Hoy

Hinrichsen, Ana

Mientras desde el televisor se escucha decir al locutor Crímenes de Lesa humanidad: son diez los juicios orales que tienen fecha de inicio confirmada para este año. Están acusados, entre otros, el ex presidente de facto Jorge Rafael Videla y el ex militar Luciano Benjamín Menéndez, el hombre postrado en la cama murmulla en un rezo solitario: “Qué suerte que safé y que me fui a tiempo, antes de que empezara la cagada. Cómo se equivocaron, no entiendo cómo fue que se les pasó la mano. Gracias Dios mío, por salvarme de estar en ésta”.

Él

Hinrichsen, Ana

El día que me soltaron, él vino a buscarme. Abrió la puerta del calabozo y mirándome a los ojos me dijo suavemente: “Podría haber sido peor”.
Y tenía razón, podría no estar acá.

Cristales rotos

Hinrichsen, Ana

En medio de la pasión, una exhalación de él expone la verdad: “Ahhh” –dice como si estuviera solo- “esto me hace tan pero tan bien que después, durante dos meses seguidos lo recuerdo…”
La amante enamorada, cristalizada, se rompe en mil pedazos: lo que dura el recuerdo, es exactamente el tiempo entre cada requerimiento.

Día difícil

Hinrichsen, Ana

“¡Diablos!”, dijo Daniel dilatándose de dolor después del disparo.
“Día difícil”, decretó desesperado el delincuente y diligentemente desapareció.

La carpintera

Hinrichsen, Ana

No tenía un peso y no sabía cómo hacer para que Papá Noel los visitara esa navidad.
De pronto, se inspiró. Fue a la carpintería a pedir esos requechos que quedan de los cortes de madera, se consiguió unos clavos y pidió prestados unos martillos entre los vecinos. Resultó un éxito total.
Ese año fue el mejor regalo de navidad: todos los niños del vecindario, sus hijos y sus amigos, se divirtieron largas horas martillando.

¡Mamita! ¡Ven, por favor!

Hinrichsen, Ana

Cuando tenía unos cuatro años, mi madre se ausentó unos días que me parecieron años. Mi abuelita me cuidaba bien pero me retaba mucho. Entonces, yo echaba muchísimo de menos a mi mamá.
Así es que, subí a un cerro y en soledad grité a los vientos con toda la fuerza de mis pequeños pulmones: “Mamita, ven por favor, que te extraño”.
Grité y grité. Lloré hasta que me cansé y decidí volver.
Cuando bajé del cerro y llegué a mi casa, entré a tomar agua. Al volver a salir, la vi a ella que venía caminando cargada de bolsas. Casi muero de alegría: creí que de tanto llamarla, ella me había escuchado.
Durante años pensé que mis gritos llorosos la habían traído de vuelta. Aún hoy, cuando la necesito, subo a un cerro y grito: ¡Mamita! ¡Ven, por favor!

Ubicación política

Hinrichsen, Ana

Presurosa cruzaba la plaza cuando alcancé al grupo de tres madres que solitariamente hacía su recorrido como todos los jueves. Una de ellas, lloraba. Todavía no sabe nada de su hija que sigue desaparecida junto a cientos de ciudadanos más.
Para entender no alcanza con la racionalidad de un análisis o tener un alma piadosa y buena imaginación. Pero, a veces, está uno, exactamente en las mismas coordenadas y, entonces, uno comprende.

Consejo de madre

Hinrichsen, Ana

En medio de una conversación cotidiana, ella, la madre, espeta tenebrosa a la hija recién divorciada: “Vos tené cuidado si te ponés de novia. Buscate uno que tenga plata porque cuando este otro se entere, te va a largar dura y no te va a pasar más nada”.

De consulta

Hinrichsen, Ana

La madre y la hija sentadas frente al terapeuta, tienen aspecto de cansadas.
Muy segura, la hija plantea: “Tenemos problemas de comunicación y nos cuesta convivir”. “Ella –señalando a la madre- casi no habla y cuando lo hace no la entiendo”.
La madre se defiende: “No hablo porque cada vez que lo hago, se pone imposible”.
La hija reacciona impetuosamente: “¡Pero cómo decís eso!” “¡Fijáte lo que decís!” “¡Parece que vos no te escuchás!”
Mutis.

La creatura

Hinrichsen, Ana

El infortunado brama desesperado: “Madre, madre ¿por qué me has abandonado?” Y Víctor Frankenstein, calla, atemorizado.