El llamado del instinto

Sergio Gaut vel Hartman

Gregor Samsa entró al mejor burdel de Praga.
—Sáquese el sombrero, no sea grosero —dijo la madama.
—¿Habrá una chica que quiera hacer el amor conmigo? —dijo el monstruoso insecto.
—Son tres mil coronas —dijo la madama tendiendo la mano.
Gregor pagó sin chistar, pero cuando vio que le había tocado una mantís religiosa puso el grito en el cielo.
—¿Se está burlando de mí?
—Señor —dijo la madama—: esto es un burdel respetable, no la facultad de entomología de la Universidad de Praga. Si usted va a ser tan despreciativo con mis pupilas…

Por una letra y un número

Silvia Ercilia Bravo

Félix Bonavita nació el 1-3-13. ¿Triple buena estrella? ¡Estrellado! Bastan pocos ejemplos.
Se cansó de explicar que su nombre era como el gato y la actriz pero que el ave renaciente era con ene, como el cine del barrio.
Su adorada Felisa –cabulera y numeróloga profesional- lo plantó: ¿Viste cuánto suman tu nombre y apellido? ¡Así no me caso!
Nunca la encontró para contarle que por ella había pasado a firmar Feli Bonavita.
Condenado a una longevidad solitaria y con su centenario ahí nomás, recuerda lo lejano, esos consejos antimufa que había despreciado. Por las dudas, ahora reintegra la equis final censurada, hace cuernitos, cruza los dedos, le juega al 13 y sufre por una duda insistente: ¿no será el ave fénix?

Habitación 13

Horacio Beascochea

Debió intuir que algo andaba mal cuando el conserje deshilachado le dio la llave de la habitación trece y el velador se apagó de improviso, mientras su gato —muerto hace varios años— le lavaba la mano y los truenos hacían temblar las paredes, en ese hotel con mobiliario del siglo XIX en el que decidió pasar la noche.

Gatito negro

Stella Maris Vacaflor

Fue como un flechazo intempestivo que sobrevoló el tiempo cuando cruzó corriendo frente a mí, sin mirar la calle y el auto lo aplastó.

Diosa fortuna

Alejandro César Alvarez

Arrojó una moneda en la fuente de Las Nereidas para que su suerte cambiara.
A las pocas horas se tuvo que ir caminando hasta su casa en Malaver.

Sin título

Carolina Fernández

Aún locamente enamorado de su vecina de enfrente, negra y lustrosa como él, de maullido ronco y suave, y a pesar de saberse irresistible en sus ojazos celestes, el pobre Simón nunca se había animado a soltar el resorte de sus ancas ansiosas y apurar los seis saltos hasta la ventana, del otro lado de la calle. No había manera de hacerlo sin que una, diez, cien personas atravesaran su trayectoria. Y como todos los gatos saben, cruzarse con un humano trae mucha mala suerte.

La aventura que no fue

Jorge Carmi

Era un lisiado veinticuatro horas al día. Estaba atado a la rutina como el burro que gira en torno al pozo. Cada paso calcado del otro, cada vuelta calcada de la otra. Así eran mis días, opacos y sin posibilidad de cambio. Hasta que mi desesperación me iluminó. Escribiría cuentos. Me senté ante la página en blanco. Siguió blanca y yo retorcido en agobio y frustración. Volví a mi vida plana, árida; la frustración que llevo sobre mis hombros es como la piedra que amenaza a Tántalo, un día pondrá fin a mi rutina, sumergiéndome en la Nada, una rutina infinita.

Días de yeta

Daniel Frini

Días de yeta I
Íbamos en bici y se nos cruzó un gato negro. Mala suerte. Para el gato. Hoy comemos.

Días de yeta II
Pasé debajo de la escalera y la enganché con mi bota. El pintor se quebró ambas piernas.

Días de yeta III
Abrí el paraguas dentro de una habitación cerrada. La inundación llegó a la altura de los cuadros

Días de yeta IV
La malvada madrastra preguntó y no le gustó la respuesta. Enojadísisa, rompió el espejo. Así le fue.

Días de yeta V
Nombraron al quetejedi y me agarré, con fuerza, el huevo izquierdo. El moretón lleva veinte días. Duele.

Días de yeta VI
La vio con el vestido antes del casamiento. “¡Andate!” gritó ella. El se fue. Con su cuñada.

Días de yeta VII
“Si mandás este mail, te llegarán diez regalos”, decía. No lo mandé. Llegaron diez citaciones de Rentas.

Días de yeta VIII
Dicen que la pata de conejo trae suerte. Eso no es cierto. Al menos para el conejo.

Días de yeta IX
Cauto, no se hizo al mar en martes trece. Esperó otro día. El terremoto aniquiló la ciudad.

Días de yeta X
Se levantó con el pié izquierdo y metió el pié derecho, entero, en la taza de noche.

Días de yeta XI
―¡Toco madera! —dijo.
―¡¿Qué hace, degenerado?! —gritó Pinocho.
Purga condena por pederasta. Ya lo violaron tres veces.

Días de yeta XII
―¡Suerte, suerte! ¡encontré un trébol de cuatro hojas! —grito desaforado.
Para robárselo, lo molieron concienzudamente a palos.

Días de yeta XIII
Le perdonó la vida al grillo. No durmió en toda la noche. Llegó tarde. Perdió el trabajo.

Todo me sale mal

Cristina Villanueva

Miró el río por última vez, se iba a tirar con piedras en los bolsillos, sin vuelta atrás.
Quién podía imaginar que su plan perfecto iba a ser desactivado por ese hombre fuerte que la tomó casi en el aire.
Cuando él le preguntó por qué, mientras cenaban en ese lugar maravilloso, ahora, frente el mar, gracias al viaje en el avión privado de él, ella le explicó: No ves que nunca logro mis objetivos, que todo me sale mal.

Los buenos y los malos

Carlos Tomas

El cielo plomizo cubría la escena. Dos poderosos ejércitos habrían de enfrentarse. La batalla sería decisiva. Ambos se disputarían el dominio de un extraño planeta: ODNUM.
En lo alto de la montaña, un inmenso castillo blanco. Allí, el ejército de los santos, los puros. En fin, los buenos. Por supuesto, hermosos. De rubias cabelleras, altos, de blancas y perfectas dentaduras, ojos verdes o azules, vestidos con túnicas de seda blanca, sus espadas de plata relucían a pesar del color plomizo del cielo. Sí, hermosos.
En el llano, los impíos, los ateos. En fin, los malos. Por supuesto, increíblemente feos. Vestidos con ropas raídas de cuero sucio, jalonados con tachas de metal. En sus rostros negros lacerados sólo se percibía el odio, la sed de muerte.
Se desató la batalla. Los alaridos de los malos estremecían. El silencio de los buenos se parecía al silencio de la muerte. La batalla fue sangrienta, cruel. Verdaderamente, de vida o muerte.
Por supuesto, ganaron los buenos.
Habían matado muchos más hombres que los malos.