Vista privilegiada

Francka, Camilo

Él era el mejor, por lejos. Un libro de fútbol a corazón abierto. Mirar un partido a su lado te enseñaba a valorar este deporte de otra manera (para bien o para mal, depende de cómo lo tomara cada uno). Sus conceptos y sus análisis resultaban precisos, y a fin de cuentas sacabas un sinfín de argumentos en limpio (para bien o para mal, depende de cómo lo tomara cada uno). Incluso, en más de una oportunidad, se lo vio en el entrenamiento de su club explicándole al centrodelantero cómo tenía que definir.

“¿Te das cuenta? Éste pibe no puede jugar ni a la bolita. Yo, en su lugar, la mandaba a guardar…”, le repetía una y otra vez a su “ayudante de campo”. Desde su posición siempre veía al jugador mejor ubicado. Tenía un panorama del campo de juego que era sorprendente, además, si era necesario, le reprochaba al que llevaba la pelota porque en alguna circunstancia no habilitaba al que aparecía libre.

¿Y a los defensores? Los vivía reprobando: “Salí del fondo que habilitas a medio mundo”, gritaba al borde del ataque cardíaco. Y levantaba la mano para indicar que el 9 rival estaba solo. Eso sí: ordenaba a todos y era la voz de mando, pero nunca pudo hacer un gol de cabeza.

Sabía más que el director técnico, hasta sugería los once titulares y los siete suplentes. Y ni que hablar de los cambios para el segundo tiempo. En ese rubro decía que jamás fallaba con el pronóstico. También criticaba las incorporaciones que se hacían y lloraba por los que habían sido vendidos, según su punto de vista en un precio bajo.

Contra los árbitros descargaba toda la furia. Eran el blanco perfecto, la excusa factible cuando las cosas no salían. Si el encargado de impartir justicia sancionaba penal en contra, por más que haya sido clarito, igual no maquillaba su descontento. Una vez me contaron que a la salida del estadio, declaró: “Es una vergüenza lo que nos están haciendo. Está arreglado, viejo”. Lo que a todos nos llamó la atención es que nunca lo expulsaron después de tanta protesta.

“Meté el culo atrás porque te comen las espaldas”, le rezaba al volante central. Su concepción futbolística indicaba que el juego por el medio consistía en recuperar rápido y tocar de primera. Y si eso no ocurría, se lo hacía sentir a los muchachos.

Los que lo vieron aseguran que poseía condiciones que lo catapultaban por sobre el resto. Un fenómeno.

Era el mejor… Lástima que nunca se haya dedicado a jugar al fútbol profesionalmente. Claro, era más fácil observar desde la platea…

El lenguaje inconfundible del fútbol

Francka, Camilo

Tomó el bolsito y se fue. Atrás de un sueño, sin más pasaporte que su diestra, embarcó cuál polizón. El asado, en su patria, fue gargajeado por un número singular de individuos que lo dejaron fuera del sistema. Así se tuvo que ir: escapado, incomprendido, discriminado…

La enseñanza escolar nunca le explicó que, según los postulados oligarcas, ir en contra del poder es como tirarse de cabeza dentro de una pileta sin agua. En realidad, las calamidades de la vida lo privaron de recibir educación; de leer y escribir. Sin embargo, había algo en él que brillaba. Una hermosa manera de expresarse.

Llegó a latitudes desconocidas y consiguió una prueba en un club de la zona. Con poco idioma español entre sus cuerdas vocales, imagínese lo que le costó adaptarse a otro idioma. Hizo las inferiores y debutó en Primera. Le costó, es cierto, pero siempre, al ritmo de gambeta y pique corto, luchó por un porvenir mejor.

En la primera que tocó, con tan solo 18 años, se sacó dos tipos de encima y el balón, sin escalas, viajó hacia el ángulo izquierdo: inatajable para el arquero. Esa tarde, al pibe que seguía sin captar una gota del lenguaje adoptivo, lo despidieron con ovación y aplausos.

Hoy, seis décadas después de aquellas hazañas, las proezas de Froilán Pérez aún son recordadas. En su interior, descansa la rebeldía bien entendida que ningún galán con plata podrá callar.

Gracias al fútbol, que muchas veces le da un sentido de pertenencia único a los que son moralmente violados, y excluidos por el poder…

Aire de potrero

Francka, Camilo

Cómo olvidarse de aquellas canchitas de tierra, donde todos los pibes del barrio se juntaban a jugar los picaditos, de lunes a lunes. Porque para el potrero no hay feriados. Cuantas tardes entregadas a este gran amor que los acompañará hasta el final de sus vidas. Viene uno, viene el otro, barrio contra barrio, por el honor o por la Coca y los sándwiches, siempre hay un buen motivo para que haya acción. La simple receta se compone por cuatro buzos que hagan de arcos (claro, cuando hay viento y llueve los “palos” se vienen abajo) y algo que oficie de balón.

El potrero está abierto para todos: el gordito que va al arco porque no le queda otra, el flaco zurdo que la pisa de un lado al otro sin que nadie se la pueda sacar, el que se queda arriba y no baja nunca, el que fue mandado por la vieja a hacer las compras pero en el camino se tentó y se metió a jugar, el panadero en bicicleta que por un momento olvida su trabajo y se prende, el albañil de la obra en construcción que acaba de salir del laburo… En fin, nadie se queda afuera. Y el fulbo gira y gira al ritmo de la pasión que despierta el deporte más lindo del mundo. Día, tarde y noche. Sin cesar.

Acá no existe otra motivación que ganar para cargar a los amigos, en el folklore del fútbol bien entendido. Acá no hay barrabravas, ni representantes, ni dobles intenciones. Acá se vive el fútbol en su máxima expresión. En realidad, se juega a la pelota, no al fútbol. Porque el fútbol se murió cuando apareció la plata y los intereses económicos de un grupo que quiso y quiere vivir a costillas de lo que despierta este deporte en el grueso de la sociedad argentina.

Alguna vez, en algún potrero de Villa Fiorito, se forjó el mejor jugador que tuvo y tendrá el mundo de la redonda. Y la lista sigue hasta la infinidad. Podría decirse que no hay mejores divisiones inferiores que las que se hacen en esas canchas bacheadas, de pozos profundos. Donde juegan, verdaderamente, por amor al arte. Gracias a todos los potreros del país por haberle dado tanto a esto que es tan lindo… gracias por ser genuino al 100%.

En los tiempos que corren, donde el slogan del Estado y de la AFA (“Fútbol para todos”) es solo una simple frase chabacana, resulta productivo recordar que el verdadero fútbol para todos se ve en el potrero, porque ninguno es excluido. El aire de potrero, confeccionado por suela, tierra y pierna fuerte pero leal, aún rige en los confines. Y eso es bueno, aunque algunos quieran matarlo…

En lo personal, quiero seguir creyendo que los potreros existen. Los futboleros deberíamos rendirles pleitesías.

El lenguaje inconfundible del fútbol

Francka, Camilo

Tomó el bolsito y se fue. Atrás de un sueño, sin más pasaporte que su diestra, embarcó cuál polizón. El asado, en su patria, fue gargajeado por un número singular de individuos que lo dejaron fuera del sistema. Así se tuvo que ir: escapado, incomprendido, discriminado…

La enseñanza escolar nunca le explicó que, según los postulados oligarcas, ir en contra del poder es como tirarse de cabeza dentro de una pileta sin agua. En realidad, las calamidades de la vida lo privaron de recibir educación; de leer y escribir. Sin embargo, había algo en él que brillaba. Una hermosa manera de expresarse.

Llegó a latitudes desconocidas y consiguió una prueba en un club de la zona. Con poco idioma español entre sus cuerdas vocales, imagínese lo que le costó adaptarse a otro idioma. Hizo las inferiores y debutó en Primera. Le costó, es cierto, pero siempre, al ritmo de gambeta y pique corto, luchó por un porvenir mejor.

En la primera que tocó, con tan solo 18 años, se sacó dos tipos de encima y el balón, sin escalas, viajó hacia el ángulo izquierdo: inatajable para el arquero. Esa tarde, al pibe que seguía sin captar una gota del lenguaje adoptivo, lo despidieron con ovación y aplausos.

Hoy, seis décadas después de aquellas hazañas, las proezas de Froilán Pérez aún son recordadas. En su interior, descansa la rebeldía bien entendida que ningún galán con plata podrá callar.

Gracias al fútbol, que muchas veces le da un sentido de pertenencia único a los que son moralmente violados, y excluidos por el poder…

Carta abierta

Francka, Camilo

Me agarraron ahí, de la peor manera. En offside por unos metros largos. Acostado en un colchón y con la boca seca de tanto balbucear palabras lentas y vacías. Con el corazón a punta de pistola, chorreando sangre a borbotones. Una marea roja que transporta las penurias de un alma que pierde por goleada y que, además, es humillada ante la multitud presente. ¿Quién entiende los latidos? ¿Quién los interpreta de la forma correcta? ¿Quién sabe lo que pasa acá adentro? ¿Algún árbitro pitará alguna vez para mi lado? ¿Para qué sirve entrenar toda la semana si después en el partido te dan la espalda? Que yo sepa, nunca hice cursos para hablar chino, alemán o ruso. Es un castellano de barrio, de empedrado y bien pasional. Es triste que ningún pañuelo pueda cortar el llanto de los sentimientos. Resulta increíble que hablando el mismo idioma, en distintas situaciones, no podamos entendernos. Quizá, si me avisabas, le ponía chaleco antibalas a la sensibilidad. De esa forma me hubiera evitado la renguera de mis vísceras.

Pará un poco: dijimos que no valía chumbar pero me abriste el pecho con el remate que sacaste. ¿Disparaste? Ufff, como arde. ¿Ahora quién cierra la cicatriz que me quedó? Ya sé que tu fuerte no es el cabezazo, si no preguntale a mi sien, que todavía está en el piso después del testazo que le metiste. A veces, en los momentos que me pica la desesperación, me miro al espejo y me doy algo de lástima. Reconocerlo no es pecado… La cabeza me estalla, el corazón ni te cuento, es como si me obligaran a caminar desnudo en plana Avenida 9 de Julio. Es feo estar en el medio de las llamas sin que nadie venga a rescatarte. Es feo estar solo y ver que a los sostenes fundamentales les cortaron el servicio. Aunque seguiré entregando hasta la última gota de sudor. Me pueden golpear, pero el nocaut no ingresa en mi registro mental, por más básico que sea.

Si de nosotros dependiera el peso ofensivo de un equipo, nos cagaríamos de hambre. Igual, un partido entre nosotros sería durísimo. Con tanto sentimiento en el medio no se jode. Y te diste cuenta en el momento que metiste pierna fuerte y a mi (pobre) corazón se lo tuvieron que llevar en camilla. Ahora te confieso que duele. ¿Me traes una curita por favor? No, no alcanza con eso. Tampoco hay que ser tan dramático, son momentos. Todos tenemos derecho a gozar, pero también el sufrimiento, por momentos, nos vapulea. Y más: lo hace de visitante y con todo el público en contra. De paso te digo que el Tribunal de Disciplina le dio tres meses a mi alma. Acá no me salva ningún amparo. Hice uso del 225 y pedí que la dejaran participar en lugar del cariño que se fue a jugar a la selección de la felicidad, pero el intento fue en vano. Ni esa me salió…

Dios santo, viva el fútbol…

Francka, Camilo

La pelota cruzó la línea y se abrazó a la red, quizá en una demostración de deseo mutuo, de atracción sexual. Fue un abrazo sutil, que, aun siendo tenue, alcanzó límites insospechados de pasión. El balón, con el simple hecho de traspasar una raya que establece el condimento antagónico entre un grito y un atracón, fue a buscar a su media naranja, que aguardaba con los brazos abiertos y con la boca llena de gol. Allí estaba la red, para hacer posible la unión. Para fecundar ante la multitud la mejor obra que se haya visto dentro de una cancha de fútbol. Para consumar la esencia pura de este deporte universal. Para entrar en la historia. Para empezar a llenar los renglones del libro de la mitología humana con un Dios de carne y hueso. Para que el abuelo le explique al nieto de qué se trata el fútbol. Y miles y millones de “paras”.

Fueron testigos el sol, el calor agobiante, los fotógrafos, los espectadores, los periodistas, los televidentes, los oyentes, el mundo, el césped, la terna arbitral, los 21 futbolistas restantes, los cuerpos técnicos, los suplentes, los carteles publicitarios y los organismos de seguridad. Todos presenciaron un acontecimiento sobrenatural. Todos cayeron rendidos a sus pies: a partir de ese momento. Lo que parecía imposible pasó a estar dentro de lo posible.

Por única vez, los sentimientos abstractos dejaron de ser imperceptibles para transformarse en una realidad propia y tangible. Los objetos cobraron vida. Los sarcófagos quedaron deshabitados porque todos querían aplaudir.

Era el policía persiguiendo al ladrón. Era una escoba barriendo rivales. Era, hoy, una jugada de Play Station. Era muchísimo más que todos los tantos que se habían marcado hasta ese momento. Era la hora señalada para que nuestra vida cambiara por completo. Era la confirmación de que los extraterrestres existían, y que además podían jugar al fútbol. Era un tipo haciendo justicia por mano propia, pero atención: su genialidad era tan grande que le dio el cuero para ejecutar la “mano propia” con una zurda, más allá de que antes había recurrido a la frase en su estado más literal… Era Diego Armando Maradona haciéndole el segundo gol a los ingleses… Perpetuando su nombre en la cúspide… Eran innumerables sensaciones hermosas, pero lo lindo de la cuestión fue que Diego hizo en la realidad lo que todos los pibes sueñan en el potrero.

Y si Víctor Hugo Morales, mentor de un relato memorable, me lo permite, yo también “quiero llorar…” (¿Cómo no vas a estar perdonado?) de la emoción que me produce recordar aquel instante.