Juana Azurduy

Viola, Ariel

Los de Sudamérica habían declarado la revolución a España. Los centinelas advierten a una mujer que huye. Un niño en brazos y otros tres la siguen. En el monte, Juana se duerme entre insectos que no cesan de picar; piensa en la malaria.

Dos soldados a caballo le dan alcance.

– ¿De quiénes son estos niños?

– Son mis hijos.

– ¿Qué mujer elige arriesgar la vida de sus hijos en una guerra?

– General, he creído deber mío sacrificar mis afectos más caros a la libertad de mi Patria. Si hubiera decidido salvarlos, y logrado escapar, habría perdido la estimación de mis húsares y la de mis hijos, o sea todo. Nuestro pueblo odia a quien solo mira con el egoísmo por sobre los valores superiores.

El General escribe al rey: “Los criollos observan la máxima de sacrificar al bien común todo interés privado. ¿Qué oportunidad tendremos? Séame lícito aconsejarle reconsiderar la conquista. El oficial portador de la presente le contará de la amazona Juana Azurduy, perseguida, atrapada y que comprueba mis palabras”.

El rey ordena a sus tropas retirarse. Juana despierta, está en Segura; su esposo, el coronel Padilla, viene desde Laguna y la rescata. Sus hijos mueren.

El brillo de la pelota

Viola, Ariel

El sol había caído… Los ancianos, ateridos, pusieron el televisor dentro del hogar: sin dinero para comprar leña, se ilusionaron con el calor que despedía el botón rojo, indicador de “conectado”. Arropados en ese cálido resplandor, él abraza a su esposa. Se desprenden los primeros copos de nieve. En otra parte del mundo se está jugando el mundial de fútbol: millones de imágenes muestran el “brillo” de la “Jabulani”, y su circulación incesante. Los viejitos, de imaginarlo, habrían encendido el aparato, a pesar del mayor consumo de energía, sin destinarse a ese color azul oscuro, rastro último que deja la muerte en ciertos cuerpos.

La obra magna

Viola, Ariel

Llegamos de todas partes del mundo. El mejor escritor de todos los tiempos había convocado a una conferencia bajo la promesa de un anuncio revolucionario: “Es el equivalente a la cuadratura del círculo en plástica”.

Éramos exactamente ochocientos. Ni uno más ni uno menos. Sobre el tapete verde, una caja de cristal protegía la obra magna forrada en cuero. El traje oscuro hizo su entrada triunfal: resaltaba una leontina de oro. Percibí un leve temblor en sus manos cuando, lentamente, levantó la cubierta. A una seña suya se encendió el proyector y apareció el manuscrito: la hoja parecía en blanco; pero el objetivo se aproximó más y más, hasta que fue posible distinguir un punto. Apresuradamente cerró el libro y se retiró.