El método deductivo

Jiménez Emán, Gabriel

Al abrir el periódico, vio que el asesino le apuntaba desde la foto. Lo cerró rápido, antes de que la bala pudiera alcanzarle en la frente. Dejó el periódico a un lado, todavía humeante.

La brevedad

Jiménez Emán, Gabriel

Me convenzo ahora de que la brevedad es una entelequia cuando leo una línea y me parece más larga que mi propia vida, y cuando después leo una novela y me parece más breve que la muerte.

Salud, amor y dinero

Sánchez Bonet, Daniel

Todos los soñadores pensaban lo mismo: primero, la salud, luego, el amor y por último, el dinero. Lástima que una lámpara mágica con un genio dentro costara un ojo de la cara.

Para mirarte mejor

Epple, Juan Armando

Aunque te aceche con las mismas ansias, rondando siempre tu esquina, hoy no podríamos reconocernos como antes. Tú ya no usas esa capita roja que causaba revuelos cuando pasabas por la feria del Parque Forestal, hojeando libros o admirando cuadros, y yo no me atrevo ni a sonreírte, con esta boca desdentada.

Libertad

Sánchez Bonet, Daniel

Harta de seguir las órdenes de su dueño, éste, le concedió su tan ansiado deseo y le cortó los hilos, dejándola libre para siempre. Desde entonces, apenada, la marioneta sigue abandonada en una estantería, mientras busca una cuerda con la que poder suicidarse.

Pronósticos

Ramos, María Cristina

Dijeron que caerían cuatro gotas. Y cayeron.

Con una, Laurentino bañó los caballos en el amarradero, agua dulce a raudales sobre los lomos, agua dulce desenredando las crines.

Con otra repletamos el vientre del aljibe. La tercera alcanzó para repetir la aguada y que vinieran a beber los otros animales.

Sólo la cuarta trajo la desgracia. Ensartó su globa en los extremos de los álamos y derrumbó su capullo de lago sobre las hojas, quebró las horquetas, arrasó con los nidos, ahogó a los cuises y arrancó una por una las estacas de los corrales.

Dicen que recién mañana lloverá como Dios manda.

Caladuras

Ramos, María Cristina

El hombre cala una sandía y del rojo cercano al corazón brota un niño. El niño crece, se cala una boina, entra a trabajar en una fábrica, organiza con los otros trabajadores una huelga para reclamar por sus derechos. La huelga cala hondo en el espíritu de la gente que derroca al dictador e intenta un gobierno más justo, para que todos tengan para vivir y, cuando sea necesario, se pueda calar una sandía.

El vuelo

Ramos, María Cristina

La vid estaba exuberante aquel verano. Cada tarde, la niña corría entre las hileras. Con la mano, extendida como un ala, iba rozando la redondez de los racimos. Los terrones se rompían a su paso y algunas guías verdes se prendían en su pelo. Pero, un día, un viento de acero cortó en gajos el aire y se llevó a la niña, la envolvió en una onda transparente y la convirtió en algo pequeño y volátil.

Desde entonces, vuelve. Vuela por las viñas y roza con el ala, sensible como una mano, la redondez de los racimos.

Los esclavos

Ilustración de Juanno
Ilustración de Juanno

Sternberg, Jacques

En el comienzo, Dios creó al gato a su imagen y semejanza. Y, desde luego, pensó que eso estaba bien. Porque, de hecho, estaba bien. Salvo que el gato era holgazán y no deseaba hacer nada. Entonces, más adelante, después de algunos milenios, Dios creó al hombre. Únicamente con el objeto de servir al gato, de darle al gato un esclavo para siempre. Al gato, Dios le había dado la indolencia y la lucidez; al hombre, le dio la neurosis, la habilidad manual y el amor por el trabajo. El hombre se dedicó de lleno a eso. Durante siglos construyó toda una civilización basada en la inventiva, la producción y el consumo intenso. Una civilización que, en suma, escondía un único propósito secreto: darle al gato cobijo y bienestar.

Es decir que el hombre inventó millones de objetos inútiles, y por lo general absurdos, sólo para producir los contados objetos indispensables para la comodidad del gato: el radiador, el almohadón, el tazón para la leche, el tacho con aserrín, el tapiz, la alfombra, la cesta para dormir y puede que incluso la radio, porque a los gatos les gusta mucho la música.

Sin embargo, los hombres ignoran esto. Porque lo desean así. Porque creen ser los bendecidos, los privilegiados. Tan perfectas son las cosas en el mundo de los gatos.

Traducción de Eduardo Berti. Posfacio de Hervé Le Tellier.

Cuentos glaciales. Editorial La Compañía.

La tejedora

Sternberg, Jacques

Traducción de Eduardo Berti. Posfacio de Hervé Le Tellier.

Cuentos glaciales
Editorial La Compañía

Nunca la había visto yo sin sus agujas de tejer. Tejer era su pasión, su única inquietud. Incluso si un rayo caía al pie de su ventana, ella no apartaba los ojos del tejido. Pero yo conocía sus ojos. Eran verdes, admirables. Porque Ylge era hermosa, extrañamente hermosa. Y aún más extraño era el contraste entre la belleza de Ylge y la banalidad de esa labor que ella cumplía con tanta perseverancia.

Me hicieron falta seis meses para convencer a Ylge de que abandonara por un rato el tejido y las agujas. La conduje a la cama y la desvestí. En su cabeza, entre dos mechones de pelo, vi un pequeño hilo de lana. Tiré de él. Durante una hora tiré de él. Finalmente comprendí que había destejido a Ylge y que ahora tenía entre manos una enorme bola de lana.

La dejé sobre una mesa. ¿Qué otra cosa podría haber hecho?