El susto

Fernández, Ariel

Pocas veces Hermenegildo Gómez había tenido miedo. Lo desechaba súbitamente sin respeto y sin atenuantes.
Un día salió de su casa con la tácita y cotidiana promesa de regreso con el pan bajo el brazo.
Ese día no había campo ni tierra ni agua ni nada que no le perteneciera ya a los jefes.
Entonces quiso asustarse, pero no pudo.
Sabía que no podía ser solo un susto.
Sabía que estaba condenado a la sumisión.

Un grito en la noche

Fernández, Ariel

Un grito sobresale en la noche. Un grito irrumpe en la noche como un mazazo en el pecho. ¡¡¡Subversivos!!! ¡¡¡Subversivos!!! El aire está cargado de odio. El grito se repite una y otra vez.
Una puerta se rompe y no podes contener las lágrimas. El mundo se reduce a esa tela negra que cubre tu cara, al machete que golpea en tu cabeza, a la angustia de tu madre y al temor que nadie más pueda concretar tu sueño de libertad y justicia.

Una noche de furia

Fernández, Ariel

Facilidad para improvisar, eso es lo que tiene exactamente Boogie, y ojo que lo digo con conocimiento de causa.
El me invitó y por eso yo estaba ahí mismo, en la pieza del telo mirando cómo se le tiraba encima a la mina que entre piropos groseros y buen vino se levantó en el boliche top de la costa rosarina.
Y entonces los veo justo ahí… que sí, que no, que sí, que no; y por eso, por contextura y a puro capricho, Boogie se le tira encima a la susodicha que empieza a gritar que no, que no seas guaso, y Boogie dale que va, y entonces comprendo que facilidad para improvisar tiene Boogie.
Caliente al mango y cada vez de manera más violenta agarra a la mina que entre lágrimas le dice a Boogie ¡BASTA! ¡BASTA POR FAVOR QUE ME ROMPES LA REMERA! y es ahí que por su convicción de macho bien hecho que es y por este don que le descubrí que responde tranquilo pero acrecentando su euforia ¡QUEDATE TRANQUILA QUE TE COMPRO OTRA!

Rutina

Fernández, Ariel

Aún dormido y en medio de los preparativos para desayunar algo caliente, entreveo por encima de la improvisada mesada de la cocina a la Eulogia ya levantada merodeando por su patio a unos metros por encima de mi cabeza.
Durante varios minutos estuvo renegando con unos pájaros entre medio de su huerto.
Me llamaron la atención sus movimientos. Medios mecánicos. En la Eulogia esto estaba plenamente vivo.
Confieso que a don Inodoro nunca lo oí acercarse, sólo advertí su presencia cuando vi aparecer, sostenido por un brazo huesudo extendido hacia delante, un mate que fue tomado por ella en total silencio.
Lo que siguió fueron algunos secretos que la Eulogia le comunicó a don Inodoro para poder ir de cuerpo de una vez por todas, no sin ademanes exagerados y ceño fruncido, siendo el más destacado uno que narraba las peripecias de un abombau que estuvo ayer por la tardecita a los pedos limpios donde sus caballos andaban pastando tranquilamente.