L o que se hereda no se hurta

Savoia, Liliana

En la escuela los profesores me repetían sin variar: “De ahí salió la salvación del desierto” ¡buen negocio hicieron esos hijos de p…!”
Ahora entiendo de dónde me viene lo mal hablado. Mi abuela paterna decía: “lo que se hereda no se hurta”, nena.
Maldiciones aparte “El re tatarabuelo de Martínez de Hoz les ofreció 1500 caballos al Ejército argentino y todo objeto bélico que requiriera (al entonces presidente Roca) para desalojar para siempre a los ‘salvajes’ hasta más allá del Río Negro”. Me pregunto ¿Será por el refrán que no tienen ni tendrán remordimientos, los hijos, nietos y futuros engendros de esta “noble” familia de hijos de p…?

La presa esquiva

Dománico Calderón, Florencia

Con las piernas cruzadas me escondo entre animales. Mis dientes aun no comprenden su lenguaje inerte a las voces que alienan los sueños, y si los comprendo más corro el riesgo de que me terminen comiendo.

Sonrisa caída

Padula, Rubén

Esther era mesera de taberna y nunca se le caía la sonrisa de los labios. Todos la buscaban, la preferían: una mujer así era una tentación. Se adivinaba su desenfreno en la coquetería con que posaba la botella sobre la mesa, la manera amorosa con que repasaba las copas. Hasta esa vez que se le cayó. Fue inútil la búsqueda de los parroquianos entre las patas de las mesas, en las suelas de sus zapatos, en las grietas de las baldosas. Algunos dicen que vieron cuando la tierra se tragó de una vez la sonrisa de Esther.
Ella no abrió la boca al ver que Pantaleón, escoba y pala en mano, la guardaba en el bolsillo de su camisa.

Refrán

Gotthelf, Eduardo

La joven bajó la vista. El rostro de él se encendía ante esa carne firme.
–¿Es que en esta casa no hay un maldito cuchillo que corte?– bramó el herrero.

Cuentos Pendientes.

Siembra vientos

Cossa, Sergio

Ingresó a la oficina de jubilaciones con un carpetón repleto bajo el brazo y aguardó su turno. Cuando la funcionaria gruñó su número, se acercó a la ventanilla y comenzó la explicación del motivo del trámite. Le dijo que era la quinta vez que iba, y que esperaba que ella se mostrase más competente y considerada que el hombre que lo había atendido antes. Ese de dientes amarillos y mal aliento. El empleado mal educado y prepotente, que ostentaba el cuello sucio de su camisa y el cabello grasiento. El que cada vez lo obligaba a esperar horas, mientras bromeaba con sus compañeros. El que siempre le pedía un nuevo papel que debía traer al día siguiente. Ese que encontraron muerto a martillazos anoche en un callejón.

Refrán:
“Quien siembra vientos, recoge tempestades”.

Delatora

Nasello, Patricia

No me canso de observar las trifulcas que se arman entre los creyentes por conseguir una montaña. Una que esté desocupada y quieta porque gracias a la fe, andan moviéndolas a su antojo. Las arrean como a caballos, se trepan y andan.
Las usan para transportarse hasta el trabajo, para ir de paseo, de visita, de compras; para enviar cartas y regalos.
Los que se dedicaban a la cría y engorde de bestias de carga quedaron en la miseria, hasta el Príncipe renunció a ir y venir en la carroza imperial y ahora recorre sus dominios enancado al pico más alto.
Los miembros de la Inquisición están preparándome la hoguera, descubrieron que tengo la suela de los zapatos gastada.