Noches de no recuerdo

Gatti, Juan Eduardo

Esta es la historia de una noche que caminaba con el viento de frente por las frías calles bahienses, abatatado por unas copitas de más tomadas en la pulpería del barrio, cuando de repente se me abalanzaron dos feroces canes por la espalda, me arrancaron tremendo pedazo de zapato los muy panchos.

Seguí el consejo del abuelo y agarré por el techo del cacho… Lo que sigue no se cuenta porque tremendo cabezazo me di contra el cajero de un banco, que ni siquiera me dio una alegría, no tenía ni un centavo. Llegué a casa a los ponchazos re caliente y con olor a sobaco.

El diez y el rey

García, Gonzalo

Todos los lunes, jugo de por medio, comentaban las anécdotas del fin de semana; como siempre Álvaro relataba el partido del domingo:

– Ayer jugué con el Diego, tiene la zurda intacta- comentaba con los ojos brillosos.

– Y Pelé jugaba para los contrarios, ¿no?- ironizaba José.

– Sí, si no era un afano. Diego me hacía acordar al ’86, se gambeteaba a todos y definía solo con el arco.

– ¡Álvaro!- gritaron desde el fondo-. Tomá los caramelos.

Cuando se hubo ido Pablo sentenció:

– Es un hipócrita

Por casualidad se encontraron el domingo siguiente Pablo y José y de soslayo vieron pasar como un tren a Álvaro. Lo siguieron para atraparlo en su mentira. Sin embargo, sus percepciones comenzaron a cambiar a medida que notaban que algunos guardias querían impedirles el paso; sortearon como pudieron todos los obstáculos y divisaron a lo lejos el verde césped. Con lágrimas en sus ojos distinguieron los rulos del 10 y la piel morena del rey.

– Fijate que Álvaro es un gigante al lado de esos dos.

Cuatro guardias vestidos de blanco los agarraron. José alcanzó a mirar las dos camisas que traían para ellos y le dijo a Pablo:

– Ha de ser importante el partido que nos traen camisa.

Ganadores y perdedores

Fridman, Alejandro

Nuestro equipo estaba nervioso porque jugábamos la final contra nuestro clásico rival. La charla de nuestro director técnico en el entretiempo había sido bastante dura debido a la expulsión de Aristóbulo. Aunque íbamos ganando uno a cero con gol tuyo, estábamos preocupados, o por lo menos yo, ya que no estábamos jugando bien. Tenemos la suerte de tener un arquero tan bueno como René y un enganche tan bueno como vos. Jugás excelente, tenés un futuro impresionante. No hay otra forma de sacarte la pelota que no sea haciéndote faltas. Sabíamos que el equipo rival estaba acumulando bronca y que no hacían otra cosa que pegar, pero no teníamos miedo. Tal vez yo sí temía que te pegaran, porque sos mi mejor amigo y siempre te pegan más que a nadie.

El árbitro pitó para que comience el segundo tiempo. Éste lo jugamos bastante bien. Enseguida nos metieron un gol. Nos retaste a los defensores porque el gol había sido por nuestra culpa. Nuestra estrategia básica era pasarte la pelota, ya que llegabas con mucha facilidad al gol. Llovía muy fuerte; el partido estaba uno a uno y se sentía la furia y la adrenalina en los veintiún jugadores. Diez minutos antes de que suspendan el partido, le hicieron una falta a Rogelio en el costado del área rival.

El director técnico me pidió que lo patee yo, pero para mandar el centro. Le hice caso y la pelota fue directo a tu cabeza. Llegaste a cabecear. Fue increíble, te marcaban tres jugadores y pudiste elevarte y meter el gol. Todos nos felicitaron. Me preocupé porque algunos jugadores del otro equipo se pusieron a hablar misteriosamente. Me imaginé que estarían acordando en pegarte a vos o a mí: no estaba seguro. Unas jugadas después, mientras llevabas la pelota, el jugador número cinco del otro equipo te pegó una patada de atrás en el tobillo. Lo expulsaron. Éramos diez contra diez. Yo te pregunté si te sentías bien. Me contestaste que no, pero que querías seguir jugando.

Nuevamente tuve que patear el tiro libre. Me salió exactamente igual al anterior. También te marcaban tres personas, pero esta vez, desgraciadamente no llegaste a cabecear ya que uno de ellos levantó la pierna y te pateó los testículos con los tapones. Caíste inmediatamente al suelo. Todo nuestro equipo, incluyendo al técnico, fuimos a ver cómo te encontrabas. Estabas desmayado y te salía mucha sangre de la pierna. Mientras tanto, los del otro equipo estaban riéndose en el centro del campo. René, Moisés, Jesús y otros más fueron a pegarles, pero los del otro equipo salieron corriendo. También nuestro técnico empezó a insultarse con el de ellos. El árbitro expulsó al número cinco y dio por suspendido al partido. Habíamos salido campeones, pero no pudimos festejar debido a esta tragedia. ¿Ahora recordás algo? Hipólito, contestá. ¡Hipólito por favor no nos hagas esto, contestá!

Norita hoy no…

Ferrara, Oscar

El viernes a la tarde Fernando llegó a Córdoba capital desde Río III. Se reunió con algunos compañeros de facultad, consiguió los apuntes que andaba buscando y lo llamó a Dany. Quedaron en encontrarse esa noche a cenar juntos en un coqueto restaurante del centro. Después de cenar pasaron la noche juntos. ¿Mentiras?

El sábado Fernando se levantó tarde, Dany ya se había ido, almorzó y estudió un rato, preparó la ropa que usaría esa noche en la cena de los rotarios. Anochecía cuando recibió el llamado, quedaron en una hora determinada para encontrarse y cortó. Aprovechó y llamó a su padre como siempre lo hacía, cuando este iba a algún congreso. Se pasaron las novedades y unas horas después salió hacía la reunión. ¿Mentiras?

Luego de cenar en el Rotary y sin esperar los postres decidieron regresar a Río III. Llegaron y fueron directamente a la casa del country. Entraron sigilosamente como pretendiendo que no los vieran o tratando de no despertar a nadie. ¿Mentiras?

Al día siguiente, la primera plana del periódico anunciaba la tragedia… ¡¡¡Mentiras son todas mentiras!!! Norita los llama… ¡Fernando, hijo, bajen a desayunar! Es una mañana fresca…

Sin título

Fernández Camelli, Lautaro

Y así fue como salimos campeones, yo era suplente ya que el director técnico no se daba cuenta de mis dotes futbolísticos. Pero yo todavía tenia la fe de entrar y cambiar el partido como lo había hecho varias veces en el potrero de la vuelta de mi casa.

Entonces vi como le pegaban una patada increíble al 9 de nuestro equipo y así tenía que salir del partido con una fractura expuesta del peroné. Entonces el técnico nombró mi nombre y con mucha ilusión y sacándome el buzo me acerqué a él, me dio instrucciones muy precisas de lo que tenía que hacer, y yo las acaté al instante.

La pelota se va al lateral y yo entro faltando cinco minutos y con el partido empatado. Entré corriendo como una gacela y con todo el ánimo de la hinchada que coreaba mi nombre al compás de un tamborín. Era un partido con muchas patadas, gritos y sobre todo mucho fútbol, estaban todos nerviosos, hasta los médicos que estaban atendiendo al 9.

Entonces me llegó la primera pelota, saqué un bombazo desde mi pierna izquierda que se estrelló en el travesaño al compás de un “uhhhh” que desprendía nuestra tribuna. Así pasaban los segundos y no podíamos hacer el gol.

Pero faltando unos segundos Fede, el capitán, desbordó por la derecha y tiró un centro increíble que yo rematé de chilena que se metió en el ángulo. Después de esto todo pasó en cámara lenta, los jugadores viniéndome a abrazar, los técnicos gritando con los suplentes y la hinchada y los rivales sufriendo la derrota.

Golazo y tragedia

Elkan, Federico

El partido entre River y Boca se desarrollaba con total normalidad en la cancha de Atlas, aquel soleado y fervoroso 10 de octubre. Las hinchadas no paraban de alentar, los papelitos ahogaban el césped y la pelota intentaba romper el cero en el marcador, pero los players no estaban inspirados.

El reloj marcaba los 30 minutos de la complementaria, cuando Carlitos Saúl tomó la pelota en mitad de la cancha, eludió a dos rivales, encaró al Goyco y se la picó con gran sutileza.

¡Golazo!, Menem lo hizo, le dio la ventaja a su amado Boca Juniors. Francescoli, DT Xeneixe, sumergió su alegría en un llanto de admiración por el Gran Carlos.

River no encontraba el rumbo, su eterno rival lo dominaba y de las tribunas azul y oro bajaba el “ooolee”. Pero en el minuto 44, un imprevisto trágico sucedió; Menem, “el crack”, se descompensó en el campo y murió. Dicen que fue por pecho frío.

¿¿¿Qué culpa tuvo el arquero???

Durante, Oscar Eduardo

La verdad no la puedo decir pero, ¿quién dijo que el arquero tuvo la culpa?; yo al menos no la ví, pero por lo que pude escuchar del relator, que estaba enfurecido pobre hombre, me lo podía imaginar… Entonces la cuestión es la siguiente: ¿Qué hago yo en la policía? ¿Será por mi espíritu de “metiche” que estoy acá? No cabe ninguna duda, es por eso.

El asunto fue así: al “Ñato” (arquero por naturaleza) lo veníamos “cargando” con los muchachos porque le hacían goles de toda clase y él, con mucho tesón y esfuerzo, había entrenado hasta con “personal trainer” (o que se yo como le llaman a esos muchachos “fibrosos” que corren todo el día) para mejorar su estilo y puesta a punto física.

Terminaba el entrenamiento y el “Ñato” se había atajado todo lo que le tiraban, arrojaban y volaba… si, así es, ¡¡volaba!! Resulta que el relator (de la radio local que transmite los partidos del club) había llevado al encargado del club (una persona “todo-terreno”, es decir, de múltiples cualidades) a que le corten las alas a su Tero. En un descuido el ave partió antes de que se lo corten y el “Ñato”, que era el último que quedaba en la cancha, lo abarajó al ave que iba a medio vuelo (entiéndase altura de la cintura más o menos…).

Tal fue el susto que se pegó el ave que suponen todos murió de un paro cardiaco… Ahora bien, pregunto de nuevo, ¿qué culpa tiene el arquero? Se le pedía que ataje y lo hizo pero no creo que iba a saber que los animales también mueren de paros cardiacos, eso al menos, no nos enseñaron en la escuela. Por ello tuve que venir a la policía a salir de testigo del “Ñato”, que para colmo tenía que aguantar las risas de los policías… ¡¡De veras créelo!!

Dedicado al gran ídolo Roberto “el Negro” Fontanarrosa.

El club de los sueños

Durante, Eduardo

Así es señores, el club tiene U$S 100.000.000 de ahorro por la venta de jugadores, el contrato con la TV por los partidos, la recaudación en las boleterías, la publicidad en la camiseta, solo por nombrar algunos ingresos importantes. Los empleados del club cobran en tiempo y forma como en cualquier lugar del primer mundo, la hinchada es la mejor de la Argentina, exigente pero los jugadores responden.

Tal es así que en Diciembre, en Japón, enfrentaremos al REAL MADRID, MILAN, CHELSEA en un cuadrangular a beneficio. Esto tiene un objeto encubierto por parte de estos clubes el cual es vengarse de las derrotas sufridas en los tres años anteriores cuando le ganamos por la copa del mundo. Pero como de costumbre volveremos a gritar: ¡¡¡Gool !!! ¡Vamos carajo! ¡Vamos todavía! Siii!!! ¡Aguante…! ¡¡¡RACING CLUB!!!

Dedicado a mi papá Oscar, hincha de Racing “realista”, que por lo menos lo vio salir campeón.

¡¡¡Argentina campeón!!!

Durante, Eduardo

Año 2014, Grondona desde su freezer ordena contratar y darles una chance a Menotti, Bilardo, Bielsa, Pekerman y Basile, todos juntos para que dirijan la Selección Argentina de Fútbol. Entre los “DTs” hacen un sorteo y resulta que sale Bielsa (Marcelo) para dirigir la final contra Inglaterra, y dispone el siguiente dibujo táctico:

En el arco: Nadie; de 4: MARADONA; de 5: RIQUELME; de tira centros: el PIOJO LOPEZ; y de 9: alguien que la emboque: MANU GINOBILLI.

Cansado de la táctica ofensiva de Bielsa (tirar centros, centros, centros) MARADONA se enoja y hace la jugada del “86”, pero esta vez la pelota dá en el palo, rebota en la pierna del PIOJO, la pifia un inglés y de atrás a una velocidad furiosa viene RIQUELME corriendo (si, corre). Pero se le anticipa otro jugador argentino y hace el gol, picando desde atrás de Riquelme: era la TORTUGA MANUELITA que jugaba de 2.

Más que odio

Domínguez, Gastón

Ballester y Muñiz se odian. Están frente a frente, en un potrero iluminado tenuemente. El calor de los cuerpos mitiga el frío. Se respiran muy cerca. La cosa se calienta al primer roce. Alguien pone una mano donde no debe y otro sale al cruce con el pecho.

Ballester, bien parado, busca profundidad. Aumentan las fricciones, chocan las piernas. Muñiz se acomoda bien y aguanta los embates. El “ida y vuelta” se torna frenético. Hay agitación. La transpiración recorre rostros compenetrados. Muñiz festeja primero, a contramano de la teoría. Ballester iguala, apenas unos segundos después.

Ahora, de espaldas al césped, consumado el final, advierten que se han mentido toda la vida. Al menos, los desnudos cuerpos extasiados de Víctor Ballester y Josefina Muñiz no parecen odiarse demasiado.