Riña sanguinaria

Godoy, Rud

El monstruo alado retrocedió, tomó impulso y ciego y feroz se arrojó una vez más sobre mi magullado cuerpo. Sus garras como sanguinarias lancetas, buscaban despiadadas mi cara dejando surcos púrpuras en mi mortificada piel, hasta que el punzante picotazo se clavó entre mis cejas cubriendo mis ojos de quemante sangre. Un gran estallido de dolor obnubiló mi mente por unos segundos haciéndome lanzar un grito estremecedor. Casi sin ver, moví mi mano sobre la mesada y tomé el hacha con desesperación. Con mis últimas fuerzas conseguí inmovilizarlo y con un solo y certero golpe, logré separar limpiamente la cabeza del cuerpo.
El pavo lucía todavía desafiante en la mesa navideña.

Bruja

Zarate, Omar Julio

El día es hermoso. Pleno sol. Camino alegre. En la esquina, una casa vieja. Doblo, tropiezo con alguien que sale. Me disculpo, la miro. Es una mujer, fea, desdentada, de nariz ganchuda. Pienso: “le falta el sombrero y la escoba”. Me mira, en su pupila veo fuego. Una brisa fría me estremece. Sigo, escucho un graznido. Sólo veo una paloma, me sigue con su vista. Corro. Me alejo. Un gato blanco, inmenso, de ojos amarillos, cruza lento mi camino, desafiante. Toco el picaporte, es viscoso, es serpiente, se mueve. Pateo la puerta. Entro, tropiezo con mi perro muerto, caigo, veo en la jaula el canario muerto. Hay olor a pelo y plumas quemados. Ambos están negros. No hay fuego. Siento que ardo, tiemblo, ardo, tiemblo…

Ojos

Zarate, Omar Julio

Son ojos, ¿Cuántos? No sé. Me siguen. Siempre me miran. Cierro los míos y están ahí. Fijos. Duros. Siempre detrás, delante, alrededor mío. ¿Por qué? No sé. No me dejan dormir. El iris negro fijo me traspasa, lo siento en la oreja, en la nuca, en la frente. Me paraliza.
Una amiga, a la que ya no veo, me dijo que debía comerlos para que desaparezcan.
Parece que está funcionando, ya no veo ojos. Ahora me siguen cabezas con cuencos vacíos.

El monstruo

Zarate, Omar Julio

El monstruo siempre estuvo allí, pero, no le dábamos importancia, “con nosotros no se va a meter”. Él nunca nos acechaba, éramos demasiado grandes, año tras año se iba comiendo a los más chicos y nosotros éramos felices. Pero, hace un tiempo comenzó a atacarnos y acecharnos. Al principio fueron golpes leves. A medida que pasaba el tiempo se iba haciendo más poderoso y los palos eran más y más fuertes. Nos cercaba, nos perseguía, nos acosaba. No nos dejaba dormir. En Santa Fé, en Buenos Aires, a donde fuéramos lo teníamos atrás. Finalmente, nos alcanzó en Córdoba, perdimos, y acá en casa empatamos. El monstruo de la “B” nos devoró.

Trobún M.

Zarate, Omar Julio

La reunión es en el Trobún, el árbol de la plaza, parece un ombú, de tronco grueso y ramas bajas. Tiene hojas de tres puntas y nervaduras rojas.
Las familias caminan tomadas de la mano. Hay recelo, miradas de reojo, silencio.
¿Motivo? La desaparición de veinte personas, las últimas tres en sucesivos meses.
Un niño sube a una rama, esta se quiebra. Todos miran espantados, un hueso sale de la misma. Cortan otra con el mismo resultado. Traen un hacha, golpean el tronco, cae una cartera, -Es la de Miriam, última desaparecida, el árbol se tragó los cuerpos- dicen. Lo queman hasta las raíces. Hay un olor sulfuroso en el aire.
Muy lejos, en otra plaza un brote con dos hojas de tres puntas y nervaduras rojas crece.

Símil ruleta rusa

García, Carolina

El revólver descansaba en sus pequeñas manos como una carga difícil de llevar.
Él lo observaba enceguecido, con esa luminosa expresión de niño con juguete nuevo, memorizando cada pieza, ensamble y función de ese verdugo y frío sistema. Y aunque comprendía poco, no cesaba de admirar.
En un instante desarmó el arma, la limpió y la volvió a su posición anterior. Luego quitó el seguro, se apuntó a la boca y gatilló sin miedo, escuchando sólo el susurro del tambor que buscaba vanamente, un proyectil en sus compartimientos totalmente vacíos.
Ese pequeño ignora que jugaba con la muerte, aunque el arma fuera de juguete.

El viejo de la bolsa

Musso, Liliana

Las siestas obligadas de mi niñez iban acompañadas con las imágenes del viejo de la bolsa, cuentos que usaba mi madre para que yo durmiera.
Cuando preguntaba a mis amigos si lo habían visto, jamás obtuve una respuesta afirmativa y sí el desencanto de sus rostros.
Hoy, ya soy un viejo, mi bolsa está llena de pequeñines, a los que tuve que callar para no ser descubierto.
Cada vez son menos los que me temen, es que las madres de ahora no acostumbran a contar cuentos.
Las siestas ya no son las de antes.

Naturaleza muerta

Moscarda, Esteban

Miro a los costados: el prado de colores mortecinos me hiela la sangre. Desperté acá pero creo que este no es mi mundo. Miro hacia arriba: el sol es una luna de hierro. Pienso apenas unos segundos y me doy cuenta que no sé cómo escapar: no recuerdo la naturaleza de mi realidad. A lo lejos veo algo, unas sombras. Me acerco, quiero respuestas. Y miro mis manos, son rojas y tengo un látigo. Creo que voy entendiendo: la palabra dolor comienza a reverberar en mis cuernos…

La mano del muerto

Cabrera, Rubén Faustino

La mano cae pesada, inerte, helada, sobre su cara. Sobresaltado, sale del sueño profundo e intenta encender el velador pero, su propia torpeza se lo impide y no lo logra. Trata sin resultado de sacarse de encima esa mano fría como la de un muerto. Intenta inútilmente usar las suyas para alejar esa otra mano extraña que yace sobre su cara. El pánico lo invade y su corazón, atenazado por el espanto, deja de latir.
Jamás sabrá nadie en la mañana que su mano derecha se tornó insensible, se “durmió”, simplemente, como se suele decir, y cayó sobre su cara.

Paranoia

Musso, Liliana

Por alguna razón que no recordaba, se había vuelto paranoico.
Su paranoia apuntaba a que todo lo que tenia de bueno una existencia confortable, finalmente lo aniquilaría. El miedo, producto de la soledad, lo había hecho un creyente fervoroso de tal dogma.
Un descuido o quizás el destino le robaron la fe.
Una hornalla prendida con desidia, un repasador cercano y las lenguas de fuego arrinconándolo, el agua salvadora y un cable eléctrico oficiando de verdugo.
Para los demás una tragedia, pará él fin de sus miedos.