Pudor

Bibiana Ricciardi

Tapate, querida. Se te ve todo. En un rato va a venir la policía. Viste como son. Unos degenerados. No te sonrojes mi cielo, para estoy yo, para cuidarte. Bombón de dulce de leche. ¿De verdad creíste que te permitiría irte? Te voy a cubrir con la sábana. La del compromiso. ¿Dónde las tenés? No las habrás tirado, si no es conmigo con algún otro ya pensarías estrenarlas. Y yo que te las compré en agradecimiento. La que perdona rápido es porque se sabe culpable. Todas putas. Mirá lo que parecés ahora. Tapate, por favor. No te puedo ni mirar. No querrás que el oficial te vea todas las partes. Que digo las partes. Hasta las entrañas. Por esos tajos se te ve hasta el alma.

Nunca más

Ricciardi, Bibiana

Querida hija de mi alma (no pude engendrarte con el cuerpo pero si con mi alma), me dicen que no aceptás mis cartas. Tu rechazo duele más que este encierro injusto. Me aterroriza pensar que el esfuerzo haya sido en vano. Todavía recuerdo tus ojos abiertos como platos tras la balacera. Eras tan chiquita, no podías comprender que había sido necesario matar a esos que se decían tus padres, para salvarte de ellos. ¿Qué hubiera sido de tu vida si no hubiéramos intervenido? Yo sé la calidad de educación cristiana que te hemos impartido, y eso no se borra tan fácil. Aunque nos odies estamos en vos. Mucho más presentes que los genes de los subversivos que te engendraron.

Sueño profundo

Ricciardi, Bibiana

Avanza nervioso entre la multitud que lo aclama. Una niña corre a besarlo. Sonríe para los fotógrafos. La fecha patria apenas comienza. Camina firme aplastando las hojas que alfombran la acera. El otoño insinúa su rigor pero el sol aún entibia la ciudad. Emocionado baja la vista. Una mancha en el extremo de la bota derecha le provoca escozor. ¿Qué sustancia ensucia su inmaculada mañana? ¿Por qué se ha puesto las botas en lugar de los zapatos? La gaffe lo irrita tanto como el sacudón molesto sobre su hombro. Su abogado lo conmina enojado, le indica que el juez está esperando que despierte para continuar el juicio. El viejo tirano se acomoda en el banquillo, y continúa oyendo los alegatos en su contra.

Cadena perpetua

Ricciardi, Bibiana

Desde el balcón la avenida se ve pero no se oye. María sabe sostenerse del bramido lejano de un motor. Aprendió a vivir con el oído alerta. Un bocinazo puede esconder los gritos de un compañero desgarrado. Treinta y cinco años después la avenida todavía conserva intactos sus ruidos piadosos. María necesitaba volver seguido. Estremecerse como una hoja ante la imponente entrada pretensiosa del campo de detención. Por eso compró un departamentito justo enfrente. Desde allí arriba se veía casi inocuo.
Quién hubiera dicho que el río estaba cerca. Un río mudo, pura postal. Desde la radio la voz monocorde del juez desgrana una condena eterna. María levanta la copa y brinda. ¿Podrá dejar de temer?

Ausencia

Ricciardi, Bibiana

El llanto comenzó en el momento en que su madre expiró, y continuó en la casa de velatorios. Sentada junto al cajón observaba la cara de la muerta, a través de las lentes empañadas de sus anteojos. La misma máscara inerte de siempre. La ausencia expresiva era anterior a la muerte.
— ¡Sacáte eso!—Creyó escuchar. A su madre no le gustaba que usara anteojos en público. Era miope desde siempre. Tenía grabada en la memoria las fotos de todos sus cumpleaños, desde el primero, siempre soplando las velitas con anteojos puestos.
Lo que no tenía eran fotos de su mamá embarazada. Tampoco con anteojos. Toda la familia tenía muy buena vista.

Madre

Ricciardi, Bibiana

En la intimidad a veces bromeaban, decían que era como la virgen María. No por virgen sino por madre de todos. Ella de religión nada de nada. Igual la comparación le venía bien, una manera de matizar. De disimular tanta intensidad. O sería el pañuelo. La otra también tiene la cabeza cubierta.
A la otra también le mataron un hijo. Claro que la otra tuvo sólo ese, el que le mataron. Ella en cambio dos y medio. El que se llevaron, la que ahora tiene que echar, y el que sintió como a un hijo, y la traicionó.
Madre de todos. Capaz que debería haber tenido sólo uno.

Realidad

Ricciardi, Bibiana

“¿Qué realidad?” me dijo mamá. Perpleja, sorprendida. Asustada. Nunca pensamos que la condenarían por usurpación de realidad. No me van a decir a mí cuál es mi realidad. Lo que existe es real. Mi casa, mi infancia, mi bicicleta.
Entiendo lo de la violencia en la dictadura, los crímenes, y hasta acepto que hubo una madre biológica. Lamento haberme enterado a la fuerza, pero lo acepto. Madre es la que te cría, no la que te pare. ¿Quedan marcas de la crianza en el ADN? Ahora el juez la condena por imponerme una realidad que no era mía…. La mía es la que fue, no la que hubiera sido.
Es tan mía la realidad de mis padres como la de mi abuela nueva, la biológica. Empecé a decirle abuela, a mamá no le molesta.

Eclipse

Ricciardi, Bibiana

La luna impaciente apuró al sol. La figura del centauro se estiró larga sobre la tierra reseca. El cristiano cumplió el ritual del atardecer, y hundió los ojos en los vestigios de su propia sombra. Cuando desapareció, la oscuridad no era tal. La luna había ganado la batalla diaria. “Por un rato”, pensó. Noche de eclipse con luna llena. El pie nervioso apretó el vientre del caballo. A lo lejos un árbol ofrecía cobijo.
Se apeó y ató al animal a una rama baja. El disco plateado comenzaba a mancharse de negro. Un mordisco creciente. La oscuridad voraz devoraba la luz. El caballo pateó molesto la tierra. El hombre lo imitó. Entre las ramas serpenteó resistente un hilo plateado que iluminó el residuo polvoriento del gesto. Cuando se apagó, un cimbronazo inmóvil sacudió el vacío. El animal relinchó. El cristiano ladró. Con hábil cerebro perruno comprendió que había mutado animal.

Amor al aire

Ricciardi, Bibiana y Panno, Juan José

Accedió al avión. Acelerado abrió algo arriba. Armado amenazó al aviador. Arnaldo ansiaba amar. Amordazó antes a atónita azafata. Anunció: “A Argentina”. Arribaron ayer. Abajo aguardaban amigos.

Arrastró azafata agotada anteponiendo amor a astucia, a amistad. Algunas ambulancias atajaron al asaltante. Alegre apunto. “Alto”,advirtieron agentes agazapados.”Atrás”. Asaltante acosado, azuzó a amigos: “Ataquen”. Amigos arrugaron. Arrojaron armas.

Analizó asesinar azafata. Amputar amor, arrancarse así al alma. “Amen”, anunció. Algo aparecería. Algún amigo anestesiaría arrebato.

Aparecieron Alberto Anchart, Alá, and Adolfo Alsina. ¡Aleluya! Apañaron al asaltante. Apretaron a azafatas.

“¡Ampliaremos!”, alardeó algún abreboca amanecido al asociar añejos augurios. Anochecía ante aquel aeropuerto abierto. Animales adyacentes alborotados aullaban. Águilas aparentemente atormentadas accedieron al avión. ¿Aerolíneas Argentinas?

“AA”, anunciaba aquel afiche. Aerolíneas Argentinas, aparentemente. Así acataron amplios anhelos. Apartaron anécdotas ancestrales.

“Aerolíneas Argentinas”, anunciaba. Así. Adrede. Apartaban a Aerolíneas Argentinas. Ardid apropiado. Arte ambicionado. Alguien aterrizara. Aquelarre asqueroso. Así andarán.

Apareció azafata Austral. Ángel. Agraciada, amable, apetecible. “Andrea Arizmendi Alzaga, aventurera”, anunció. Ay Andrea… Amanecería amada. Aprendería a averiguar antes. Aquellos amantes aviadores amontonaban azafatas.