocó con el muchacho que le invitaba una copa. La muchacha apenas podía balbucear palabras. Todo le costaba una eternidad, recién se despabiló en un lento. Gerardo estaba de paso hacia Uruguay. El tiempo los unió en una vorágine de comentarios y se besaron apasionadamente en un galopar insólito de corazones hechos a la medida.

El amanecer los encontró en la Costanera. Sólo se agitaba la fuerza alocada de la juventud, que dio paso a mil propuestas y cientos de promesas; sabían difíciles de cumplir. Al activar los celulares pudieron tranquilizar a todos pero, fue suficiente para comprender que el tic-tac de la realidad los llamaba. Alguien esperaba con un anillo y otra promesa. Un beso interminable de sabor agridulce y una profunda melancolía fueron arrastrados por muchísimo tiempo…

Un instante, un buen recuerdo

Mibelli, Claudia

Se sentaron en la galería. El calor y ese intenso perfume de verano trasformaban la noche en mágica o tal vez era la química de este primer encuentro…

Hablaron mucho, chistes, sonrisas y miradas cómplices. Él la abrazó y ella respondió entregándose en ese abrazo. Fue todo muy lento, cariñoso. Largas miradas de ternura. También miedo.

Se ducharon juntos jugando como niños. Ella no usó gorra de baño, prefirió sacrificar dos horas de peluquería.Él descubrió su verdadero pelo ondulado y sexy. Rieron mucho.

– Sofía, me gustaría quedarme a dormir.

– Quédate, a mí también me gustaría.

– No te puedo prometer nada.

– Yo tampoco, solo espero un instante que se trasforme en un buen momento, y luego en un buen recuerdo…

Duelo

Maronna, Mauricio

Ya no se vela a los muertos en sus domicilios. Es una forma de sacárselos de encima, de impedir que el dolor duela hasta el fin de los días, de evitar que la memoria toque campanazos en el cerebro cuando se ingresa al cuarto, generalmente el living, y nos encontramos con la realidad.

Las salas velatorias obnubilan, crispan. Hay olor a flores decrépitas, a muertos en vida. Todo es amarillo y frío. Menos ella, que viene a buscarme y me eleva. Tiene ojos color frutilla, piernas largas como el Obelisco y un andar angelical. Me lleva de la mano, abre un cuarto. Parece un jardín invernal.

Hacemos el amor como extraviados, la doble vuelta de llave es nuestra caja de seguridad. Clavo mi lengua hasta sentir las paredes de su interior. Sus muslos tiemblan afiebrados encima de una boca extra large. Acaba una, dos, diez veces. Me masturbo delante de sus encías impecables. Abre la boca y engulle mi sal.

“Ya no se vela a los muertos en sus domicilios”, me dice. Peina una, peina dos, peina cien. Abrimos el cerrojo, los pasillos están desiertos. Los únicos cadáveres son los nuestros. Fríos, duros, indolentes.

El aire de julio taladra mis huesos cuando llego al bulevar. Vomito la nada.

Y pienso en mamá.

Tormenta de verano

Lew, Sara

A mi edad, el amor de esa joven fue una tormenta de verano. Tras las ansiadas primeras gotas me inundó con tal ímpetu, que sentí que me ahogaba; yo deseaba ya tocar tierra, pero ella traía más agua para que siguiera flotando. Sin ser capaz de aguantar sus envites, caí extenuado y ella entonces se fue volando a otra parte.

Siete horas de amor

Iguina, Margarita

Lo conocí a las once de la mañana. A las tres de la tarde ya éramos novios. Cuando el sol comenzaba a ocultarse, nos comprometimos. Luego comenzaron las lluvias y al llegar los vientos, desapareció.

El títere

Hinrichsen, Ana

No me preguntes cómo, pero se las ingenió para volver a mí.

Recuerdo que para un día del niño había prometido hacer unos títeres para un comedor infantil y, en un momento de descanso, simplemente y como jugando, salió. Y me quedó perfecto, igualito a vos.

Te lo envío porque no me animo a destruirte. Por todo eso de la magia negra no me he animado a quemarlo ni a cortarlo en pedacitos o tirarlo a la basura. No quiero hacerte daño.

Pero, en un tiempo más, contaré su historia. La tuya y la mía, ya verás.

Todo

Hinrichsen, Ana

Nunca supe por qué te amé ni por qué dejé de hacerlo. Sospecho que no sos inocente.

Yo me enamoré y vos no. Eso fue todo.