Garófalo, Cristian
Caminaba apurado, como si alguien lo estuviera corriendo. Y en realidad, lo corría el reloj. Había estado toda la mañana tratando de conseguir uno de esos osos de peluche gigantes, a veces más grandes que los compradores mismos. Con angustia y una bronca contenida recorrió todos y cada uno de los locales de la Avenida Santa Fe y calles aledañas. Sabía perfectamente que además contaba con una dosis importante de fastidio que ya iba con él desde hacía unos cuantos días. Era verdad eso de que las embarazadas se ponían más sensibles y por ende, más histéricas. Venía discutiendo con Ana desde el sexto mes, y ahora, ya con el fruto de su amor en brazos, la tensión no cesaba. Si no era por una puerta mal cerrada, era por un postre que no se conseguía por ningún lado –como el bombón escocés con nueces adentro-, o por un partido de fútbol que ella dictaminaba que no se podía ver en el living. Justo con eso se fue a meter… una de las primera peleas fue precisamente por eso; pasaron toda una noche, mucho tiempo después de finalizada la cena, discutiendo acerca de la tenencia del televisor. Se llegó a hablar, inclusive, de divorcio y todas esas cosas. Aunque el problema siempre se solucionaba y terminaban a los arrumacos entre las sábanas cada vez más revueltas, aunque no tanto por la pasión sino porque ella sufría de calores y se destapaba intempestivamente a cada rato, descubriendo la panza que a esa altura era del tamaño de un melón maduro.
Ahora estaba caminando de vuelta a la clínica con su pato de felpa de veinte pesos bajo el brazo –algo que le daba mucha vergüenza porque ya no era un chiquilín-, y otro tipo de impotencia que era la que le subía desde los pies como un fuego incontenible, cada vez que recordaba que tenían que inscribir a su hijo en el registro civil. Ese era un tema sin resolución; habían batido todos los records de discusión sin pausas en el tratamiento de ese punto. Es más, una vez, en medio de una feroz y encarnizada batalla verbal, sonó el teléfono y él atendió convencido de que se trataba de algún representante de los Guines en la Argentina, tal vez alguno que también oficiaba de vecino con paredes delicadas, o alguien que inspeccionando el barrio pasaba por la calle y no pudo dejar de escuchar semejante batería de argumentos encontrados en torno al futuro nombre del bebito. ¿Tanto costaba ponerse de acuerdo? Su madre nunca le había contado la historia del porqué de su nombre, tan simple y tan claro como Juan, pero supuso que de haber tenido tales entredichos con su padre se lo hubiera confesado con el correr del tiempo en algún cumpleaños familiar, o tal vez en alguna fiesta tradicional como navidad, muy propicia para beber hasta por las orejas como hacía más de un tío cuando él era chico, y confesar cualquier tipo de infidencia matrimonial, como recordaba había pasado con unos primos de su padre que con varias copas ingeridas comenzaron a narrar con bastantes detalles los gustos más variados en el arte de amar. Todavía tenía en su cabeza –como si fuera una diapositiva- la imagen de su madre tapándole los oídos a los más pequeños de la familia que habían parado de jugar con sus camioncitos y todo eso, para escuchar con lujo de detalles aquellas actitudes poco entendibles para su edad, pero que de todas formas eran bien ilustrados con un notable idioma gestual. Después de aquella navidad nunca más volvieron a juntarse con esos primos lejanos, recordó ahora.
Ana insistía en ponerle al bebe un nombre suave y refinado como Augusto, pero a él le parecía antiguo: “típico nombre viejo que se pone de moda cada tanto”, aducía. Otros que manejaba ella eran Agustín y Felipe. Pero no lograban ponerse de acuerdo y siempre terminaban posponiendo la resolución. Aunque había algo que a él lo sacaba de quicio y era la visita constante de amigas metidas que opinaban y sugerían como si tuvieran parte de la criatura. ¿Acaso son como los representantes de fútbol que se quieren llevar una parte del pibe? Repetía a lo gritos cuando otra vez quedaba la pareja a solas. Pensar en el bebe lo ponía otra vez bien. Se había cansado de escuchar sobre lo que cambiaba la vida de uno tener un hijo pero nunca en sus casi cuarenta años le había prestado mayor atención; recién ahora, con el parto presenciado en vivo y en directo, y la primera sonrisa del pequeño ya en brazos, pudo darse cuenta de qué le hablaban. Todo había pasado a segundo plano, inclusive el partido contra Lanús y el show de goles de la fecha que pasaban incesantemente por la tele sin sonido que estaba en la habitación 331. Allí adentro todo era besos y abrazos en un entrar y salir constante de figuras, en general desconocidas, que llegaban con flores y pequeñas batitas siempre celestes o blancas, lo que generó que él las mezclara sobre la cama componiendo la camiseta tan amada. Ella lo retó al darse cuenta de semejante chiquilinada y un amigo de la oficina le dio la razón argumentando que no se le podía arruinar así de entrada la vida al pequeño. Reprimió el primer impulso de golpearlo, y también el segundo de mandarlo a la mierda y solo respondió con un ácido: “anda a vender jubilaciones vos, que de fútbol hablamos los que sabemos”. El ambiente quedó tenso y hasta se escuchó después en el pasillo que alguien decía que el marido de Ana era un desubicado y no sé que más. Pero a él no le importaba lo que dijeran los demás, especialmente si eran desconocidos o parientes lejanos de ella, como el hermano de un primo lejano que vivía en Pehuajó desde hacía como veinte años, que se puso a opinar sobre las opciones que ya se manejaban y a sugerir nuevas alternativas que Ana escuchaba y analizaba seriamente como si estuviera hablando el Ministro de Economía. ¿Quién carajo era ese tipo? Vestido con pantalones anchos, zapatos de gamuza y una camisa Lacoste color salmón, debía ser un economista frustrado a algo por el estilo.
- ¿Por qué no Gustavo?- había preguntado con cierta ironía.
- Está medio pasado, ¿no?- respondió el metido y ella asintió.
-Ya le dije mil veces que no me gusta Gustavo, es viejo, yo tenía Gustavos de compañeros ya en la primaria –había afirmado ella, convencida, desde la cama elevada y llena de almohadas.
-¿Y que tiene? yo tenía un amigo que tenía una abuela llamada Ana y sin embargo no te digo vieja ni nada parecido…
-Ana tiene otra estirpe, como la Reina Ana… -recordó que deslizó el hermano del primo lejano.
-Además él quiere ponerle una combinación rara, fea, que suena mal –insistió ella sintiéndose apoyada.
-Si, Gustavo Adolfo, ¿qué tiene?
-¿Y por qué? ¿Quieren que escriba poemas como Becker? –había preguntado el intruso, con cara extraña y hasta frunciendo la nariz.
-Por un jugador de fútbol… -respondió ella haciendo un gesto despectivo con su mano derecha al aire.
Otra vez se preguntó, por qué se había casado después de tantos años de soltería. Y por qué con ella. Y quién carajo era ese Becker, el único que conocía él había jugado al tenis. Volvía a sentir esa sensación de incomprensión que tantas veces lo había acompañado cuando ella le preguntaba: “¿otra vez vas a la cancha?”, como si los torneos duraran un partido… ¿tan difícil era de entender? Si él sabía que algunos amigos suyos tenían novias que estaban al tanto del campeonato y hasta los acompañaban a veces a la cancha y todo; no podía ser tan complicado, era una cuestión de compañerismo. O acaso él no se pasaba largas noches frente al televisor mirando –no viendo- esas películas impresentables de Gugh Grant que le gustaban a ella, o esas otras de Richard Gere que intentaba hacerse el galán recio y maduro, y que a él solo le recordaban a Adolfo Castelo de más joven.
-No es un jugador de fútbol así nomás, ¡es un emblema! –había gritado frente al bebe que comenzó a llorar a los gritos originando un clima belicoso de importancia y el final de la visita de ese ignoto familiar y/o allegado.
Le faltaban apenas un par de veredas para llegar con su pato de felpa a la clínica y los gritos de aquella discusión todavía le taladraban la cabeza. No le hacía bien discutir tanto, le producía una especie de migraña que lo enloquecía. Él prefería decir que lo que lo enloquecía era la migraña y no su esposa. Las preguntas de siempre le rondaban la cabeza: ¿Tanto le costaba ceder un poquito y ponerle Gustavo Adolfo? ¿Cómo podía no entenderlo aunque sea una vez? Mil veces le había explicado con lujo de detalles lo que Gustavo Adolfo Costas significaba para él y para toda una generación; porque muchos podían quedarse con Fabbri, con Colombatti, o con el propio Rubén Paz, a quién admiraba mucho, pero lo de Costas era diferente. Acostumbrado a defender a su emblema contra las cargadas de sus amigos, adoradores de Bochini, Francescoli o el Beto Márcico, le contaba a su esposa que se trataba casi de un antihéroe, un tipo que sin ser lindo, y estando realmente bastante lejos de serlo, sin ser un gran dotado técnicamente, sin tener una espectacular verborragia, ni un físico digno de admiración, era el que siempre sostenía al equipo representando a miles, a millones de silenciosos y esforzados hinchas de Racing que llevaban el pan a sus casas con el sudor del sacrificio. Cuando ascendimos él estuvo ahí; cuando ganamos la Supercopa él estuvo ahí; siempre estuvo ahí, le recitaba a su mujer en la comodidad del sofá. Pero para ella no dejaba de ser un jugador más y un nombre horrible. Hasta llegó a sugerirle que le pusiera ese nombre, o cualquiera que quisiera, al perro que estaban por comprarle a una pareja amiga que criaba Dálmatas. No entendía nada, no había caso. Hubiera deseado que le dijera: “bueno, está bien, vos le pones al barón y yo le pongo a la nena, y listo…”. Pero no, nunca apareció esa opción. Por suerte todo no estaba perdido; cada tanto le volvía ese sentimiento nuevo e ingobernable que había aparecido con la llegada de su primer hijo. Algo difícil de explicar con palabras; se le humedecían los ojos, se le aflojaban las piernas y aunque todavía no estaba ducho en el levantamiento de bebes –estaba claro que nunca le había prestado demasiada atención a los de sus amigos-, lo alzaba con firmeza, demostrándole que su papá estaba ahí con él. En un momento llegó a pensar: ma´ si, que importa el nombre, que le pongan cualquiera… pero reaccionó a tiempo. No cabía en su cabeza no llegar a la cancha un domingo y contar orgulloso, que su hijito se llamaba Gustavo Adolfo. En ese ámbito no haría falta agregar nada más, ni una palabra; eso era lo bueno de compartir la misma pasión. Porque en otra situación o lugar siempre te pueden preguntar: ¿Adolfo como Bioy Casares? ¿Cómo Hitler? ¿Gustavo Adolfo por quién? Ahí nadie preguntaría nada, a lo sumo se reirían y aplaudirían, o lo abrazarían o algo así, como un festejo íntimo, algo para pocos, que en realidad, es para muchos, porque somos un montón y es hora de reconocerlo. Hasta podía conseguir que alguna vez entrara a la cancha como mascota en brazos de alguna figura de turno o que el propio Costas lo besara en la frente para una foto que quedaría para la posteridad y sería colocada en alguna pared como un cuadro de los más cotizados. Y si bien era cierto que con otro nombre también podía ir a la cancha los domingos con su padre y hasta pisar el propio campo de juego con los jugadores, para él no era lo mismo llamándose Carlos, Ricardo, Augusto o como quieran ponerle.
El “Gustavo Adolfo es un asco, no pega”, todavía le rebotaba en la cabeza como un fleepers mientras ingresaba de nuevo a la clínica con su pato del felpa bajo el brazo. Al llegar a los ascensores aminoró levemente el paso para evitar encontrarse con su suegro que iba adelante con un ramo de rozas blancas. Fanático de las carreras de autos y bastante indiferente a toda decisión familiar, no valía la pena discutir el tema con él porque no encontraría un aliado y perdería un montón de tiempo explicando la situación; además no tenía peso, las que mandaban eran su mujer y su hija, en este caso escudadas detrás de un “Augusto” o algún nombre similar. No quiso perder el tiempo y espero el otro ascensor que además vendría seguramente más vacío. Una chica joven, alta y bastante elegante con su trajecito oscuro y la camisa blanca, lo detuvo y le preguntó si era quien efectivamente era. Se presentó como asesora de la clínica en temas legales por lo que le ofreció el servicio gratuito de inscripción de bebes en el registro civil.
-Mirá, lo estamos pensando con mi mujer, pero todavía no tenemos definido el nombre –respondió serio y sorprendido.
-No se haga problema –no lo tuteaba-, cualquier cosa paso más tarde por la habitación y les consulto de nuevo, no se haga problema que hay tiempo –respondió la chica con la mejor sonrisa.
-No, mejor esperá –la frenó de nuevo antes de que se alejara. “Gustavo Adolfo” le latía en la cabeza. Aunque imaginó lo que se vendría después con su mujer y su suegra. No estaba bien hacerlo así, era una guachada, pensó de pronto. No siempre se puede ganar –se dijo con resignación-, y eso lo supo a partir del matrimonio: una suerte de eternas paritarias donde uno se sienta a negociar con su pareja y no se levanta nunca más.
-Decime, un nombre tipo Agustín… ¿te gusta? –sorprendió de pronto.
La chica rió descontracturada y después se cubrió rápido la boca con la carpeta que traía en la mano. Él la miró atento esperando una opinión más idónea.
-Bueno, mire, acabo de inscribir recién un Agustín en el segundo piso; se está poniendo de moda otra vez parece; a mí me gusta.
-Entonces dale, no se habla más, ponele Agustín Mario…
Subió por las escaleras para tener más tiempo de disfrutarlo. Estaba feliz por la decisión, y su padre estaría orgulloso. Todavía recordaba con una sonrisa aquel póster grande que tenía sobre la cama en su adolescencia, con Cejas todo vestido de negro. Subió un piso, dos y llegó al tercero reconfortado. Ya estaba listo para un nuevo combate.
Pelotas chicas, pelotas grandes.


