Un beso de película

Queipo Rodríguez, Antonio

El galán de la película sujetó a la doncella por la cintura con la fuerza exigida en el guión.
Entonces la estrujó contra el pecho y ella plegó los párpados dejando caer por los costados un poco de inocencia y un mucho de pudor.
Luego se juntaron los labios con tanto delirio que el blanco y negro del fotograma se fundió en technicolor.

Rutinas

Queipo Rodríguez, Antonio

Matías Gutiérrez era un tipo que jamás se salía del guión. Por eso aquella tarde le entró la congoja cuando vio las vías de ferrocarril debajo de sus pies. Se agarró lo más fuerte que pudo a la baranda del puente y pensó que lo mejor era desandar el camino y volver. Corrió y llegó a la casa ya sin aliento. Dejó la higiene en el lavabo, la ropa colocada en el armario y entró en la cocina para enterrar el morro en una botella de licor. Luego abrió la llave del gas y se tiró en el diván del salón. Encendió el televisor y con el documental de La 2 se le llevó el sueño. Así fue como encontraron muerto a Matías Gutiérrez, un ser humano cualquiera, un hombre rutinario.

Sin título

Queipo Rodríguez, Antonio

Al amanecer corrió las cortinas y la luna en lo alto le volvió la mirada. Luego, por la noche, salió a beber para intentar olvidar, pero el sol picaba como en un mediodía de marzo. Entonces comprendió que ella, al irse, había dejado su vida como un calcetín usado: rota y vuelta del revés.

Félix Sánchez “Súper Félix”

Queipo Rodríguez, Antonio

El verano de 2004 lo pasé en República Dominicana con unos amigos. En La Española oímos hablar por primera vez de teléfonos tribanda y comprobamos cuánto tarda un celular en llenarse la barriga de energía a 125 voltios. Pero sobre todo descubrimos que de la cultura que viajó en las carabelas hace quinientos años a ese espejismo de primer mundo que venden los touroperadores queda poco más que el idioma que compartimos.

El viaje de ida coincidía con la primera fecha del Campeonato Nacional de Liga en Primera División. Echaba a andar en San Mamés el Barcelona de Rijkaard bajo la batuta de Deco y Ronaldinho, pero por más que buceamos en la interminable lista de canales de televisión por cable, fue imposible dar con una sóla que emitiera el partido en directo. Porque allí los chiquillos no saben de patear costuras hexagonales y nombres como Messi o Maradona les suenan a chino mandarín.

Los pequeños quieren ser como Alex Rodríguez, la tercera base de los Yankees de Nueva York que tiene la mejor marca de “jonrones” de las Grandes Ligas, y por eso es común encontrarlos en cualquier arrabal golpeando con todo el alma piedras o latas de refresco con trozos de madera o hierros oxidados. Cuando apenas levantan un palmo del suelo ya sueñan con cruzar el Golfo de México con un contrato de quince millones de dólares por temporada y que su retrato publicite Pepsi en los enormes cartelones de la capital Santo Domingo.

Pero cuando la venda se nos cayó definitivamente de los ojos fue en la madrugada del 26 de agosto. Entonces nos dimos cuenta de que hay gente en el mundo que no lleva sangre futbolera en las venas. Ese día el país se paró ante los televisores para ver a un atleta escribir la página más gloriosa en la historia de la isla. Félix Sánchez, “Súper Félix”, voló sobre las diez vallas del cuatrocientos de Atenas para colgarse al cuello la medalla de oro de los Juegos Olímpicos.

Hoy, casi cinco años después, ese hombre que llenó de ilusión los estómagos vacíos de una nación que camina a trompicones entre el segundo y el tercer mundo, hizo último en los Campeonatos del Mundo de Berlín. En la misma pista en la que Jesse Owens puso en jaque la utopía racial de un austriaco extrañamente iluminado, Súper Félix hizo el único borrón en una hoja de servicios intachable.
A mí me da lo mismo. Aquella madrugada de agosto, con una cerveza Presidente en la mano, decidí que aquel tipo sería para siempre mi súper héroe favorito.

Forza juve

Queipo Rodríguez, Antonio

Mi primer encuentro con el fútbol creo que fue en el año ochenta y dos. Acababa de cumplir siete años y un inoportuno sarampión me tenía atornillado al sofá del salón. No había colegio ya, y si lo había no lo echaba de menos.

Entre picores y cucharadas de jarabe gastaba el tiempo viendo televisión. Un hombrecito menudo y desgarbado hacía goles todas las tardes. Se llamaba Paolo Rossi y tocó el cielo aquel verano.

Pero quién me marcó para siempre fue otro tipo que exhibía en el pecho una enseña similar. Llevaba el catorce y lo recuerdo corriendo por el verde del Santiago Bernabeu poseído por no sé que extraña fuerza sobrenatural. La fuerza del fútbol a once, supongo. Los brazos abiertos y los puños apretados, mientras meneaba la cabeza de un costado a otro. Nunca olvidaré aquella huida hacia ninguna parte.

Era Marco Tardelli, un defensor todo terreno reconvertido a medio volante de sutil y fino toque. Acababa de batir a Harald Schumacher desde la frontal para colocar arriba a Italia en la final de la Copa del Mundo. Ese día me enamoré de este juego, y también de los Zoff, Scirea, Gentile y Cabrini. Ellos, junto a Rossi y Tardelli, saltaban cada domingo al Comunale con la camisola “bianconera” de la “Vieja Dama” y tal vez ahí me revelaron el mensaje: JUVENTUS: un modo di essere, di esprimersi e emozionarsi. ¡FORZA JUVE VINCI PER NOI!

Kala, un cuento de fútbol

Queipo Rodríguez, Antonio

Cuando saltaron a la cancha tan sólo pude contar hasta diez.

Miré dentro del túnel y le vi al fondo con la casaca roja y el ocho a la espalda dándole el último lustre a sus borceguíes tribanda.

Todos le conocían por “Kala”.

Era pequeño y ligero, apenas ciento sesenta centímetros de talle, y cincuenta y ocho kilos de peso.

Por eso le cayó ese apodo, de Kaláshnikov, el viejo fusil de asalto ruso.

Como aquel, rara vez se encasquillaba y era capaz de encontrar soluciones incluso en las situaciones más comprometidas.

Ya se iba el descuento entre patadas y codos, cuando tiró un desmarque y la bola le buscó en la esquina del área, en el vértice.

Cero a cero.

La mató con el pecho dejándola descansar junto a la zurda.

Con el mentón arriba, puso los ojos en la cruceta y allí mandó la redonda con tal violencia que salió escupida hacia el suelo.

Se levantó un huracán de cal y después apareció girando en el cielo despejada por un defensor.

Tres pitidos.

Final.

Descenso.

Aquel día descubrí el sonido de las lágrimas al golpear la hierba.

Hoy le vi de nuevo por televisión con el ocho cosido a la zamarra de la nacional.

Tiro libre para ser campeones y todos los ojos del planeta puestos en aquella zurda de seda.

Brazos en jarra y el mismo ritual de siempre: barbilla alta y la mirada clavada en la intersección de los palos.

Apenas tomó ventaja.

La pegó de interior y se fue a dormir allí donde habitan las arañas.

– Goooooooooooooool.

Lo grité con toda el alma mientras pensaba:

– Estás perdonado amigo, somos campeones del mundo.

El banderín

Queipo Rodríguez, Antonio

Hola a todos. Mi nombre es Pablo y hasta hace unos meses era un banderín de corner del campo de fútbol de El Reguerón.

Y digo era, porque desde que la federación y el ayuntamiento decidieron que Cangas debía tener un campo de hierba sintética como los pueblos grandes, estoy al paro.

Yo soy un banderín de los de toda la vida: palo de madera y tela barata, azul y roja, como los colores del Narcea.

Tengo pasado mucho frío en la esquina del río, pero sé sufrir.

Eso me lo enseñó mi abuelo, que de esto también sabía un rato.

Él vio jugar a Juaqui el Soliso, y un día, sacando un corner le puso la mano encima.

Siempre estuvo orgulloso de eso.

También disfrutó mucho viendo jugar a Chichi y a todos aquellos chavales que se reunían en verano para jugar partidos y eran invencibles.

Sólo quería pediros un favor: si sabéis de algún campo de hierba natural en el que necesiten un buen banderín, dejarme mensaje aquí.

Sin título

Queipo Rodríguez, Antonio

Esto me ocurrió en el bar de tomar el café. “Perdoná, ¿terminaste con el Marca?”. Era una chica con unos ojos enormes, que luego se leyó todas las letras y todos los números de todas las páginas. El caso no tendría nada de particular si no fuera porque ese era el día en el que la república hermana de Argentina conmemoraba años desde el golpe militar del General Videla. Entonces también escogieron el fútbol para distraer al gentío: jugaba la albiceleste un partido preparatorio en la lejana Polonia. ¡Ah, se me olvidaba! La chica y sus ojos inmensos eran criollos. El acento y el fútbol la delataron.

En otras palabras

Queipo Rodríguez, Antonio

Ocurrió en Argentina, que un día, como si ocurriera el truco de magia de un ángel censor, las palabras se cayeron del diccionario.

No había árbitros en la a, ni balones con be y ni siquiera los delanteros goleaban en la de.

Los encuentros no empezaban por e y tampoco había porterías en esa letra donde anotar penaltis con pe.

Luego de mucho buscarb dieron con ellas, todas juntitas, en la tapa del Diario Olé, como queriendo pasar desapercibidas en la crónica de un juego de la fecha anterior:

“Y entonces el referí cobró penal, que ejecutó el puntero propietario colando la redonda en el arco y sentenciado definitivamente el match”.

Aseguraron después que un Mesías pasó y que pronto abrazaron el evangelio que, según cuentan, traía de un nuevo Dios.

Un D10S del fútbol tal vez.

¿En Argentina?

Puede ser.

“Negro” Fontanarrosa y el “rojo” de Avellaneda

Queipo Rodríguez, Antonio

Roberto Fontanarrosa, apodado Negro y argentino de Rosario, fue escritor y humorista gráfico, pero sobre todas las cosas fue hincha de Racing Club de Avellaneda. Creo que fue en su blog personal donde encontré una sentencia que me tiene atormentado desde aquel día que caí por allí de purita casualidad: “El fútbol es el juego perfecto”.

Yo no estoy de acuerdo. Perfecto es aquello a lo que nadie le encuentra taras, eso que todos aceptamos como que nos viene montado de serie. De lo que alcanza la excelencia sólo opinan algunos ilustrados, unas cuántas mentes privilegiadas, pero … ¿y de fútbol? De fútbol opina hasta el más gañán.

Cualquier individuo malencarado puede espetar sin rubor un “si me hubiesen hecho caso a mí ahora estarían en la final” o descalificar a un auditorio entero con un “¡qué sabrán ustedes de esto si jamás dieron una patada a un bote!”. Porque es seguro que todos tenemos algún conocido que es “el que más sabe de fútbol del mundo”.

Por eso el fútbol es imperfecto. De otra manera los partidos terminarían todos con empate y no habría segundas ni terceras categorías, porque todos los peloteros deberían disputar, por obvio, la primera división.

Siento llevarte la contraria Negro, pero en este argumento no tiene nada que ver que a mí, desde siempre, me tire más “el rojo” de Independiente.