Vale todo

Huberman, Diego

Abstraído en el escote de la señorita, estaba dispuesto a claudicar, o acaso, a ceder unos pasos en la ortodoxia ante la menor señal de victoria.

Vale todo, pensó, y permitió que ella eligiera el vino.

Vale todo, pensó ella, y repitió frente al mozo un nombre de propaganda.

Frente a la botella, él contuvo el gesto de connoisseur para no incomodarla, pero sobre todo para no cancelar la magia.

Vale todo, pensó, y comenzó a servir eso en las copas como si se estuviera inmolando.

Vale todo, pensó ella, mientras se delataba coqueteando con la soda.

A la mañana, mientras desayunaban, él confesó: detesto el vino blanco.

Yo nunca tomo vino, dijo ella, apagando la hornalla.

Se casaron en verano.

El episodio fue olvidado.

Tetragenarios

Huberman, Diego

En apenas dos horas ya estaban ahí.

Cinco señores, cruzados del tenedor, místicos de la olla, repitiendo a Arlt.

Persiguiendo vides daban comienzo a una fiesta irreparable. Se es joven mientras la edad es menor que el calzado. Se avecinaban cuatro días convertidos, entre otras cosas, en una farmacia de ideas, con remedios para todo tipo de pensamientos.

Al mediodía tuvo lugar la ceremonia principal. Luego de una puerta bastante disimulada accedieron a un subsuelo, recorriendo una escalera que descendía hasta el cielo.

La cava. Los toneles.

En medio de esa atmósfera de acuario, diría Arlt otra vez, la mesa, las cepas, las risas, las estibas, las copas y la felicidad.

Sin mapa llegaron al pie de Los Andes a blandir con gallardía el decantador, a ejercer la defensa del roble, encomendados a la viña, disponiendo solamente de un tirabuzón.

Todo fue así y de verdad.

El último día comprendieron que se corre peligro de muerte cuando la edad es mayor que el peso. Estaban a salvo, y en apenas dos horas ya estaban aquí.

Así festejaron sus cuarenta años.