Las dos caras

Carlos Parisi

Bravo Maestro!!! Qué inteligente su discurso!!! Cuánto valor intrínseco en sus ideas!!! Al fin alguien sensato!!! Extraordinaria su teoría del bien común, no menos futurista que original, en un momento de nuestra historia especialmente delicado y con nosotros al borde del colapso. Nuestros plácemes por su inagotable fuente de sabios consejos con la ética como norte y el ejemplo como mascarón de proa.
Innecesario e inútil esfuerzo lingüístico el de este ignoto charlatán; su conferencia, una sarta de lugares comunes y un vacuo e insípido discurso. Basta de estos mercaderes del realismo mágico con falsa prosapia!!! Soluciones con base en esotéricas medidas de cambio, ya no más!!! Verdad y realismo!!!

Llamado

Carlos Parisi

¿Quién? ¿Del espíritu de Romeo? ¿Que no recibió el mail y me creyó muerta…? ¿me aguardaba en el cielo? Es que pasaron 8 años y tengo 4 hijos… no, no recibí ningún correo.

Ansioso

Carlos Parisi

Esperá que me despierte, le dije. ¡Ni se acordó el apurado! Y bue… me caso con el Conde nomás. Voy y le llevo este cuchillo, con cuidado de no tropezaaaaghh.

Sin título

Carlos Parisi

Dicen que fue el primer auditor. Todo listo en la guillotina. Una y otra vez intentaron pero el mecanismo no alcanzaba a cumplir su cometido. Comenzó a ofuscarse al tiempo que, aún teniendo sus manos atadas en la espalda, logró poner su cabeza de costado y ver un nudo que no permitía el deslizamiento de la soga. No pudo con su natural tendencia a estar en todo: avisó del nudo y esperó satisfecho que, ahora sí, funcionara.

Delirio

Parisi, Carlos

¿Dónde debo dejar, delicada dama, desgajados días de dulces desatinos?
¿Dónde descerrajarme dolorosas dosis de diurnos divagues?
Déjeme disponer discretamente del duelo… ¿dije duelo?
¡Dios!!! Difícil diluir dimensión del dicterio.
Diezmada dicha, desisto de dedicarte devaneos desleales, de desplegar dichos disonantes, de dispararte duras diatribas…
Devoto distribuidor de disimuladas disculpas, diplomado detractor diletante, dechado de desafiantes deshonores, dejaré de discurrir drásticos dramas, de disfrazar deshilvanados dilemas.
Dormiré… dormiré… dormiré… definitivamente.

Sones

Parisi, Carlos

El Abad tiene muy claro cuáles son las limitaciones que le impone su estado. También sabe cuál es la que más le cuesta sostener: amar… Cual animal que acude al llamado de la naturaleza, siente que vuela por los aires con las alas desplegadas cada vez que la ve. Ella, que sabe de ese oculto amor, no deja de hacerle notar sus senos cuando visita la Abadía. Seria, la dama juega al gato y al ratón con el de toga de satén, que sólo atina a mostrar una fingida risa, mientras -despierto- sueña que esa zorra lo atrapa y lo hace suyo. Cuando vuelve en sí, se resigna a que sólo los laicos puedan asir el amor carnal y que, por su condición religiosa, no debe oir los sones del deseo si no quiere terminar por odiar su ministerio. Así sea.

Antes

Parisi, Carlos

Antes hastiado, harto (acá hago aclaración: hastiado, harto, acostumbrado a acumular, a acaparar).

Adrede abandoné ambiciones, agregué ánimo, aspiraciones agradables, antepuse agradecimiento a antipatía, afabilidad a agresiones, apechugué ataques, abracé abnegación, aboné amistades, acerté acciones, adoctriné almas.

Admito haber actuado agriamente. Ahora, aliviado, ahuyento actitudes aberrantes, alimento algarabías, algazaras, amortiguo amarguras… antítesis.

Apaciblemente -apoltronado, apaciguando arcanas asfixias amorales- aparto agravios, admiro alboradas, atardeceres, almaceno almanaques, alterno amores, amortizo años.

Ansío aquiescencia.

La máscara

Parisi, Carlos

La máscara mostraba un gesto casi tan terrible como el de su propio rostro. Ese que tanto ocultaba de las miradas ajenas. Nadie notó que esa noche no la llevaba puesta.

El carnaval suele permitir ser otro por unos días; él, en cambio, lo esperaba para ser él mismo.

La mañana del milagro

Parisi, Carlos

Pese al esfuerzo, las ganas, a ser el primero en llegar, casi siempre se quedaba afuera.

Hasta él se daba cuenta… igual, no quería aflojar.

El fútbol era lo que más le gustaba pero…no había caso. No lo ponían en el equipo. A veces entraba y se daba cuenta… tenían razón.

Su sueño futbolero vino con él a la gran ciudad. Llegaba con su familia a empezar de nuevo y los ojos no le alcanzaban para abarcar todo lo que tenían delante.

Su asombro no le impidió decir ¡yo juego! cuando en la clase se armó el equipo para el partido del sábado.

Nada había cambiado… esfuerzo, ganas, llegar primero al patio de baldosones y la triste realidad.

Quedó afuera del equipo para jugar el campeonato. ¡Cuánto lloró por eso…!

Tanto, que alguien compadecido logró anotarlo al final de la lista.

Primer partido, fin del primer tiempo, cero a cero. Entrá, le dijeron, el Gordo no da más.

Nunca supo por qué ni cómo. Lo real es que, de repente, ese pibito de físico escueto y voluntad inquebrantable, que apenas si le pegaba de punta a la pelota, sin que nadie -ni él mismo- lo imaginara, hizo los cuatro goles con los que ganaron.

¡No te saca nadie del equipo! Le dijeron sus compañeros.

Decir que fue goleador, que fue el mejor jugador del campeonato, de los que siguieron y del seleccionado intercolegial hasta que terminó la secundaria, por ahí suena a cuento.

Es más, si yo no creyera en milagros y no hubiera sido aquel pibito, me sonaría a cuento.

El combate que no se definió por las armas

Parisi, Carlos

El relato oficial refiere un combate cuerpo a cuerpo, un jefe atrapado bajo su caballo, un soldado que lo rescata y heroicamente entrega su vida, y la victoria de las huestes criollas.

Hay quienes cuentan otra historia.

Los que vienen en busca de aprovisionamiento no imaginan resistencia; los que están esperando sólo quieren probar sus caballos y sables.

Las interminables escaramuzas entre los contendores no permiten dirimir la suerte del combate. Al cabo de las horas, los dos líderes deciden ahorrarse bajas y parlamentan. Las armas no decidirán la victoria.

Dos bayonetas clavadas en el campo sirven de meta; el útil es un cuero atado con tientos con forma de bala de cañón.

El primero que impulsa -débilmente- el cuero, es el rollizo comandante de los hambrientos rojos. Parado entre las dos bayonetas, el audaz jefe de los celestes no tiene dificultades para recibirlo en sus manos.

Cuando los roles cambian, el líder celeste define la cuestión con un ajustado lanzamiento que entra cerca de la bayoneta derecha.

Hubo honor en la derrota y humildad en la victoria. Los rojos se vuelven a sus barcos con algunas raciones de charque y los celestes suman una buena cantidad de espadas a su armamento.

El cuero atado con tientos (del que nunca se daría noticia) quedó en poder del certero ejecutor. Fue, junto a un sable corvo, su mayor tesoro.