Aquel dolor

Beláustegui, Diana

Le dije a mi hermana que me tomaría unos minutos ir al baño y volver. Ella protestó. Salí en silencio de la sala de teatro y cuando doblé en el corredor cinco hombres me detuvieron, interrogaron, revisaron y sentenciaron en el tiempo que me hubiese llevado regresar a mi butaca.
No volví a ver a quienes me amaron.
Por un tiempo corto conocí otras vidas también devastadas, y viví sus tormentos y muertes, como otros la mía. Sé que me buscaron y lloraron mi ausencia, aún siento la melancolía que causa mi cama vacía, el frío en la silla que no volvieron a ocupar, mi presencia en sus almas.
Todavía me duele aquel dolor.
No lo olvido.
No lo olviden.

Cántale tu canción de vida

Beláustegui, Diana

Cántale tu aventura guerrera, cuéntale de tus días tristes, narra tus horas alegres, suspírale al oído tus segundos dichosos. Sé auténtico.
Y una vez disueltos los temores, odios y sinsabores, déjalo salir.
Concédele la libertad, que la sombra furibunda de tu pasado no contamine el derrotero a seguir.
Emerge. Raspa con limón las asperezas, desángrate hasta volver a sentir.
Libéralo y sé libre.
Libéralo y vuelve a vivir.

El regreso

Beláustegui, Diana

No esperó a que la lágrima saltara por la pestaña, antes se zambulló en las sombras.
Logró escuchar el suspiro, palpó su esencia por entre las tinieblas, lo agarró de las piernas y lo trajo de vuelta.
-Mío- le gritó a la cara cuando se sintió perseguida y divisó la guadaña.
La voz tronó y su rugido la trizó por completo, ¡nadie le quitaría lo que su vida y anhelo habían fraguado en carne!
Se dio media vuelta y regresó apretándolo en el pecho.
El neonatólogo suspiró rendido: la ciencia se le hacía agua en las manos y el corazoncito se negaba a latir. Giro adolorido para anunciar la noticia cuando el llanto iluminó el habitáculo.
La parturienta sonrió cansada, el camino de regreso la había dejado exhausta.

Maldición

Beláustegui, Diana

Aquella tarde la vio venir, con su pollera colorida y larga, y su cabello rubio trenzado, no se pudo resistir, atacó a la gitanita, la llevó donde nadie la escuchó gritar y durante un momento la hizo suya. En un intento por defenderse, la niña le arañó la espalda, dejándole gruesas marcas rojizas y antes de caer en un sueño permanente aulló: “dejé mi ponzoña en tu cuerpo, mi cuerpo volverá en él y nunca más podrás vivir en paz”.
Al día siguiente, de la herida comenzaron a aparecer extraños apéndices. Con el tiempo pudo comprobar, con horror, que pequeños brazos y pies emergían de la espalda, abriéndole la carne. Cuando la cabeza surgió al quinto día, nunca paró de gritarle “Asesino”.