Guerra

Beto Monte Ros

En el cielo, ángeles y santos jugaban rayuelas cuando fueron convocados a una reunión de emergencia. “¿Cuál será el asunto?”. Desde el apocalipsis todo parecía estar en c.lma. Al entrar el jefe todos guardaron silencio y con pesadumbre recibieron la noticia de que les esperaba una nueva contienda: los informes de inteligencia dan cuenta de que en el infierno se hacen aprestos bélicos, han movilizado a todos sus demonios y en cualquier momento se esperaba un ataque. Al preguntar por el motivo de este enfrentamiento supieron que, esta vez, se disputaban al último hombre sobre la tierra.

Seducción

Beto Monte Ros

En el bar, mientras bebe una birra, con el rabillo del ojo Roco mira a la chica que, un poco alocada, baila con brío. Es muy bella, rebela una recia cadera. Él que es un diablillo, un tanto alborozado elabora un ardid: se acerca a la radio, aborda a la joven y decidido le dedica un bolero.  La invita a bailar, ella accede. Como un caballero la recibe en el brazo, y con delicadeza la abarca. Su cuerpo libera un olor a cedro que recorre el local, ladea la cabeza y ríe, él acaricia su cabello, no se acobarda, ya lo había ideado, roza su labio y le roba un beso.

Celo

Beto Monte Ros

A Carola,  la rabia le caló el cerebro. Erizada de odio abrió la boca y colérica lanzó un alarido. Aida le dice: “al doblar el recodo de la calle, vi a Báez con Adela del brazo”.  Ella se calla, y mientras con el dedo se riza el cabello, elabora una idea y decide: coge brécol, calabaza, cebolla; la echa al caldero y lo coloca en la estufa. La cara le arde, abre una cidra y espera que él traiga la cabeza, para aderezar un rico caldo que le acabe su ira.

Magnicidio

Beto Monte Ros

30 de mayo de 1961, esa noche, varios hombres con la bandera como arma, en la oscuridad del malecón. Sin miedo a la espada del dictador.

Relacionarse

Beto Monte Ros

La última vez que salí a la calle entré a un café, vi a una chica muy animada con su celular, le sonreí y volvió la cara, pregunté a un señor por el resultado del partido que, muy concentrado, observaba por el televisor del local, pero con enojo me indicó que guardara silencio. A una señora que, junto a su hijo, comía una tostada le pregunté por la edad del pequeño, me miró asustada y se cambió de lugar. Decepcionado volví a mi casa, quería hablar con alguien: encendí la computadora.