Mercado

Celorio, Gonzalo

Señora, si usted tuviera idea de mi soledad, no me exigiría que comprara cinco pesos de perejil: me vendería diez centavos.

Libro. Editorial.

Laura Nicastro

Laura Nicastro
Laura Nicastro

Encuentro casual

1. Yo no descubrí la microficción, la microficción me descubrió a mí. El primer microrrelato que me publicó La Prensa fue “Mi Pierre”, pero yo ignoraba que perteneciera a ese género. A partir de entonces fui intercalando textos cortos en mi producción, aunque creo que el tema es el que determina la extensión. Luisa Valenzuela dice que hay dos maneras de contar una idea: “el cazador al acecho” o “el que va en busca de su presa”. Yo soy una cazadora al acecho. Tengo una idea y de pronto me encuentro con un microrrelato, con un cuento o con una novela. Cada texto nace ya con un género dado. Lo que más me gusta de la microficción es su intensidad. No sé nada de armas, pero existen unas balas que primero penetran en el cuerpo y luego estallan. Creo que la microficción es así. Deja resonancias y material para seguir elaborando.

Un abanico de posibilidades

2. Cuando me muevo por la ciudad soy muy observadora. Una situación cualquiera puede ser el disparador de un cuento, y una palabra que oigo al pasar puede ser un final perfecto. Otras veces me sucede que escribo cuentos a la par de una novela en desarrollo o aprovecho como disparadores anécdotas que escucho al azar. En sus clases, Abelardo Castillo solía decir que el escritor es como un vampiro que se alimenta de lo que lo rodea.

La hoja en blanco

3. Yo no soy de sentarme frente a la hoja en blanco. Cuando me siento ya sé lo que voy a escribir, cómo empieza y cómo termina. Lo único trabajoso es que lo plasmado en el texto coincida lo más posible con lo que tengo en mi cabeza. Ese es el mayor desafío que tiene un escritor, porque la palabra recorta en la misma medida en que define y siempre quedan muchas cosas sin expresar. Este fenómeno se potencia en la microficción, donde las palabras tienen mayor peso semántico.

Y se armó un libro…

4. El primer borrador es manuscrito. Después lo paso a la computadora, lo imprimo y lo vuelvo a corregir a mano… y así sucesivamente (puedo estar corrigiendo un texto durante años). A veces siento que el teclado es una barrera entre el texto y yo, en cambio con la mano la tinta fluye sola, como si fuera sangre. El libro después se arma por sí mismo. Hasta en eso soy una escritora al acecho. De pronto me doy cuenta de que los cuentos tienen algo en común y pienso: “¡huy, se armó un libro!”. Por supuesto que esto que suena como “ay, no me di cuenta”, implica también un montón de trabajo y muchas “horas silla”.

Los Aerólatras

5. Es muy interesante ver qué pasa con el otro, cómo se reescribe un cuento a partir del que lo lee. Cuando Clarín publicó “Los Aerólatras”, una compañera de trabajo me dijo: Laura, ¡qué lindo cuento escribiste! ¡Cómo me hiciste recordar mi adolescencia! Yo estuve tan restringida por mi madre, que no podía moverme, bailar ni reír”. Ese relato era sobre un pueblo en la Patagonia, donde el viento soplaba tan fuerte los domingos que volaba los techos de las casas. Entonces, para no despertarlo, durante la semana las personas no se movían, hablaban bajito, no bailaban, no reían, no tosían, nada. Y el domingo se subían a una meseta y, cuando empezaba a soplar la brisa, sostenían desde ahí los techos con la mirada. Nada más alejado de mi intención que retratar la adolescencia de mi compañera.

Como botellas en el mar

6. Esa misma noche me llamó también un desconocido para decirme que había leído el cuento siete veces y quería saber por qué lo había releído tanto. El hombre me contó que compraban el diario entre todos los compañeros del trabajo, pero que le regalaban el suplemento porque sabían que le gustaba y, como era miope, no podía sino leerlo de a poquito. Entonces se me ocurrió que quizá le había atraído la idea de la fuerza en la mirada. Es muy gratificante ver cómo un mismo texto puede tener interpretaciones distintas. Los cuentos son como botellas que tirás al mar. Nunca sabés en qué playa van a aparecer, y eso es apasionante.

e-Nanos

7. En e-Nanos, mi más reciente antología, reuní microrrelatos que se fueron publicando en diarios y revistas, y también otros inéditos, que de algún modo quedaron como “huerfanitos” flotando en el éter. Elegí ese título porque “nano” es la milmillonésima parte de cualquier unidad de medida, y “e-” alude a la electrónica, y a la facilidad con la que los textos breves navegan por el ciberespacio.

Sé bueno y te irá mal

8. El libro se divide en tres partes: “Fábulas Apócrifas”, que contiene fábulas propias y versiones de otras clásicas; “Palabras, no hechos”, que posee microrrelatos “lúdicos”; y “Hechos, no palabras”, donde las historias son de ficción. En general, disfruto de escribir fábulas porque se prestan mucho a la ironía. Como tienen que ver con preceptos morales, es muy divertido darlas vuelta. Mi idea es: “Sé bueno y te irá mal”, sólo por el placer de contradecir a Esopo. También me gustan los cuentos que invitan a la reflexión. Cuando me anoté en la carrera de Filosofía buscaba algo que cambiara mi manera de pensar, que me diera respuestas. El resultado es que tengo cada vez más preguntas y me encanta compartir ese “sufrimiento” con los lectores.

¡Clin, caja!

9. Cuando escribo soy andrógina: hombre y mujer. Hasta el momento sólo fui convocada para participar de antologías femeninas, pero si me llamaran para integrar un libro con colegas masculinos también aceptaría. La antología es una herramienta muy interesante para la difusión, porque todos los autores se preocupan por darla a conocer, y de ese modo se logra mucho más alcance. Sí, también mando textos a concursos pero, aunque aprecio enormemente los premios, cuando los recibo enseguida hago “clin-caja para la gloria y a lo que viene”. Los galardones me alientan a seguir escribiendo y al mismo tiempo me producen cierta parálisis, porque siento que tengo que superarme. De todos modos, he sido jurado de concursos y sé que a veces, frente a tres textos del mismo nivel, la decisión es dificilísima. Por eso tampoco me desaliento cuando no gano.

Hijos de papel

10. Un libro es como una mascota fiel: siempre te está esperando. Cuando volvés a tu casa cansada, cuando te rompen el corazón, él siempre está. Es incondicional. Por eso yo quiero y defiendo mucho a mis libros. Incluso me anoté en un taller de teatro, porque me di cuenta de que los destruía cuando los leía en público, y esa experiencia me sirvió muchísimo. Además los comparo con los hijos: cuando adquieren la mayoría de edad (en este caso, la publicación) caminan solos y nunca sabés adónde irán a parar. Yo no tengo hijos biológicos: mis hijos son de papel.

Indiferencia

Wajncer, Ezequiel

Hombre mira mujer. Mujer, nada.
Hombre se acerca a mujer. Mujer, nada.
Hombre dice palabras. Mujer, nada.
Hombre insiste. Mujer, nada.
Hombre molesto se retira (con lancha).
Mujer se ahoga.

El método deductivo

Jiménez Emán, Gabriel

Al abrir el periódico, vio que el asesino le apuntaba desde la foto. Lo cerró rápido, antes de que la bala pudiera alcanzarle en la frente. Dejó el periódico a un lado, todavía humeante.

La brevedad

Jiménez Emán, Gabriel

Me convenzo ahora de que la brevedad es una entelequia cuando leo una línea y me parece más larga que mi propia vida, y cuando después leo una novela y me parece más breve que la muerte.