“Madre hay una sola”, tres capítulos

Cabrera, Rubén Faustino

Mi hermana estaba a punto de cortar la torta; mamá presidía la mesa y yerno, nuera y nietos esperaban su porción festejando el Día de la Madre. Levanté mi copa y propuse un brindis: “Madre hay una sola”, dije. Una lágrima corrió por la mejilla de mamá y todos los demás sonrieron. “Por suerte”, agregué. Mamá enarcó las cejas y los demás enmudecieron. “Por suerte… ¡la tenemos nosotros!”, completé. Todos respiraron aliviados y mamá dijo: “Este loco… ¡siempre el mismo!”.

Nuestro viaje

Roland, María Enriqueta

Tú fuiste lo mejor que me ha sucedido.
Te sentí dentro mío. Fuimos dos en uno.
El tiempo te separó. Otras mujeres en tu vida.
Yo siempre cerca pero no tenía tu atención.
Había sido, ya no era.
Me enteré que te marchabas, sin regreso posible.
Imposible seguir viviendo sin tenerte sólo por un minuto nuevamente.
Te encontré. Estabas profundamente dormido.
¡Te besé tanto! Por momentos suspirabas y creí que sabías que era yo.
Me acosté a tu lado como muchas veces antes y te acaricié con todo mi profundo amor.
He venido para compartir tu nuevo destino. Juntos como antes.
¡Has apretado mi mano!
Tu respiración se está apagando. Cerraste los ojos .Tomé el veneno.
Comienza nuestro viaje.
Te dije al oído:
-¡Llegó mamá!

Concierto para madre e hija

Fulco, Omar

Mientras iba presurosa a su casa, pasaban por su mente las vivencias del día; imágenes y voces que la atormentaban. Apareció el “¡mi madre!” del primer cliente cuando la tuvo frente a él. Después, ese susurró al oído: “¡mamita te como toda!”. Quería llegar rápido a su casa. Faltaba poco. Ya caminaba por las calles del barrio humilde. Al ingresar a su casa, todo cambió; sólo escuchaba lo único que para ella tenía sentido cada día: el “¡Mami, Mami!” de su pequeña hija cuando iba a su encuentro y se fundían en un concierto de besos, risas y abrazos.

Madres

Resala, Graciela

¿Quién dijo: “madre hay una sola”?
Está la madre omnipresente, esa que se convierte en un incómodo panóptico.
La madre ausente, la que siempre falta a la cita.
Y está la madre ideal, tan deseada como inalcanzable, esa que está presente cuando hace falta y falta cuando sabe que sobra.

Mamá

Nasello, Patricia

Me recibías amorosa, yo llegaba agria, brusca. Meses que pensé terribles aun cuando de ellos ignoraba su costado más filoso, eran los últimos para nuestra amistad entrañable.
Iba a tu casa en busca de aquella niñez tan felizmente protegida: tu ternura leyendo los Cuentos del Enanito Nito, antes de ir a dar clases, para que no me quedara llorando.
Iba a tu casa para no quedarme en la mía, llorando.
Desde el primer momento supiste lo que a mí me llevó años comprender, mi entorno estaba enloquecido no por falta de amor sino de orden.
Una tarde serena y bella como vos, tu corazón se detuvo.
Concluía el verano.
Siempre estoy yendo a tu encuentro.

Tiempo

Musso, Liliana

El tiempo irreversiblemente, la arrastró sin prórrogas.
El tiempo no sabe de dolor, no los padece. Pero no es infalible y en su loca carrera no logra borrar los recuerdos.
El nacimiento de su hijo la mantenía viva, los escasos segundos que pudo sostenerlo, olerlo y el minuto fatal que le fue arrebatado. Por fin lo encontró, para una madre nada es imposible. Él no la reconoció, el tiempo lo había madurado fuera de sus raíces.
Los ojos se le nublaron, tendió la mano y el tiempo la mató.

El regreso

Beláustegui, Diana

No esperó a que la lágrima saltara por la pestaña, antes se zambulló en las sombras.
Logró escuchar el suspiro, palpó su esencia por entre las tinieblas, lo agarró de las piernas y lo trajo de vuelta.
-Mío- le gritó a la cara cuando se sintió perseguida y divisó la guadaña.
La voz tronó y su rugido la trizó por completo, ¡nadie le quitaría lo que su vida y anhelo habían fraguado en carne!
Se dio media vuelta y regresó apretándolo en el pecho.
El neonatólogo suspiró rendido: la ciencia se le hacía agua en las manos y el corazoncito se negaba a latir. Giro adolorido para anunciar la noticia cuando el llanto iluminó el habitáculo.
La parturienta sonrió cansada, el camino de regreso la había dejado exhausta.

Sin título

Pierce, Karen

Esa mañana no fue fácil, llegué puntualmente a la hora indicada me sorprendió la cantidad de personas que se habían presentado. Me puse en la fila que lentamente avanzaba. Nadie nos informó que hacer o para que estábamos todos haciendo la fila. Cabeceando diviso una oficina pequeña y una señorita sentada, no entiendo que hace la gente que llega hasta la señorita, pero parece que les entrega algo y se sientan. Ya falta poco, he repasado mentalmente todas mis respuestas, pero con el correr del tiempo ya todo me parece absurdo. Por fin¡ solo faltan tres personas parece que entregan una especie de número, la señorita será de verdad?, parece de piedra….., o será muda?. No habla, solo entrega dos planillas, hay que firmarlas y te da un número y por inercia, creo yo, todos se van sentando.
¡Buenos días señorita ¡ me atreví a deslizar, pero parece que también es sorda la señorita. Firmo, pero no se qué firmo, firmo para no quedarme afuera, firmo para no tener que preguntar, firmo porque los demás firman, firmo porque sospecho que para este posible trabajo conviene no preguntar. Número 24 y todas mis brillantes respuestas ya son balbuceos mentales inconexos. Por fin me hacen pasar y otro hombre de piedra dispara una serie infinita de preguntas que parecen no necesitar respuesta alguna y que se suceden a una velocidad preocupante. Siento que termina la entrevista y mis respuestas brillantes no aparecen, monosilábicamente voy llegando hacia el final. Número 25 se posiciona en la puerta de entrada y parece que me llamarán algún día. No quise preguntar dónde me llamarán, ya que no tengo teléfono, porque no quería retrasar al muchacho de las preguntas.
De nuevo en la calle, la suave brisa roza de mi frente, que suerte que siento la brisa… creí que también yo me había vuelto de piedra.

NN

Savoia, Liliana

—Marta… ¿Qué se siente tener una hija desaparecida?
—A mi Inés la han asesinado, Valeria. No hay palabras para describir el dolor. Mi esperanza terminó el día que exhumaron de las fosas comunes las bolsas de huesos enterrados. Inés no estaba entre ellos. Eso me confirma que ella fue arrojada en un vuelo de la muerte. Deseo que escriba que trabajaré sin descanso en la búsqueda de mi nieta, que nació en cautiverio.
La periodista hace un gesto afirmativo con la cabeza.

Cuento mamá

Echart, Beatriz Delia

Su cara con arrugas, su mirada estaba entre estupor y complicidad, su boca seca no encontraba humedad alguna para poder dejar deslizar palabras, cuando repentinamente, le dijo a su niña de tan sólo 10 años, quedate tranquila, la niña la miró y confió.
Al cabo de unos días la niña se sinceró con su mamá y le dijo que le había parecido la voz de su papá, la de aquel hombre que entró una noche a su casa, se metió en su cama, y trató de calmarla diciéndole al oído, “shhh, no te asustes que soy papá”.
Su madre entre morisquetas que no podía dominar y una voz que intentaba ser de alguien calmado, le dijo nooooooooo, quedate tranquila, como va a ser tu papá?; y la niña volvió a confiar.
Así creció confiando en su mamá, y a través de los años, al cabo de unos 43 años de edad, su padre abusó nuevamente de ella con su vocabulario soez, su presencia prepotente, y su carácter de dominador,; allí su madre se llamó a silencio, y la niña señora, con familia conformada, un hijo y un marido, supo que su mamá calló, que su mamá fue cómplice, que su mamá toda la vida la alejó de su lado para que la presencia de ésa niña, ahora señora de 53 años, jamás, jamás, vuelva a recordarle que es su pesar para el resto de su vida.
Conclusión: mamá es una palabra muy grande, hay que saberla llevar, hay que saberla ganar día a día, por eso me felicito y felicito a todas aquellas que ante todo son MAMÁS.