Drama

Álvaro Carlos Otero

El final del principio fue cuando ella dijo “¿cómo? ¿Ya está?”.

Antes del cine

Otero, Álvaro Carlos

Mientras Pedrarias, su suegro, sonríe sin ocultar su satisfacción, Vasco Núñez de Balboa recuerda el beso de la princesa taína que lo trajo a esta situación. Bueno, lo que lo trajo aquí fue la traición de Garabito, despreciado por Anayansi cuando eligió a Balboa. Redobla el tambor y Vasco, gran soldado y administrador al que el Rey dejó misteriosamente de lado, más recordaba aquel apasionado juntar de labios que selló la intimidad con la princesa taína y que lo trajo al patíbulo donde el verdugo lo espera para cortar su cuello, en el que Anayansi había dejado las marcas de su pasión.

Letargo

Otero, Álvaro Carlos

Llevaba morfina para la cama 4 en una jeringuita. Era el caso que más la conmovía de la terapia: un hermoso atleta al que el cáncer apenas había consumido. Días atrás lo vió despierto: en los ojos ardía una gran vitalidad. Y sin embargo estaba en “medios paliativos”, el tobogán final. El hombre, sedado por la anterior dosis, estaba casi dormido. Dejó la jeringa y lo estudió. Soltó su pelo, que acarició el pecho yaciente. Suavemente, pero con calor creciente, recorrió la boca reseca despacio, detalle por detalle. Lamió los labios, y besó una vez más al enfermo, con toda su experiencia de mujer y copiando besos de película. Él pudo susurrar apenas “Te amo” y volvió a su letargo.

Sin título

Otero, Álvaro Carlos

Debía besarla. A esa mujer de piel gris y halitosis. Se lo exigía el contrato. No quería hacerlo, pero debía. “Acción” y allí estaban ellos, bajo los focos, maquillados. El galán debía agacharse para compensar la gran diferencia de alturas, y mirar fijamente los labios pintados de rojo furioso de la mujer. El beso fue prolongado, sabroso: cada milímetro de piel en contacto con el otro. Salió magistral. Estaban rodeados por casi un ejército: maquilladoras, iluminadores, cámaras, la script-girl, el productor que promovía a la vieja y Oscar, la pareja del galán. Al final, cuando se dijo “Corten, se imprime”, todos aplaudieron con entusiasmo.