Despedida

Alejandra Bustamante

Por azar rocé su brazo en el momento de la despedida. El arco perfecto de su boca se torció. El pelo lacio y ralo fue tornándose ocre a medida que se alejaba.

Loca de dolor lo vi  junto al barco que se lo llevaría. Me pregunté si en verdad existe algún dios que cobra a los mortales por sus malas acciones.

Abracé un árbol desnudo para tomar ímpetu, coloqué la bala en el cargador y disparé.

Estados alterados

Bustamante, Alejandra

Cuando se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró en su cama, convertido en una escoba. Una vulgar y gastada escoba. Se incorporó de un salto, dada la rigidez de su nueva anatomía y se contempló horrorizado en el espejo del cuarto.

Su cabeza, hasta ayer calva, se había convertido en un manojo de hebras amarillas. Sus ojos eran dos puntos negros y su boca diminuta apenas le permitía respirar. Pero lo peor era haber perdido sus extremidades. Ni siquiera podía palparse los genitales. Su ¿humanidad? se resumía en un delgado palo de madera.

De pronto se oyeron pasos; alguien se acercaba. Inmediatamente, un perfume ambarino le puso más rígidos los cabellos. Era Sonia, la mucama que venía a ordenar el cuarto. Un cosquilleo lo recorrió de punta a punta. Sonrió y se dejó caer junto a la cama. Ella lo levantaría y él por fin podría estrecharse contra ese cuerpo cálido y mullido como un ovillo de lana.

Domingos

Bustamante, Alejandra

Fue un domingo al atardecer. Fíjese usted, durante la semana ocurren accidentes, robos, crímenes. Pero estas cosas suceden por lo general los domingos, especialmente cuando cae el sol. En esa fatídica hora es usual encontrar una carta perdida, develar un secreto, ser presa de una sorpresa, y hasta morir de amor.

Como le decía, amigo, fue un domingo de otoño; volví a casa después de evacuar una urgencia de mi perro, y encontré la nota sobre la mesa. Dos líneas para un adiós que probablemente dolerá toda la vida. Pero no se preocupe por mí, hombre; los domingos también tienen su encanto: el centro está casi desierto, la siesta se prolonga, los partidos de fútbol.

En fin, nadie tiene todo en la vida.

Domingos

Bustamante, Alejandra

Fue un domingo al atardecer. Fíjese usted, durante la semana ocurren accidentes, robos, crímenes. Pero estas cosas suceden por lo general los domingos, especialmente cuando cae el sol. En esa fatídica hora es usual encontrar una carta perdida, develar un secreto, ser presa de una sorpresa, y hasta morir de amor.

Como le decía, amigo, fue un domingo de otoño; volví a casa después de evacuar una urgencia de mi perro, y encontré la nota sobre la mesa. Dos líneas para un adiós que probablemente dolerá toda la vida. Pero no se preocupe por mí, hombre; los domingos también tienen su encanto: el centro está casi desierto, la siesta se prolonga, los partidos de fútbol.

En fin, nadie tiene todo en la vida.

El sueño amputado

Bustamante, Alejandra

La mujer se sentó frente al especialista; su rostro denotaba angustia y temor.

– Usted es mi última esperanza- le dijo al médico-. Me amputaron un sueño y nadie quiere ayudarme a recuperarlo.

El médico suspiró y se acomodó en su silla.

– Dígame qué pasó exactamente.

– Yo tenía un quiste, grande, acá en la frente- explicó la mujer-. Me operaron y me lo sacaron. Antes de eso yo soñaba todas las semanas con Renzo, mi primer amor. En el sueño nos habíamos reencontrado y estábamos planeando un viaje. Ya teníamos reservado el hotel… Y ahora…-

La mujer comenzó a llorar amargamente.

– …Y ahora Renzo seguramente piensa que le fallé, que lo abandoné… ¡Ayúdeme, por favor!

El especialista miró la planilla de tarifas complacido. Recuperar un sueño amputado ameritaba dos semanas de internación. La vida requiere algo más que sueños.