En memoria de Cristina

Baldessari, Adriana

El espejo de cuerpo entero, estalló entre el maniquí y la máquina de coser.
Acurrucadas en el sillón, como cuando éramos chicas, vimos cientos de pedacitos brillantes atravesar el cuarto y caer a nuestros pies. El vidrio no nos lastimó pero cortó definitivamente el inicio de nuestra conversación.
El estruendo atrajo a nuestras madres que barrieron también ese momento.
Ellas querían comer pizza. Bajamos. Llevabas un sobre lleno de panfletos de la Facultad disimulados entre apuntes.
Dos veces te levantaste de la mesa para entregar el material a compañeros que pasaron fugazmente. Te pedí uno para leerlo y me dijiste que no con la cabeza.
Tu mamá y la mía monopolizaron el encuentro. Nos despedimos sin poder decirnos nada, pero nos abrazamos todo, por veinte años de amistad. A la mañana siguiente en la tapa del diario Crónica publicaron la foto de tu cadáver acribillado con el título: “Subversiva Abatida”. Sostenías una ametralladora en la mano izquierda, no sabían que eras diestra. Fue el 28 de marzo del 76, teníamos 25 años.

Sobre héroes

Baldessari, Adriana

El muchacho alto y encorvado llegó al Parque Lezama y eligió un banco cerca de la estatua de Ceres. De pronto se sintió observado, tuvo miedo de darse vuelta pero ganó el deseo y entonces la vio. Sus ojos húmedos, puros y melancólicos recorrieron el cuerpo delgado de la muchacha, el cabello negro con reflejos rojizos, sus ojos verde oscuro y esa boca grande en la que se detuvo largamente. Ella le leyó el pensamiento y sentándose a su lado lo alentó: Podés besarme, soy Alejandra. Entregado al misterio de sus labios, Martín no pudo decirle su nombre.

Perro amor

Baldessari, Adriana

Su imposibilidad de amar la alejó paulatinamente de hermanos, sobrinos, hijos, nietos, bisnietos, pero no de amigos porque nunca los tuvo. Ante una dramática internación, ya que extrañamente nevaba en Buenos Aires, la familia olvidó los malos tratos del pasado y se acercó para cuidarla. Una vez repuesta, la anciana sin dar muestra alguna de agradecimiento, los echó de su casa. Antes, genio y figura, les había gritado que olvidaran la herencia porque pensaba vivir cien años. Los 99 los festejó sola. El beso de cumpleaños se lo dio el caniche toy.

A Porchia

Baldessari, Adriana

Sola en el repleto andén de Acoyte. Sola entre la multitud que la incrusta en el vagón del subte. Sola compactada por cuerpos húmedos. Cuando la formación arranca cierra los ojos y se escapa por diez estaciones a su lugar en el mundo, la playa de Pocitos. Junto a su amor de la otra orilla camina libre por la arena blanca y se interna en el río hasta que la brisa otoñal la elige para dejarle una hoja dorada pegada en la frente. Él la besa y la hoja cae al agua como una estrella fugaz. Bajan en Perú. “El amor es una compañía”.

Deseos

Baldessari, Adriana

Bajo la parra del patio, en la Nochebuena del ’16, mi abuela comió doce uvas chinche. Según la tradición pidió doce deseos con las campanadas del reloj. Uno de ellos se cumplió de inmediato, fue el primer beso, que en sus labios aún dulces, le dio mi abuelo. Otro tardó nueve meses, fue mi papá.

Primaria tentación

Baldessari, Adriana

La música cesó. Todos los alumnos quedaron en la pista del salón de fiestas del colegio esperando el próximo disco. Ella estaba a su lado, de espaldas. Hermosa, con el pelo colorado recogido en un moño. No pudo resistirse, se empinó en sus mocasines nuevos y la besó en la nuca. Cuando ella se dio vuelta interrogándolo con sus furiosos ojos verdes, dijo compungido: -Perdón, me tropecé. Aprovechó el twist que empezó a sonar frenéticamente para alejarse bailando solo.

Enganchados

Baldessari, Adriana

Se conocieron en la colonia del club. Él trece años, ella doce. Los dos pecosos y con sonrisas plateadas. Mucho sol, muchas zambullidas, muchos juegos compartidos. Cuando terminó el verano, bronceados y enamorados se citaron junto al bebedero, bajo el pino, para darse el primer beso. Logró separarlos el Guardavidas cortando alambres de ortodoncia con la ayuda de una pinza.

The end

Baldessari, Adriana

dMilagrosamente el primer día de filmación nevó. El director aprovechó el marco de los copos cayendo, exigido por el guión, para rodar la última escena del film. Los protagonistas, ella inglesa, él español, apenas llegados a la locación y sin haber sido siquiera presentados tuvieron que fundirse en un apasionado beso en la blanca campiña.
Luego del estreno, los críticos y el público se preguntaron asombrados, cómo dos actores tan talentosos que lucharon y sufrieron lo indecible a lo largo de la película para estar juntos, pudieron besarse al final de una manera tan poco creíble.

Bono super star

Baldessari, Adriana

Todas las noches el Oso Bono se sienta en su sillita amarilla, empuña la guitarra e interpreta canciones nacidas en el corazón del bosque. Canta con tanto sentimiento que todos los personajes de los libros de su biblioteca, Popeye, las Tortugas Ninja, el Ratón Pérez, el Conejo de Alicia, se escapan de las páginas para escucharlo.
Una madrugada, tras un emocionante recital, Maneki Neko, el Gatito de la Buena Suerte, lo saludo con su brazo en alto y al otro día Bono consiguió un contrato en una discográfica multinacional.