El encuentro

Nasello, Patricia

Camina penosamente a través de la jungla. Desconoce qué sucedió con sus compañeros de equipo. No tiene sus instrumentos de trabajo, ni mochila, ni cantimplora. Ardiendo en fiebre busca un curso de agua. Con dificultad, razona en lo absurdo que resulta morir de sed en este sitio que se diría maldito de tan húmedo. Los insectos buscan sus labios, sus ojos, sus oídos. Con el izquierdo se ensañan, es el que escurre sangre. De pronto ve las ruinas del templo.
—Estamos derruidos —cree decir, balbucea.
La señora del templo lo observa acercarse. Llegado el momento oportuno salta y se enrosca alrededor de él hasta que su pecho se aquieta. Comienza a comerlo por la cabeza, como haría con cualquier venado.

Vida nueva

García, Fabián

Debo de haber dormido mucho tiempo, porque a esta casa en que despierto la cubre el polvo y huele a cosa muerta. Algo tengo por cierto: no soñé aquel dolor. Ni aquel abrazo helado, ni a mi sangre fluyendo hacia esa furia oscura.
Lo confirma, impasible, este espejo al que enfrento: refleja solo lo que está a mi espalda.

Un río de sangre

Cabrera, Rubén Faustino

Un río de sangre corre entre las tumbas y cada tanto se bifurca como si obedeciera a un designio premeditado; se filtra abajo de algunas lápidas, desciende por las grietas de la tierra reseca, se cuela entre las fisuras de los ataúdes e inunda las comisuras de los labios de sus monstruosos ocupantes.
La tierra se abre, los muertos se levantan y emprenden el camino hacia la aldea. Expira el treinta de abril y comienza la Noche de Walpurgis.

Venganza

Musso, Liliana

Al atardecer el bosque se cerraba en oscuridad, como hermanándose con la noche. Era el artificio que usaba para cazar a su presa. Venganza contra los hacheros que robaban la vida de sus entrañas. La oscuridad los segaba y las astillas huérfanas se clavaban en los cuerpos, hasta quitarles el último aliento. El amanecer solo tenía un color, el rojo de la sangre.

Seven

Rocha, Odeen

I
Cuando el diamante se posó en el zurco se escuchó la detonación. Su gesto se torció y lanzó un grito ahogado.

II
Ella miraba desde el rincón mordiendo delicadamente su labio inferior: por fin se había deshecho del bastardo.

III
La melodía, sobria y sensual, sonó solitaria, como cuidando celosamente el cuerpo sin vida. Un viento helado inundó la estancia…

IV
El aroma a pólvora escapó hacia el exterior mientras el brazo rebotaba fuera del disco produciendo un tronido. Silencio.

V
El pequeño nunca conocería a su padre, pero tampoco olvidaría esa tonada.

VI
Lo mató, pero no es una criminal.

VII
Por desgracia, sólo podía matarlo una vez.

Dilema

Giordano, Miguel Ángel

Un pequeño espacio sin principio sin final y yo que camino o me deslizo o me arrastro no sé o sí sé pero no quiero saber más no quiero comprender o sí quiero comprender pero no me atrevo a saber más y entonces voy sigo o prosigo mi loca carrera o mi lento andar ya no lo puedo asegurar me rodean flores marchitas y muertos colgados de las paredes o eso creo eso supongo me parece verlos acurrucados en sus féretros viviendo su inmortalidad o muriendo su mortalidad ahí en sus nichos más oscuros que la misma oscuridad entonces me parece verlos me parece escucharlos o soy yo mismo convertido en infinidad de muertos universales o soy yo mismo nada de las nadas y este silencio que me asfixia que nubla mis sentidos.

Sin título

Julio

Corría el año (estaba de dieta por eso la corrida) 1990. Era una noche fría y oscura de invierno, volvía a casa caminando, era muy tarde ya para conseguir transporte, solo escuchaba mi andar, al cruzar cada esquina la luz de los focos proyectaban mi sombra larga y tétrica (si es un cuento de terror como va a ser la sombra…), apurando mi caminata por llegar a casa, casi no me di cuenta de que en esa esquina mi sombra ya no estaba, en la próxima calle no pude escuchar el sonido de mis pasos, me invadió un temor que recorría mi espalda, mas cuando al llegar a la otra cuadra vi que el número de la calle era el mismo que leí cuando empecé a caminar… ahí me di cuenta que solo me quedan 3 letras para terminar el cuento: fin…

Maldición

Beláustegui, Diana

Aquella tarde la vio venir, con su pollera colorida y larga, y su cabello rubio trenzado, no se pudo resistir, atacó a la gitanita, la llevó donde nadie la escuchó gritar y durante un momento la hizo suya. En un intento por defenderse, la niña le arañó la espalda, dejándole gruesas marcas rojizas y antes de caer en un sueño permanente aulló: “dejé mi ponzoña en tu cuerpo, mi cuerpo volverá en él y nunca más podrás vivir en paz”.
Al día siguiente, de la herida comenzaron a aparecer extraños apéndices. Con el tiempo pudo comprobar, con horror, que pequeños brazos y pies emergían de la espalda, abriéndole la carne. Cuando la cabeza surgió al quinto día, nunca paró de gritarle “Asesino”.

Noche inolvidable

De Cicco, Rubén José

Eran jóvenes, recién casados.
Hacía poco se habían mudado cuando una noche comenzaron a escuchar un ruido. Como si alguien intentara abrir la puerta trasera, desde afuera.
El incesante sonido los aterró.
Él quería salir y terminar con la situación. Ella no lo dejó.
No durmieron. Sentados en la cama tejieron las más rebuscadas explicaciones.
Todo duró hasta que llegó el día.
En la galería descubrieron un pequeño cuadro que sacudía el viento.

Los REM

Anfossi, Liliana

La noche cayó como baldazo de alquitrán inesperado. Ion y Tiste se miraron desconcertados. Apenas refulgió en la pesada sombra el blanquecino de las corneas. Ion tironeó de la mano de Tiste y echaron a correr. Debían hacerlo rápido. Pronto llegarían los sueños REM. En ese mundo era imposible calcular el tiempo. Todo era extraño, impredecible. Intermitentes tormentas eléctricas creaban la sensación del día y, profundas oscuridades pobladas por perversas criaturas depredadoras marcaban supuestas noches. Los REM eran las criaturas más perversas y crueles de esas noches.