Esterilidad

Víctor Esains

El cuatro de copas asume su puesto de pionero en la mesa, dispuesto al sacrificio.
En la ronda con los otros cuatro participantes que lo superan no hay ninguno del cual quede ni rastro de memoria.
Siguiente fase. Relampaguea algún tres de oro, muere tajeado por un siete bravo, lo de siempre.
-Pero ¿qué pasó? ¿nadie canta truco?
-¡Teníamos que hacer la segunda, hermano! ¡Me llamaste con un dos y yo me tengo que comer esta carta! Me quiero morir…
El as de espadas, nacido para triunfar, no siempre comprende las limitaciones de sus amos para cumplir un rito tan sencillo.

Juego

Patricia Nasello

—Hagamos un chinchón —me invitaste luego de que compartiéramos el almuerzo. De vos heredé el gusto por jugar a los naipes de modo que, en esa horrible extrañeza que resultaba el mundo sin mamá, ese mínimo placer compartido, con el correr de los días, se hizo hábito. No sé cuántos partidos jugamos la nena llegada a abuela y el gigante que amparó mi niñez, quizá fue uno solo que duró poco más de cuatro años.
—Tengo una cábala —te comenté una tarde— pero no la digo.
—No —respondiste con irónica picardía ya que a mí casi siempre me tocaba perder.
El as de espada, retener el as de espada, alguna vez tenía que decírtelo.

El fin

Lucas Jutco

Tal vez logre alcanzar la puerta, tal vez pueda esquivarlos. Yo solito me metí en ésto. ¿A quién se le ocurre cantar la falta con 33 de mano mientras juega al truco con una Smith & Wesson apuntándole al corazón?

Alianzas

Claudia Beatriz Felippo

Sus horas pasaban apesadumbradas en el martirio de la melancolía. “Que veinte años no es nada”-cantaba Gardel- pero en su alma, sabía que era mucho, mucho más que la nada misma. Quizás por ello guardaba un as de espadas bajo la manga. Con inteligencia, esperando el instante de la verdad, evocaba sus años airosos en la memoria de los justos, con el único propósito de ganar la batalla. Ése era su gran reto. A excepción de alguna que otra crisis en su matrimonio, la vida le había brindado infinitas oportunidades de alcanzar la plenitud en el amor, cual cuatro de copas, en un tinte casi dramático de conservación. Ahora el reloj la enfrentaba a una singular sentencia que, como era obvio, no firmó. Y se fue cantando,”Volver, con la frente marchita…”

Sin título

Alejandro Bisignano Burgos

Usáme de papel y de lápiz. Tacháme la doble. Hacémelo en la escalera. Cantáme jaque y matáme, hermosa, matáme. Hacéme el truco. Cantáme la falta que te doy mis tantos y mis cuentos. Lleváme a tu trébol que no pica, corazoncíto de diamante. Y no me cortes. Que aquí hay manos de sobra. Que aquí nadie nunca se fue al mazo. Que aquí apuesto el alma en cada carta. Carteame, escondéme en tu blusa y ganáme. Dejame entre la pared y tu espada y ¡as! Convertíme en un cuatro de copas que quiere embriagarse con el ancho de tu boca y en caso que así sea, nunca de los nunquitas, me dejes dormir afuera.

Coraje

Eduardo Vardé

Dos golpes en la canaleta y la piedrita cae cerquita del borde. El tipo da un saltito desde la tierra. Sus zapatos apenas entran en el cuadrado. Oye sonidos extraños. Luego salta al 2 y al 3. El piso se tuerce, él sigue: 4, 5, 6. Le temblequea todo, hasta el pantalón de vestir. De su cara se arrojan gotas de transpiración. 7, el suelo se levanta más. 8, 9, se le vencen las rodillas. La rayuela vertical, una boca tétrica aparece bajo el piso. Él resbala, se agarra del borde. El saco zafa y se desploma en las profundidades, abajo hay fuego y brea. Él estira la mano, sonríe pícaro… cielo.

Sin título

Renzo Barros

Lalo es un adolescente picarro de ojos brillantes y pestañas como cortinas. Jugaba todo el día a las borlillas, a la rayuela, payana. Siempre pensaba que en el espacio nos miraban y no entendian lo que hacíamos, así se puso a contar la historia de los juegos terrestre, escribía papelitos sobre cada uno y los colgaba en la soga de la ropa de su mamá, a veces el viento los llevaba a pasear, o los pajaritos los robaban para sus nidos. Una noche vio por su ventana una luz verdosa que iluminaba todo el patio de su casa, salio curioso en busca de aventuras y dos verdes niños con orejas largas lo invitaron a pasear en su jet lunar. En el tablero estaban pegados sus papelitos desaparecidos. Volaron por cráteres, anillos y galaxias y así, secretamente, algunas noches los amigos interplanetarios pasean y juegan entre el cielo y la tierra a la rayuela de ilusión.

Vuelo sin motor

Josu Insausti Ordeñana

El material de construcción será este folleto que han dejado en el buzón. Vas a ser un avión de primera.

Los doblados correspondientes, la punta que siempre es complicada, el tren de aterrizaje y su comprobación…Estás quedando bien, solo faltan los alerones y listo. Un par de cortes de tijera a cada lado: c’est fini. Bueno no, un poco de color vendrá bien: toque de pintura pistacho al ala derecha y un poco de naranja a la izquierda. Ahora sí, a la pista.

Desde un piso tan alto y con el viento otoñal de cola, el despegue es fulgurante. Tras ganar altura con agilidad viene un parsimonioso giro. Otra ráfaga ventosa potente y te alejas cada vez más, planeando con elegancia.

Avistada la arboleda vas perdiendo altura. Junto al río, aterrizas sobre el colchón de hojas desprendidas de los plátanos de sombra. Has reencontrado a tu familia. Compartirás el destino con ella.

Cielo y tierra

Juan Pablo Goñi Capurro

Te quiero hasta el cielo ida y vuelta, le dijo. Ella le creyó pero al llegar al cielo no halló sus rastros. Al volver a la tierra lo encontró bajo un cerezo, besando a otra.