Vino blanco

Pok, Cynthia

Todos los años sabía cuándo había llegado el verano porque le empezaba a gustar el vino blanco, que no le gustaba. Probaba en una ocasión cualquiera, -claro, nunca en invierno- y ahí le echaba dos cubos de hielo, aunque sabía que no se debía, y saboreaba lentamente el líquido ámbar, frío, resbaloso, en la sombra fresca del patio recalentado.
Usaba un vaso alto, como de refresco, y dejaba un poco de espacio como para echarle soda, que al final nunca le echaba. Solo el vino frío, los cubos helados. Se lo tomaba de a poco, de a sorbos lentos. Mojaba la lengua en el círculo ámbar, la metía bajo los labios y se la pasaba por los dientes.
Sabía que para cuando el vaso estuviera vacío ya Garcés habría estacionado la camioneta en el fondo y ya casi se habría esparcido la polvareda que las cubiertas despegaran del camino de tierra. Garcés pediría permiso para pasar a lavarse las manos. Ella le haría el gesto de siempre, y con otra cubetera en la mano, le ofrecería algo fresco. –Gaseosa, si tiene, muchas gracias. –Gaseosa no me queda, pero le pongo vino con soda, está bien? Le sirve, primero los cubos de hielo, después el vino blanco, llenando el vaso de refresco. Por último el chorrito de soda, ruidoso, breve, que remueve la bebida.
El hombre se bebe el vaso entero, como si fuera de verdad refresco. Agradece y se va para el galpón para buscar las cajas para cargar en la camioneta. Ella se va al patio a sacar la ropa de la pileta. Saca las prendas mojadas, las retuerce y las lleva, de a una, a colgar en la soga que cruza el patio frente al galpón. Cada vez que camina los veinte pasos desde la pileta a la soga, apunta con su cuerpo entero al hachazo de luz que se mete por la puerta de chapa del galpón, y, en el medio, a la espalda sudada de Garcés que está apilando las cajas.
Con las cajas cargadas en la camioneta, el hombre se despide. No seco y duro como a la llegada, más bien con las orejas de un color rojizo que no tenía al llegar y arrastrando un poco la lengua.
–Saludos a Don Roque. Avísele que ya llevo para las dos obras. Que hasta la semana que viene con esto estamos bien.
Ella toma aire fuerte mientras echa otros dos cubos de hielo en el vaso. Saluda a Garcés con la cabeza de lado, sonriendo a medias, apoyada contra el canto de la mesada. Huele la camisa empapada. Se queda ahí, lamiendo el chorro blanco que se escurre entre los hielos hasta que escucha el motor de la camioneta. Garcés arranca y sale al camino de tierra, saludando con la mano sin girar la cabeza y llega al final de la subida en medio de una nube de polvo que el viento le mete hasta la cocina cuando el hielo se golpea contra el labio de la mujer que ha llegado al fondo del vaso de refresco.
Saca otra cubetera, toma otro vaso y lo encastra en el suyo. Con la botella de vino blanco bajo el brazo se va al dormitorio, se tira en la cama de espaldas y se dispone a esperar el ruido del motor del auto que le anuncie, como todos los días de su vida, la llegada de Roque que celebra siempre el cálido recibimiento de su mujercita, que ya no extraña ni a su madre ni a su pueblo y que en el verano, a la siesta, es una fiera.