Sin título

Claudio Bellouh Ardoy

Al salir de la cama se torció un tobillo. En la ducha se resbaló y golpeó la rodilla. Al abrir su negocio (una librería), se cayó la cortina, rompiéndose un vidrio. Por la mañana no se presentó ningún cliente. Al mediodía, entró un chiquillo que curioseó un rato y de repente salió corriendo con un Cortázar. Se puso a pensar en la mala suerte que lo acompañaba. La yeta es un misterio. Es un fenómeno inexplicable; todo es ilógico, vaguedad y absurdo. Pero cuando te asocian a ella, es muy incómodo. Terminando el día, sin haber vendido un solo libro, entró un joven, lo encañonó con un arma y le exigió el dinero, como no lo había, tiro varios volúmenes al suelo y arrojó un fósforo sobre ellos. No encendió. Pensó: “soy un tipo de suerte”.

Sin título

Bellouh Ardoy, Claudio

¡Vaya con el guitarrero! Orejudo y fulero. Popeye se pregunta ¿No hay nada para comer? No condice rodilla tan pelada para tipo tan peludo, pero… Que se le va hacer. Zapatillas modernosas, no le hacen a la cosa. El chiquitín asombrado seguramente barrunta: ¿Y los demás de la banda? Ya que éste, solo, espanta. Según el reloj de campanillas es mediodía o medianoche. Busca el osote que la alegría prenda su broche. A la música está dispuesto a darle y aunque el colectivo se lo lleve “puesto”, no conseguirá sacarle.

Dime Dios

Bellouh Ardoy, Claudio

Deambula diariamente el desdichado, doblegado por dilemas demoníacos. Delirio de díscolo desquicio. Desatinadamente deja devoción Divina. Desoye disciplina. Devienen desmanes y dolores. ¡Dios, demuestra tu Derecho Divino! Destruye dependencia diabólica. Domina, dejando doquier dadivoso Don deificado.

Sin título

Bellouh Ardoy, Claudio

Allá por 1944 nace en Rosario un “Negro”, lo que no es raro porque por allí todos son negros. Este “Negro” tuvo muchos hijos, lo que tampoco es raro, porque los negros suelen ser muy prolíficos. Lo que sí es raro es que todos sus hijos resultaran famosos y queridos. Pero él debía mejorar a sus hijos. ¿Cómo hacer? Para que: Boogie, el aceitoso, deje de asesinar y golpear mujeres; Inodoro Pereyra, El Renegau, tome un baño; la Eulogia Tapia, empiece un régimen; Nabucodonosor deje de filosofar; los loros dejen sus chanzas, el Escorpión Resolana deje de atormentar a Inodoro; y lo más grave. ¿Cómo hacer para que Mendieta, séptimo hijo varón nacido una noche de luna llena, convertido por un inoportuno eclipse de luna en “cristiano emperrado” con la facultad de hablar, no sea el personaje más maravilloso surgido de un lápiz, con máximas y verdades que se corresponden con la realidad más cruda, desde la comicidad?

Padre

Bellouh Ardoy, Claudio

Cualquier hombre puede ser padre. Pero no todo padre es hombre. Bastan algunos tragos de ginebra para que cualquiera que presuma de hombre, con dos cachetadas convierta a una mujer en madre. Eso no lo hace padre. Tampoco aquél que sacia sus apetitos sexuales y nada más. Un padre es aquél que siembra con amor la semilla y el fruto obtenido se convierte en objeto de su devoción. Un padre se demuestra en las madrugadas heladas, cuando se dirige a su trabajo. En esas tardes tórridas, cuando se le pega la camisa a la piel y sigue caminando en busca del sustento para los suyos. Ser padre es simplemente predicar con el ejemplo y ser símbolo de probidad.

Al amanecer

Bellouh Ardoy, Claudio

Al amanecer, ávido de aromas, ansío atrapar ese amor que allí asoma; amor arrogante, artero, arrollador, que astutamente alberga un alma artera. Ahuyento albures agoreros, alimento mi ánimo con ágiles astucias, acicalo mi atuendo, alguna artimaña asimilo, ardo por asumir aquello que anhelo, aún así, agrupando alocados artificios, no alcanzo agudeza alguna; alelado, aturdido, atónito, acampo asumiendo el amor ausente.

Vino con historia

Bellouh Ardoy, Claudio

La hermosa tierra entregó la uva. Murió ésta exprimida para dar paso a la paciencia y laboriosidad de aquél que con sus desvelos, madera y frutos, satisfacía la cava. Nació la magia del color, aroma y sabor, luego vendrían textura, crianza y redondez.

La historia de la colonización en nuestro país, estuvo fuertemente ligada a la vitivinicultura. En 1556 el fraile mercedario Juan Cidrón, plantó estacas de vid en la zona de Santiago del Estero traídas de la Capitanía de Chile. Poco después, Pedro del Castillo y Juan Jufré, llevaron viñas de Santiago del Estero, a Mendoza y San Juan respectivamente. En 1850 el agrónomo francés Jean Pouget introdujo variedades de su país que agregaron calidad a los vinos existentes. Posteriormente, inmigrantes italianos, portugueses y españoles dieron los primeros pasos para la industrialización de la actividad, hasta el momento artesanal.

Luchó el bodeguero por la calidad de su producto. Debió complacer a los amantes del rojo sangre, los liláceos o rubios. A los que preferían en desmedro de la complejidad del proceso de envejecimiento, aquellos en su temprana juventud o los aromas dulces. En definitiva, tuvo que descubrir las expresiones subjetivas u objetivas de la cata.

Vino

Bellouh Ardoy, Claudio

Vino. Exquisito, intenso, exótico, generoso, aterciopelado, armonioso, elegante, vigoroso, noble, potente, expresivo, inquieto, amable, carnoso o cualquier otro adjetivo que se le quiera adjudicar, pero jamás será “rico” o simplemente “bueno”. Su identidad no lo permite. Baco lo entronó como el delirio místico.

Vino, que sabe bohemia, silencios y amarguras, de arrastrar penurias, de amores contrariados y olvidos. De comilonas y saturnales, Culpable de familias desgarradas, locuras incontrolables, sueños envilecidos. Fácil de tomar, difícil de abandonar. Se le puede aplicar lo que dijo el poeta sobre el tango: “me hiciste mal y sin embargo te quiero”.

No es vital para la salud, ni necesario para la felicidad del hombre, pero sabe de poesía, de alegrar mesa de amigos y batallar la soledad.

Cuando comienza la danza, los sentidos se aprestan. El oído al descorche y al gorgoteo sobre la copa, que la mano acaricia disfrutando su textura. Se achican las pupilas para penetrar el color, se dilatan las aletas de la nariz para cumplir su cometido y el paladar ansioso, termina la función.

¡Por fin has llegado!

Bellouh Ardoy, Claudio

Tuviste todo un año para reponerte. Porque eres el más criticado. El más culpado. Nadie entiende tu belleza, tu bondad, tu misión. Vienes a componer. A armonizar. Tus compañeros de ruta son bienvenidos a su llegada. Algunos hasta son homenajeados. Pero tu… Siempre olvidado y vilipendiado. ¿Porqué dulce Otoño, eres tan maltratado? ¿Porqué el verano es considerado el rey, la primavera la reina y el invierno elegido por aquellos que no aman lo tórrido? Tú tienes el encanto de la sutileza. Con maestría inigualable vas transformando con suaves brisas la atmósfera irrespirable. Imprimes colores que jamás lograrán la primavera que todo lo hace brotar, ni el verano que todo lo hace estallar o el invierno que engaza el blanco con todo lo que tiene a mano.

Tú tienes la sensibilidad de Van Gogh, muestras como nadie belleza y miseria, como Modigliani interpretas luces y sombras, logras la profundidad de Brunelleschi. Exploras colores jamás imaginados llevando a la cima los pigmentos del pastel. La primavera envuelve todo en un halo de romanticismo, tú, desde la ingrata tarea de llevarte verdes campos, la animación de las flores y el ropaje de los árboles, imprimes el atractivo de la melancolía.

El verano todo lo arrolla y aplasta, tu vienes a compaginar el desborde. Lo tenue, la mesura es lo tuyo. Quizás el año próximo seas recibido como te mereces, hasta entonces, aunque yo solo te alabe, bienvenido Otoño. ¡Por fin has llegado!