Impedimentos

Hidalgo, Leandro

Los grandes peces multicolores que aparecieron en bikini sobre la arena, no nos dejaban ver a las muchachas que nadaban desnudas tan cerca de la costa.

Aviso de robo

Elphick, Lilian

Mi silencio ha sido robado.
La persona que lo encuentre, trátelo con cariño.
No le grite, que se asusta.
No lo maree con palabras inútiles.
Una vez que el silencio se haya acostumbrado, favor de clavarle el puñal bien adentro, en el centro de su total indiferencia.
Deje los restos en la calle.
No faltará quien se los lleve.

De terror

Cabrera, Rubén Faustino

– Estoy asustado, Lucas -me dijo el abuelo-. ¡Escucho voces, gritos, ruidos, sonidos extraños, murmullos! ¡Todo el tiempo!
– Y claro, abuelo -le contesté-. ¡Desde que te colocaste los audífonos!

Amor

Baldessari, Adriana

Una noche decidió contarle la historia de las cicatrices de su cuerpo pero sus besos las borraron.

Herencia morbosa

Rocca, Roberto

Cuando el Dr, Frankestein falleció, se hizo presente el monstruo, que pretendía su parte en la herencia.
-Dejad que me encargue del asunto -dijo la hija mayor- con dulzura y paciencia lo haré desistir.
Le llevó casi un año lograrlo, pero se lo agradecieron hasta el día de su muerte.
Después del entierro apareció el monstruito, para reclamar su parte.

Cincuenta Cuentos Mínimos.Editorial Tiempo Sur.

Nuestra ama

Gonz, Pablo

Es la de los días de lluvia, la que nos deja pasar al domo y nos alimenta con grasa de hurming, la que lustra su casco de oro y zurce sus grebas de piel, la que afila sonriendo sus armas y sus dientes. Pero ella es también la de los días de sol, la que corre, horrísona, por los bosques escarchados.

La saliva del tigre.20:13 Editores.

Falso adiós

Gardella, Martín

El plan era perfecto. La botella no tenía veneno, ni la daga filo. No habría autopsias ni largas ceremonias funerarias, sólo algunas lágrimas de padres tristes, mezcladas con una extraña sensación de alivio. Saldrían del sepulcro a la medianoche para encontrarse, sonrientes, en las puertas de Verona. ¡Basta de citas en balcones o de estúpidas peleas callejeras! El amor debía triunfar, por encima de todo. Pero ni siquiera el más triste de los sueños eternos de Julieta hubiera imaginado un final tan sorprendente: la carrera enamorada de Romeo hasta Venecia, tomado de la mano del joven Mercucio.

Instantáneas.Andrómeda.

Tabaré, el guerrero

Resala, Graciela

– ¡Que lo parió! ¡Este tipo enloqueció!-, gritó mientras lo escuchaba en la tele.
– ¿De quién hablás?-, preguntó él desde la cocina.
– Escuchalo, vení y escuchalo…
– ¿Una guerra? Pero, ¿de qué habla?
– Y ahora, me querés decir ¿qué hago yo?-, preguntó ella mientras se agolpaban en su memoria todos los años vividos de uno y otro lado del charco.
– ¿Qué decís? ¡Pero dejate de joder, querés!
– ¿No entendés? Esto es muy serio. Estoy enfrentada a un dilema existencial.
– ¿Qué? Decime, por favor, que no estás hablando en serio.
– Lo miró fijo e insistió: ¿Vos que opinás? ¿Qué me conviene hacer? ¿Me vuelvo y ataco o me quedo y defiendo?
El la miró atónito. Ella comenzó a reír a carcajadas.

Prospecto

Hidalgo, Paloma

Guía breve del funcionamiento de una madre:
Dispensa amor veinticuatro horas, consuela, alimenta, enseña a caminar, babea, sonríe aunque caiga el diluvio universal, viste muñecos, hace trenzas, mide la fiebre con un beso en la frente, hace malabares con las naranjas y con la cuenta del banco, escucha, corrige, alienta, cuenta cuentos y vuela cometas, hace castillos de arena, tartas de chocolate, dice no. Espanta miedos, dice sí, y cree en ti. Para que no se estropee, demuéstrala que te sientes orgulloso de que sea tu madre.

Lágrimas

Musso, Liliana

Desde el pequeño espacio él la observaba a diario.
Sabia de sus desvelos y preocupación. Esos momentos eran solo para él, y aunque no sabía cómo, estas emociones le regalaban vida.
La magia se rompía al llegar sus “amores”, como ella los llamaba. Los pequeños y sus berrinches, tiraban por tierra el trabajo de la mujer, nada los satisfacía. La percibía ponerse triste y solitaria.
La palabra mamá fue su reino, y su castillo las caricias que ella cada tanto le otorgaba. Al quedase solo, las lágrimas invadían su pequeño cuerpo de peluche.