Sin título

Villanueva, Cristina

No soy un asesino serial, sólo te voy a matar a vos.
Ella se quedó tranquila, siempre le gustó ser única.

Un monstruo

García, Guillermo Osvaldo

La cirugía fue un éxito rotundo. Meticuloso, paciente, lo reconstruí parte a parte. Imperfectamente -argüirán ustedes-. Lo acepto. Pero el hecho es que, juntos, vencimos a la muerte. Él no cesa, sin embargo, de llorar durante el día, cuando la luz subraya lo evidente en el espejo. Yo, igual que cuando era niño, lo consuelo repitiéndole que, a partir de ahora, la noche será su única patria. Sin embargo, su desesperación se acrecienta y temo que, en breve, llegue a odiarme. El día que ello ocurra, mi obra estará terminada.

Cosas macabras

Parrilla, Ernesto

El corazón de Enzo quedó sin luz. La oscuridad trepó a sus ideas y tomó posesión de la consciencia. ¿Era la locura la nueva luz que lo guiaría nuevamente hasta Laura? ¿Había esperanza en la desesperanza? Recogió las flores marchitas que su amada le había arrojado en el rostro y las acomodó en un florero. Tomó su abrigo y salió a la calle, pensando solo en una cosa: no importaba cuánto le doliera, no importaba dónde la encontrara, solo le haría saber que un corazón oscuro hace cosas macabras. Sonreía ante ese pensamiento, mientras acariciaba con cierta compasión la cuchilla bajo la ropa.

Cuando más grande, más zonzo

Cabrera, Rubén Faustino

El nene golpeó la puerta y el hombre abrió. “Buenas noches, señor Alonso”. “¿Te conozco, hijo?”, dijo éste. “Es posible”, dijo el nene. “¿Y qué deseabas?”. “¡Caramelos o susto!”, contestó el nene. “¡Tenés razón! ¡Es Halloween, la noche del treinta y uno de octubre! Pero… ¡ay, ay, ay, qué cabeza la mía! ¡Me olvidé de comprar caramelos!”. “Tendrá que ser susto, entonces”, replicó el nene. “Claro, pero… ¿cómo vas a asustarme si ni siquiera estás disfrazado?”. “Lo intentaré, señor Alonso”, dijo el nene mientras se convertía en el conde Drácula, extendía su mano derecha y clavaba sus uñas en la garganta del señor Alonso, quien ya comenzaba a asustarse.

El precio de la carne se fue a las nubes

Cabrera, Rubén Faustino

El asesino serial que la prensa había bautizado como “El carnicero de los sábados” estaba logrando un estado de desesperación cercano a la locura en la policía y en todos los habitantes de la ciudad. Cada sábado de los últimos tres meses había cometido un asesinato y quitado a sus víctimas un órgano o un trozo de su cuerpo. Nadie tenía una mínima idea de su identidad, ni una pista insignificante siquiera. Sin embargo, ella conocía muy bien a su amante, solícito esposo. Cada sábado él le decía “¿Qué te gustaría comer esta noche?” y luego partía. Mientras tanto, ella preparaba la ensalada y encendía el carbón en la parrilla.

Crónica de una miseria

Hinrichsen, Ana

Policiales. Denuncian que una chica de 15 fue abusada sexualmente por dos personas.
El hecho sucedió cuando la joven se encontraba dentro de un vehículo junto a un hombre de 34 años. Según las primeras versiones policiales, el hombre sería casado y ella, su amante. Lo cierto es que mientras la chica (no se publica la identidad por ser menor de edad) y el hombre se encontraban teniendo una relación amorosa dentro de un Renault Fuego, fueron sorprendidos por tres delincuentes.
Dos de los malvivientes se llevaron a la pequeña hacia una casa abandonada en donde la habrían violado, mientras que el otro malviviente aprovechó y asaltó al dueño del rodado sustrayéndole 30 pesos y las zapatillas.

El saludo

Hinrichsen, Ana

Se saludan con el cariño de madre e hija y caminan hacia la cocina cuando suena el teléfono que está en la mesita frente a la escalera.
Mientras la Nana María contesta, la recién llegada mira hacia la escalera y saluda: “Hola Juani ¿cómo estás?”
Al instante, la otra cuelga el teléfono sin despedirse para preguntar temblorosa:
-“¿A quién saludó Martita?”
-“A Juani que subía ¿por qué?”
-“Porque no hay nadie más en la casa, m’hijita”
Mudas, siguen su camino a la cocina.

Minutos de metro

Hinrichsen, Ana

Entre estaciones, vamos apretados como sardinas en lata y él, no sabe que lo escucho.
No lo deseo, pero lo oigo a pesar de que lo suyo es un murmuro casi silencioso: él, habla para sí mismo.
“Vida, te odio -musita- tienes tanto poder sobre mí que no puedo zafar y estoy harto”. Se me erizan los pelos de la nuca. Tampoco puedo zafar.
Al recuperar los cuerpos el movimiento nuevamente, no sabría adivinar quién fue él. Rápidamente, por si acaso, me escabullo entre la gente.

La visita en el living

Hinrichsen, Ana

La mujer en la cocina lava enérgicamente la lechuga bajo el chorro de la canilla mientras piensa qué hacer con su padre. No sabe cómo enfrentarlo y menos preguntarle por qué vino: ¿cuál será su reacción si ella lo hace?
Sin levantar la vista de las hojas, se pregunta qué habrá pasado con el hombre al que entrevé por el rabillo del ojo izquierdo y que lleva días sentado en el sillón del living. Ha observado que él está tan bonito como siempre y que parece esperar, como hacía siempre.
Pero ese día, cuando ella se decide a hablarle, cierra la canilla pausadamente, seca sus manos y gira hacia él para mirarlo al mismo tiempo que pregunta: “y papá ¿cómo ha estado usted?”, él ya no está en el living. Se había ido.

La casa de los leones

Resala, Graciela

La casa estaba abandonada hacía ya varios años. Se decía que los leones de piedra se transformaban en fieras salvajes si se les arrojaba una piedra sobre sus cuerpos. Durante cinco días se juntaron a la salida del colegio y fueron hasta la casa. Agazapados detrás de los árboles, desde la vereda de enfrente, hicieron repetidos ensayos. Una a una las piedras golpearon en los cuerpos inmóviles de las fieras inermes. Ni un solo movimiento. Cada vez, retornaron ilusionados en poder despertarlas. Convencidos de la falsedad de la leyenda, cruzaron la calle y traspasaron la puerta reja. La violencia de los rugidos impidió que se escucharan sus gritos desesperados.