El violinista

Durán, Jorge

Él caminaba alrededor de la plaza sin parar. Yo con mis doce años lo seguía.
Cuando le hablé en inglés me aceptó.
Lo llevaba a un bar y lo hacía comer algo con el dinero que me daban para merendar en la escuela.
Lleva un estuche de violín y dentro de él el instrumento roto.
Alto, delgado, el pelo rubio le caía por los hombros.
Mi padre me dijo que vino a Buenos Aires para dar un concierto.
En la mitad de él se quedó en blanco. Bajó del escenario mientras la orquesta repitió tres veces el último compás para hacerlo reaccionar.
Fue inútil, salió por el centro de la platea hacia la calle quebrado en un sollozo profundo.
Un día me regaló el estuche con su violín.
Ya no volví a verlo nunca más.
Logramos que un luthier lo restaurara amorosamente.
Hoy mis nietos estudian con aquel violín.

Inmigrantes

Nasello, Patricia

Impecable en su ropa vieja, observa con calma aparente el horizonte: el barco se distingue con claridad, viejo y feo.

Aunque aún no se reconocen los rostros se ve gente sobre cubierta. En esa mancha informe hay dos que ha extrañado hasta el desgarro y son su gran amor, su desvelo, sus tres años de trabajo sin pausa. Tres años en los que el único gasto superfluo que ha hecho es esa rosa que sostiene para su Rosa.

Para su pequeña podría comprar un juguete, cualquier golosina, tiene tiempo.

Una fuerza sobrehumana lo mantiene clavado al piso.

Se le inundan de mar los ojos.

El altillo

Neri, Carlos Alfredo

En el altillo cada objeto proyectaba su propia sombra y, en conjunto, generaban una serie de claroscuros dignos de una obra de Caravaggio. Algunas páginas dispersas sobre el antiguo escritorio que el abuelo solía usar como un transporte a otros universos.

Su taza de café con el escudo de San Lorenzo (única pasión verdaderamente irracional del viejo escriba) y la ausencia de cualquier vestigio de confort tecnológico.

Juan y Carlos, hijo y nieto respectivamente, entraban por primera vez a ese altillo luego de la partida del sabio anciano.
Decidieron no tocar nada. Sólo observaron en silencio.

El Dotor

Dalinger, Rodolfo Enrique

Ellos, sus padres, soñaron con su hijo “El Dotor”.
El hijo, el doctor, soñaba con no tener padres.