Hola

Ana Silvia Mazía

—Hola.
—¿Hola qué?
—¿Cómo, “hola, qué”?
—Sí, ¿hola qué?
—Hola, vo… ¡Veinte años, y no sabés quién soy!
—No sé qué quiere Ud. ni quién es.
—Pero… ¡si conversamos todos los santos días!
—Este no es un día santo. Y no sé quién es Ud.
—Yo. ¡Soy yo, carajo!
—Perdón, ¿aquí todos hablan así?
—¿Quéee?
—A ver, espere que ajuste el traductor… Ya está. Esa palabra… ¿qué significa?
—¿Cuál? ¿Soy? ¿Santos? ¿Días?
—No… barajo, digo, carajo.
—Bueno, dicen que era el lugar a donde mandaban a los marineros… Pero… ¡pero qué estoy haciendo! ¿Con quién estoy hablando? ¿Qué carajo me importa si entiende o no?

Minicuentos eróticos con un toque de humor. Parte VIII

Nava Miguélez, Yolanda
RELACIONES COMPLICADAS
Manostijeras se sentía frustrado imaginando una noche de pasión, mientras contemplaba el cuerpo de su amada.

Nava Miguélez, Yolanda
LUNAS
Caperucita le pregunta al lobo con qué luna se transformará en hombre.

Nava Miguélez, Yolanda
PROVOCACIÓN
La Cenicienta lanza una mirada al príncipe que tiñe de rojo su sangre azul.

Madrazo, Jorge Ariel
LUJURIA
Aquel hermafrodita se amaba apasionadamente.

Madrazo, Jorge Ariel
CHERCHEZ LA FEMME
Labios gruesos, palpitantes; senos que desbordan la blusa y obligan a subir la mirada hasta sus ojos o bajarla para que acaricie las manos perfectas: inventar a esa mujer exigió menos esfuerzo que el de ponerse a su altura.

Madrazo, Jorge Ariel
ASADITO
Dedos de él masajeando cuello y nuca de ella. Le ha revelado él la magnitud de su deseo: “Te quiero comer”. El reencuentro será dulce e interminable. Lo que le demore asarla en el horno a leña de su casa de campo.

Madrazo, Jorge Ariel
OJOS QUE PREÑAN
Ser un vegetal para susurrar sílabas de clorofila y mirar la mirada tuya, que mira con un mirar que sólo podría describir quien lograra mirar desde tus ojos de animal en celo.

Pateiro Costa, Julia Mirtha
FOBIA
Con sus ojos en los de él se dejó quitar la braga.
—¡Es grande y peluda! —gritó al desviar la mirada y huyó, desnuda, ante la araña.

García Alonso, Alicia
ENCAJE A DOS
La bailarina dio un salto y se alzó con las piernas abiertas. En ese instante el primer bailarín creó un paso nuevo.

Altamirano, Aldo
INSEGURIDAD
El tamaño no importa, me dijo ella. Y me puse a escribir breve.

Altamirano, Aldo
DEBATE FILOSÓFICO
Mientras que los intelectuales debatían sobre el huevo o la gallina. El responsable hacía estragos en el gallinero.

Altamirano, Aldo
OLVIDO
Me pidió, enfáticamente, que también usara mi boca para besarla.

Valls Arnau, Joaquín
CHASCO
Había comprado para la ocasión nata, miel y mermelada. Pero canceló nuestra cita en mi casa y hube de tirarlo todo: yo detesto el dulce.

Valls Arnau, Joaquín
CLÍMAX
Yo había cumplido ya los treinta y algunas noches todavía escuchaba a papá lanzar, desde la habitación de matrimonio, el grito de Tarzán.

Garrido Barrera, Laura
MUÑECA PARLANCHINA
No hubo más palabras cuando le humedeció su boca con la lengua. Las baterías se agotaron.

Garrido Barrera, Laura
TUPPER SEX
Las compraron al peso en una noche de lujuria. Tres días más tarde, les produjeron granitos made in China.

Olivera, Patricia
BUS LLENO
La reacción fue instantánea. A ella la empujaron y terminó apoyada contra él… Ambos llegaron a la cima antes que el vehículo.

Olivera, Patricia
GOLOSA
Le pasó la lengua con lentitud, con los ojos cerrados. Luego lo metió en su boca húmeda y suspiró. Los helados eran su debilidad…

Olivera, Patricia
DEVOCIÓN
Lo acariciaba con devoción, su respiración se había convertido en un ronco jadeo. Siempre se emocionaba de esa manera ante un libro nuevo.

Mazía, Ana Silvia
NOTA EN LA HELADERA
¡Qué bueno estuvo lo de anoche!
¿Repetimos?

La quinta pata del gato

Mazía, Ana Silvia

—¡Por fin! Acá está, ¿ves? Lo encontré. Fijate bien: una, adelante a la izquierda; dos, adelante a la derecha; tres, izquierda atrás; cuatro, derecha atrás, y cinco, bien en el medio.
—Decime, Negro, ¿vos estás seguro de que ésa del medio es una pata? —preguntó Bocha, examinando al gato de más cerca.
El Negro lo miró, asombrado, y se rascó la cabeza. Ahora, él también dudaba…

Contigo pan y cebolla

Mazía, Ana Silvia

—¿Otra vez? ¿Otra vez pan y cebolla? ¡Estoy harto! —protestó, y dio un golpe sobre la mesa.
—¡Y… bueno, qué querés! Mamá no quiso que aprendiera a cocinar, porque decía que era una esclavitud —se defendió ella.
Él tenía hambre, así que, comió igual. Pero, eso sí: le puso de todo.
Mostaza, aceite de oliva, romero, pimienta.
Y al pan, dulce de leche.
Y bajó todo con un buen moscato.
Mientras tanto, ella pensaba: “¡Total, cuando él no esté, me pido unas porciones de caprese, napolitana, muzza…! Lo que sea. Cualquier cosa menos fugazzeta.”

El beso

Mazía, Ana Silvia

Las bocas se acercaron por propia voluntad. Los ojos acataron.
Los labios demoraban, resistían, para intensificar el placer. Eran ellos los que mandaban, y las miradas testigo, en el silencio, en la oscuridad, daban sentido al impulso.
Por fin, se encontraron. Se paladearon, exploraron, conocieron, gozaron.
Y fue creciendo, creciendo, creciendo hasta que un crujido de celuloide hizo temblar la sala. Hubo un chisporroteo, un revuelo de fragmentos, un estallido inesperado y todo se desvaneció.
El beso había dejado un páramo desolado.
Y no había quedado nadie, ni los dueños de los labios.

Sin título

Mazía, Ana Silvia

Zoy Juanita Velez, y tengo zeiz añitoz. Como mi mamá y mi papá eztán muy ocupadoz, y no me dan boliya, quiziera luzirme contándolez un cuento… ¡En el jardín dizen que cuento unoz cuentoz fantázticoz!

Claro, loz otroz nenez y laz otraz nenaz ze ponen zelozoz, y me pegan, me tiran de loz peloz y me ezcupen el pebete. Pero a mí no me importa, porque la zeñorita Zelezte me felizita y me mima y me da chupetinez bolita cuando nadie mira…

Mi hermanito, que ze llama Zézar, ez un tontito… Boludito, dizen, pero a mí me da vergüenza. Bueno, ezpero que lez guzte mi cuentito como a mí me guztan loz churroz con dulze de leche.

Bezitoz

Juanita

El gozo

Mazía, Ana Silvia

Gracias, Maestro Samuel Langhorn Clemmens

¡Ah, esa mona…!

Qué magnífico era evocarla tirado en medio de la hierba nueva.

Con brazos y patas al aire, al sol, yo me dejaba acariciar por la brisa tibia y, para añadir otra dimensión a mi placer, recordaba minuciosamente: el pelaje suave, oscuro con reflejos de caoba. El cuerpo flexible pero resistente, tan diverso del mío, los ojos brillantes.

¿Y su agilidad? La coquetería que desplegaba huyendo como sí, al mismo tiempo, estuviera diciendo: “¡Alcánzame!”

Me volvía loco, y los otros se burlaban de mí. “Mono loco”, me decían, pero a mí no me importaba. No sé cómo fue que logré un período de serenidad y lucidez y, entonces, pude pensar una táctica. Ahora sé que la estratega genial era ella, que triunfé porque ella me lo permitió. Más aun: lo hizo posible.

Lo cierto fue que un día la alcancé.

Ese día fue mi perdición y mi delicia. Me cambió. Fui otro desde ese momento. A partir de entonces me decían, “¡idiota!”, y yo asentía y sonreía, feliz. Si ésa era la idiotez, que me la dieran toda a mí.

Hay genios que dicen que, cuando uno alcanza su objeto, no hay nada más que desear, se acabó todo. No saben lo que dicen… O, quizá, yo sea un afortunado porque sigo deseándola y ése, precisamente, es el mayor de los deleites.

La hierba nueva contra mi espalda peluda, el sol cálido sobre mi frente, mi barriga, mi pecho, mis piernas, el viento fresco y leve soplando entre los pelos de mi pelambre. Y la imagen de ella. Su recuerdo en mis dedos, en mi nariz, en el fondo de mi retina. En mi paladar.

¿Quién es el tonto? Porque yo sigo disfrutándola en mi intimidad, entre mis células, en mis entrañas. Y tengo la certeza de que voy a poder evocarla con la misma nitidez cuando sea mi última hora sobre esta tierra bendita.

Gente de color

Mazía, Ana Silvia

—Maaa… ¿cómo es el color de la gente?

—Yyyy… es… es verde.

—¿Verde, ma? ¿La gente es verde?

—Sí, claro. Y violeta y roja…

—¿En serio, ma?

—Por supuesto. Tu madre habla muy en serio cuando habla de la gente.

Minina Madre se quedó pensativa.

Se atusó los bigotes y no se movió por largo rato. Quería darle unas vueltas a ese asunto de los colores de la gente.

La pequeña, en cambio, no tenía dudas sobre su identidad gatuna y, después de unos momentos de quietud, se distrajo con una hoja dorada que arrastraba el viento. Mientras intentaba seguirla, se olvidó del tema.

No tenía importancia porque, ¿no dicen, acaso, que de noche todos los gatos son pardos?

El problema, entonces, no es otro que la luz del sol.

Identidad

Mazía, Ana Silvia

—Tesoro mío —dijo la madre al hijo—, no olvides llevar tu cartel sándwich. Cuélgalo de tu cuello, no sea que te atropellen.

“Recuerda lo que le sucedió al tonto de tu padre: quedó pintado sobre el asfalto de la Avenida del Libertador, por el Parque Japonés. Y, aunque no era apuesto, ahí sobre fondo negro, estilizado por el aplastamiento y atravesado por marcas de neumáticos, era un bello cuadro contra el fondo del pulcro paisaje japonés.

“Tampoco olvides a tu desdichada tía Luisa, que se fue hace ya doce años, sentada contra su voluntad en la trompa de un camión rutero de ganado… ¡Parecía el mascarón de proa de un velero! Nunca volvimos a saber de ella. ¡Pensar que, de niña, soñaba con ser pastora!

“Por eso te ruego, hijo, te suplico, por el amor que te tenemos, no olvides colocarte ese cartel.

“Ése donde dice, con grandes letras negras sobre fondo blanco: Persona.”

En realidad… no creo que sirva de mucho, pero eso no se lo digo.

Cita a ciegas

Silvia Mazía, Ana

A ver, a ver… Ji, ji: ¿qué vamos a ver? No se ve nada.

Entonces, toquemos. Pared. Sigamos.

Acá dobla… Ay, está áspera.

Ah, acá toco piel. Mmm, perfume de hombre. Qué bueno. La voz.

Hola ojalá me haya salido musical.

Hola, preciosa.

¿Cómo sabés que soy preciosa? ¿Eh? Dame tu mano… Eso. Tocá acá.

Ah, sí sos preciosa. Hasta tenés vello. ¡Qué excitante! Lo que no encuentro es tu nariz.

Estabas tocando mi nuca. Un poco más acá. ¡Eh, despacio! es un poco bruto, pero interesante. Bueno, ahora dejame a mí.

¡No lo encuentro!

Hablame.

¿Y qué te puedo decir?

Ah, ahí estabas… Qué susto. Pensé que te habrías ido. ¿Cómo te llamás?

Yo, Cartuflo. ¿Y vos?

Mironcha. Qué le vamos a hacer. Podríamos vivir una hermosa historia, imaginarnos como más nos guste.

Claro. ¡Siempre soñé con tener una novia que se llamara Mironcha! suspiro. ¿De nacimiento?

¿Qué?

La ceguera, Mironcha. La ceguera.

No, Cartuflo: un choque.

¡Beso, por favor!