Adiós

Octavio Belardinelli

La última vez que nos encontramos fue triste.
Nos abrazamos en silencio, en el zaguán de la casa.
Pero faltaron las caricias y las palabras tiernas.
—Tengo algunas cosas tuyas —dijo ella.
Yo pensé en los libros, los mapas, las películas.
—Otro día —dije—. Me llamás y vengo a buscarlas.
—Tenés algunas cosas mías —dijo ella.
Yo pensé en los besos, en los pechos desnudos, en los gritos de amor en la madrugada.
—Eso no puedo devolvértelo —dije.
Ella sonrió. Había pensado lo mismo.
Pero los dos sabíamos que era la última vez.
Caminé hacia la esquina para tomar el colectivo.
Fue triste.

La última vez que…

Juan Pablo Goñi Capurro

La última vez que comí tiburón, tenía demasiado gusto a bota de goma.

La última vez que vi llover, cerré los ojos. He aquí la causa de mi ceguera.

La última vez que los manzanos de su jardín dieron frutos, los gusanos resistieron el desalojo.

El cachorro

Daniel Ibaña

La última vez que vi a ese animal, me miraba con sus ojos suplicantes, temerosos, desesperados. ¡Era un cachorro, y no dudé en hacer lo que hice! Por el contrario; el placer recorría mis venas mientras ejecutaba mi obra y me salpicaba por completo.
Si lo hubiesen oído aullar… Era el grito de la desesperanza. Luego, los alaridos cesaron hasta que el silencio y el eco de mi risa adornaron el recinto. Las paredes del baño chorreaban; la bañadera, hecha un desastre. Al finalizar, lo envolví en una manta y lo lleve camino abajo. Golpeé la puerta. Salió mi tía, contenta por verme, y se lo entregué a modo de regalo por su cumpleaños: un cachorrito recién bañado.

Relacionarse

Beto Monte Ros

La última vez que salí a la calle entré a un café, vi a una chica muy animada con su celular, le sonreí y volvió la cara, pregunté a un señor por el resultado del partido que, muy concentrado, observaba por el televisor del local, pero con enojo me indicó que guardara silencio. A una señora que, junto a su hijo, comía una tostada le pregunté por la edad del pequeño, me miró asustada y se cambió de lugar. Decepcionado volví a mi casa, quería hablar con alguien: encendí la computadora.

Sin título

Jaime Lopera

La última vez que supe de mi primo Abelardo Estrada los noticieros habían anunciado que todos los pasajeros de un avión accidentado en las cercanías de Cali, donde él llegaba, eran sobrevivientes. Al llegar a su casa, Abelardo la encontró solitaria. Unas horas después apareció toda su familia, ella del trabajo, los chicos de la escuela, y difícilmente lo saludaron antes de ocuparse de sus oficios, la cocina, las tareas, la TV. Sentado en la sala, Abelardo se dio cuenta de que así había sido siempre, un ignorado, un desplazado en su propio hogar. Entonces regresó al aeropuerto y, ante una multitud de periodistas, se inventó una variada historia con pormenores desconocidos sobre los minutos antes del siniestro. Al volver a casa, su familia y muchos vecinos permanecían asombrados mientras lo observaban en la pantalla. En ese momento Abelardo sintió que había recuperado su integridad.

Lujuria

Patricia Nasello

La última vez que lo vio estaba delgado y ojeroso. O eso cree. Por algún motivo que ignora algunos recuerdos se confunden: quizá fuese ella misma la del aspecto enfermizo.

Ahora se descubre en una habitación amoblada con un estilo anacrónico; el sitio le resulta lejano y familiar, evocador, como una canción largamente escuchada durante la adolescencia. (Lo que desea escuchar es su voz, esa voz golpeada de tabaco que tan bien conoció, nombrándola: —Leonora.)

Las imágenes de aquel amor apasionado le despiertan la piel y un anhelo ciego la obliga a caminar la habitación, buscándolo.

¿Qué es eso negro que respira, sigiloso, sobre el busto de Palas Atenea?

—Acercate más —dice el cuervo.

Matungo

Fernando Andrés Puga

La última vez que lo vi, estaba más flaco que de costumbre. Parecía no haber comido en varios días y arrastraba el carro con gran esfuerzo. Le acerqué unas galletas de esas que habitualmente guardo en la vieja lata que tengo entre los fierros del taller, salpicadas de azúcar. Sé que sonrieron sus ojos tristes. Después se alejó a paso lento. Recuerdo que pensé que no lo volvería a ver.

Cuando vino el agua y arrasó con todo, regresó a mi memoria. Con su andar cansino a pesar de los rebencazos, ha de andar recolectando a más no poder. Aunque, quién sabe, tal vez se lo llevó la corriente.

Desde antes

Josefa Prada

Pienso en “la última vez que lo vi irse” y se me puebla la médula con sucesivas imágenes, tal vez memoria de otras nubes, hechos y nombres. Voces y silencios, algo oscuros, ayudan a empujar los chaparrones y sus gotas hacia la boca de tormenta de estos días de lluvias sin medidas.

Rezo por la solidaridad que salva vidas, mientras destapo desagües obstruidos por basuras y hojas caducas. Enterrada en el barro también sueño con el colectivo momento en que nos hallemos a salvo de la veloz y lenta correntada que inunda con ríos de agua el inframundo de mi barrio.

La verdad de la Mentira

Bertha Carou

La última vez que se me ocurrió enfrentar a la Verdad y la Mentira fue en un sueño; conversaban sobre la actualidad del país. La Mentira le decía a la Verdad que un político de renombre la había contratado; la Verdad no le creyó argumentando que un político no necesitaba contratarla. “Te juego que es verdad”- le dijo la Mentira- pero como este pensamiento es incompatible con su esencia, nadie se enteró del diálogo.