Decisión

Daniel Vilá

– Hola, te llamo para despedirme.
– ¿De verdad estás decidido a irte?
– Si, no aguanto más. Estoy harto de vivir enfundado en un traje asfixiante, de circular siempre por las mismas calles, de bambolearme al ritmo de una música tonta. Quiero sacarme la careta.
– No va a ser fácil.
– Ya lo sé, y lo siento por los pibes, ellos me tomaron mucho cariño.
– Yo también te voy a extrañar.
– Te vas a consolar con ese boludo que de verdad se cree un superhéroe.
– Pensalo bien.
– Ya está Mafalda, mandale un abrazo a Picachu y a Barnie. Yo no vuelvo más a laburar al trencito de la alegría.

La fogarata

Vilá, Daniel

Mañana es San Pedro y San Pablo y en la calle Tellier no hay una sola rama. Sin embargo, las cosas parecían claras aquel día en que sellamos el pacto mientras nos atragantábamos con batatas asadas en el campito que está a la vuelta de la placita. Es que la fogarata tenía que arder costara lo que costara. Aunque la vieja del gordo Abel armara quilombo porque la guardia se prolongaba hasta la madrugada, o Pancho tuviera que esperar a que se apagaran las luces de su casa para entrar haciéndose el boludo tras haber cumplido su deber de custodiar la madera seca. No hace falta que me lo digan, ya sé que la vida es mentirosa y juega con trampa, pero habíamos jurado alimentar las llamas y no cumplimos con nuestra promesa. Nos dejamos afanar de nuevo y esta vez no podemos echarle la culpa a los de la calle Tonelero porque esos se mudaron hace rato. ¿Qué hicimos con nuestras ilusiones? ¿Por qué dejamos que se convirtieran en cenizas?

Dipa

Vilá, Daniel

“¿Qué está pasando viejo?”, preguntaba el milico en voz alta buscando alguna explicación de su compañero. Pero el otro miraba para cualquier lado, se hacía el sota, trataba de no pensar en esa pesadilla que los acosaba. Hacía apenas una semana habían entrado a patadas en la casa de la mitad de cuadra y se habían llevado a dos hombres y dos mujeres, ahora a pocos metros, otro allanamiento: dos masculinos presos, algunos libros, periódicos, lo de siempre. Los canas laburaban en la Dirección de Investigaciones Políticas Antidemocráticas, DIPA como la llamaba todo el mundo, y no podían entender la razón por la cual en ese puto barrio los bolches aparecían hasta debajo de las macetas. Caían cinco y otros cinco tomaban la posta. Al día siguiente, volanteadas contra el Conintes, actos relámpago. Como si no hubiera pasado nada, como si no les importara que, en menos de un mes, cien de sus vecinos hubieran ido a parar a nada confortables calabozos. Pero lo que más bronca les daba a los de azul era esa leyenda desafiante multiplicada en cien paredes y pintada por manos cada día más jóvenes: “En Liniers DIPA se romperá los dientes”.