El beso

Villanueva, Cristina

Uno
Algo se abre antes que la boca. Como si dijera “quiero ser tu bocado”. No lo dice ella ni él, habla una tercera persona imprecisa. Pintura que finge sangre, un algo como el alma en colores, rubor. Nadar, se empuja contra la nada, se crea.

Dos
Ella se pinta, aviva la mucosa. Saca del lápiz casi acabado, con la uña, ese resto suave, ese brillo, ese pasto rosa fuerte. Lo mira en el dedo, lo desliza, imagina su boca sin espejo. Ella es la tela y el pintor.

Tres
El busca, desarma la trama, saborea, se mete en el señuelo del color, la desnuda del artificio, la boca sin palabras, ofrecida, indefensa.

Sin título

Barros, Renzo

Caminaba por la oscura calle y sintió que era observada, apresuro sus pasos y allí frente a sus ojos la impactante figura del Caballero de la Noche, con toda la majestuosidad de su capa y alas de murciélago, la química fue inmediata y se fundieron sus corazones, sus almas, fuerzas y espíritus de lucha.
El beso de BATMAN y GATUBELA fue la unión y atracción del bien y del mal, el encanto de la luz y noches cargadas de oscuridad.

For Ever

Sorbo, Hugo

Se encontraron.
A los pocos días advirtieron que no podrían vivir separados; decidieron vivir juntos y ahí comenzó todo.
Se miraban y emitían chispas, a veces positivas, en que todo se veía celeste como el cielo, otras rojas, anaranjadas, sus miradas de enojo calculado.
Luego recorrieron un diapasón musical de dichas y sonrisas, entendieron que nada era imposible si permanecían juntos “for ever”.
El amor creció, el frío acabó y los días celestes se hicieron presentes.
Una historia de amor contada de modo viviente. Nada más contemplarlos ya se entendía el film rodado por ellos y nada se vería más natural que un importante beso…
Mas el beso llegaría hacia el final y este se encontraba tan lejano…

Sin título

Bellani, Elena Haydee

La luna de azúcar brillaba, reina absoluta de la noche. Un séquito de estrellas acompañaba su paso. La brisa era dulce, perfumada, una música suave llegaba desde la distancia. Oí tus pasos que se acercaban, mi corazón tembló, mis manos se prepararon para la caricia, mis labios para el beso, pero en ese momento una voz quebró el hechizo: “Arriba dormilona, ya es hora de levantarse”.

Sin título

Nevado Cerro, Cala

Ejércitos de besos, En un beso, se besan atrincherados en tu boca y comprometidos con la mía. Desean camuflarse en la oscuridad de tus labios entornados. Esos besos corretean por mi sangre, sus latidos, y tus ansiosos labios. Mil fuerzas llegan en compromiso no desmayado, no detenido. Siento mares, donde bucean tus labios. Vientos ondulados que te enmarcan la lengua. Brisas de mariposas que abanican nuestras bocas comprometidas, y nuestros labios; que toman el paladar que tanto les endulza la sed.
Este beso, en la boca cobra tibieza, invita, continúa y se compromete con nuevos besos en un solo beso. Nuestras bocas reclaman besos veloces, besos cautivos, besos de merengue; todos náufragos en la isla de las bocas.
Te beso, y me besas. Me besas, y te beso. Salta de la boca que besa y beso, ramilletes crecidos, plenos de besos. Saltimbanquis en boca, que besa y beso. Si me besas te beso, si te beso me besas. Deshojamos los labios prietos de besos, con los revoloteos, de tus besos y mis besos. Yo antes de conocer tus besos, era amor furtivo, hoy… hoy, amor preso, en este beso.

Casi, casi, un beso de película

Cabrera, Rubén Faustino

Se podría decir que con algunos fotogramas más hubiese sido un beso de película. No lo impidió el Código Hays norteamericano. No cercenó el celuloide el sacerdote del pueblo siciliano de Giancaldo, del film Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore. Tampoco fue la tijera de Néstor Paulino Tato, el censor de la última dictadura militar (la última, sí). Fue el carraspeo de la madre de mi novia -me resisto a decir “mi futura suegra”- mientras anunciaba “¡La cena está lista!”, casi con delectación. Después colgó el cartelito “The end” en el sillón del living, estropeando la escena cumbre de la película y dando por finalizada la función.

Descalzos

Garrido, Laura

Cuando Corie le abrazó por el cuello, en un último intento por alargar sus noches, no conocía de lo estirado y almidonado del abrigo de aquel hombre tan guapo. Ella, alegre y espontánea, creía que vivir en un ático, en un cuarto piso sin ascensor, donde se filtrara la nieve a través de una claraboya, era perfecto para su amor. Él, Paul Bratter, tan serio y cansino, tan abogado y cerebral, nunca creyó que por un beso apasionado en un carruaje tirado por caballos, ¡comiera nichis en pleno invierno y se descalzara en un parque!, desinhibido por unos cuantos tragos de alcohol.

Primaria tentación

Baldessari, Adriana

La música cesó. Todos los alumnos quedaron en la pista del salón de fiestas del colegio esperando el próximo disco. Ella estaba a su lado, de espaldas. Hermosa, con el pelo colorado recogido en un moño. No pudo resistirse, se empinó en sus mocasines nuevos y la besó en la nuca. Cuando ella se dio vuelta interrogándolo con sus furiosos ojos verdes, dijo compungido: -Perdón, me tropecé. Aprovechó el twist que empezó a sonar frenéticamente para alejarse bailando solo.

Play

Sorbo, Hugo

No era posible verla ni buscarla para encontrarla, estaba detenido en el tiempo. Mi misión debía ser salvarla, en caso de sufriese algún peligro, pero no me movía. La película estaba empezada, la acción detenida, como yo. Todo se había detenido. El suspenso se acrecentaba a cada segundo transcurrido. El film, de haber continuado hasta el final, resolvía la situación creando un nuevo romance en la pantalla. Estaba seguro. El público estaba seguro de aquello, pero todo se había detenido, el gran beso de película del último minuto de proyección se encontraba escondido detrás del PLAY que nadie había pulsado en medio de alguna distracción involuntaria.

Sin respuesta

Sorbo, Hugo

Me miró, la miré. Ambos en silencio. A los veinte días seguía sonriente, ignoro por qué. Le hablé quedo, conmovido, persistió su sonrisa. Mentalmente me explicó la falta de gracia ya que en veinte días sin vernos no corriera a estamparle un beso de película. Gracioso y funesto al igual, ¿por qué no vino ella a mí e hizo lo que proponía? No contesté.
Le advertí un mohín sugerente y en el centro de mi mente supe qué hacer.
En la acción en un film francés pensaríamos: “esto solo pasa aquí”.
Mas ella me miraba y yo a mi vez… Sonreía enigmática, yo temblaba; extendí mis manos adelante y se estamparon contra el afiche.