Los cinco Dioses

Logambino, Cristian

Y se reunieron, entonces, los Dioses del quinto cielo a definir las plegarias de los súbditos. Entre copas y risas alguien sugirió: “¡Definamos y acabemos con la risa del que miente!”. Siete versos sin sentido, hasta que el octavo acabó con las risas y volcó insulso el sabor del licor: Será, así, un mundo de verdades inobjetables, con calamidades que multiplican el tamaño de una mentira.

Entonces se puso de pie, asediado, el cuarto Dios, y con los ojos mojados (diremos, luego, hinchados) exclamó: “Dejad de levantar impune el grito de los hijos del Señor, pues Él los creó libres de elegir el camino, y ellos serán libres de escoger su muerte…”

Uno a uno se levantaron los Dioses y dejaron la habitación vacía. Aceptaron resignados. La mentira seguirá latente, y el juez del planeta será, sin pena ni gloria, un artífice más de las mentiras dentro y fuera del campo.

El único descendiente

Logambino, Cristian

30 de Octubre de 1960. Cuentan los que allí estuvieron que aquel día el cielo se abrió, y dejó entrever un rayo de sol a media noche. Allí estaba, luego de tantos vaivenes, de tantas aventuras, de tantos golpes y goles, la Madre de todos los balones. Entre sábanas rotas y de cama un colchón añejo, dejaba el grito en el cielo de un dolor casi atroz. Las lágrimas eran insostenibles. El escozor aún más.

Fue entonces cuando el de atuendo blanco decidió, bisturí en mano, emplear cesárea. El alivio fue inmediato, y más aún cuando aquel niño le sonrió. Era el único descendiente de una camada innumerable de balones de ese entonces.

– ¿Ha decidido, Madre de todos los balones, el nombre de su único y más predilecto descendiente?

– Si- contestó emocionada-. Lo llamaremos Diego, como su padre. Diego Armando.