Allá lejos…

Consalvo, Eddie

Hace mucho tiempo, exactamente en 1932, en el segundo año del profesionalismo, en la cancha de River Plate, de Avenida Alvear y Tagle, jugaron por el campeonato, el local, con aquel equipazo integrado por Alberto Cuello, el Juanca Iribarren, Carlos Barullo Peucelle, Carlos Santamaría, el Mulero Pedro Lago y la fiera Bernabé Ferreyra, contra el Estudiantes de La Plata con la inolvidable delantera de Los Profesores -Lauri, Scopelli, Zozaya, Nolo Ferreira y Guaita-.

El partido lo venía ganando River por 2-1. Cuando faltando pocos minutos para terminar el primer tiempo, Alberto Zozaya con impecable derechazo estrelló la pelota en el travesaño, Juan Poggi, el arquero de River, se quedó paralizado en la línea de gol. El estruendo del impacto contra el madero –entonces los arcos eran de madera- pareció aterrarlo. La pelota cayó, rebotó adentro del arco. Allí el guardavalla, tardíamente, embolsó el balón. El referí, un tal Vicente De Angelis, hizo señas que prosiguiera el juego, como si nada hubiera pasado.

Los once jugadores de Estudiantes se le fueron encima, el tumulto fue grande. Los hombres de River pretendían seguir jugando y los de La Plata reclamaban la convalidación del gol. Juan Poggi, con cara de angelito, mostraba la pelota entre sus manos como si eso fuera un testimonio inapelable.

De la tribuna llovieron proyectiles y De Angelis, acosado, dio por terminado el período, esperando que el intervalo arrimara mágicamente la calma. De todas maneras se fueron al vestuario con el resultado 2-1 a favor del equipo riverplatense.

Algo pasó durante el descanso. Discusiones, presiones, amenazas. Lo cierto es que al regresar al campo de juego el árbitro informó que el partido estaba empatado en dos tantos.

Un hincha de atrás del alambrado le gritó al arquero de River:

– ¡Che, Poggi!… ¿Cuándo te hicieron el segundo gol que no lo vi?

– ¡Y como lo vas a ver si me lo hicieron en la casilla!… – respondió con bronca el arquero.

Por entonces casilla, porque era una casilla, se le decía al vestuario.

A consecuencia de ese incidente los clubes -Riverplatenses y Pincharratas- rompieron relaciones.

Vicente De Angelis era un joven árbitro, había dirigido siete partidos de Primera División con aceptable corrección, el de River Plate-Estudiantes de La Plata fue el octavo, y el último. Resultó sancionado a perpetuidad.

“La culpa la tuvo ese idiota de Poggi -dicen que argumentaba el ex árbitro-. ¡Qué se tenía que meter a agarrar una pelota que no le correspondía!”.

Capote

Consalvo, Eddie

¿Adonde va la gente…?

A ver a Don Vicente…

La gente se mata

por ver a De la Mata

Hizo las inferiores en las huestes de los charruas rosarinos y con 17 años llegó a primera, jugó solo dos partidos y tuvo el honor de alistarse al lado del genial Gabino Sosa. Solamente con ese antecedente y su porfiada capacidad de gambeteador fue convocado para integrar la selección nacional para el torneo Sudamericano de 1937. En el partido final Argentina empató 0-0 con Brasil y en el equipo Nacional decidieron que para el alargue entrara en reemplazo de Pancho Varallo, el goleador de Boca que andaba con una rodilla bastante estrolada. Fue milagroso, Vicente de la Mata se hizo un festín con los brazucas, los mareó con su endemoniada habilidad y en pocos minutos convirtió dos goles. Argentina ganó 2-0 y se consagró campeón Sudamericano. Esa memorable actuación no pasó inadvertida e Independiente de Avellaneda lo adquirió a Central Córdoba de Rosario en treinta mil pesos. Con ese dinero el club de Gabino solucionó sus angustiantes problemas económicos.

Junto a Maril, Erico, Sastre y Zorrilla integraron una delantera inolvidable y fue campeón con Independiente 1938, 1939 y 1948; con la selección ganó el torneo Sudamericano del ’37, como queda dicho, y los de 1945 y 1946. Jugó para los Diablos Rojos hasta 1950 un total de 382 partidos y convirtió 152 goles.

Volvió a su Rosario natal y se incorporó a Newell’s Old Boys. Tenía intacta su capacidad para el dribling, pero sus piernas estaban laceradas por el mal trato de los zagueros recios, como los suelen denominar los periodistas deportivos. Jugó junto a Contini, Mardiza, Montaño y Ortigüela solo 23 partidos, convirtió un gol, silenciosamente hizo su valija y buscó refugio en su inolvidable Central Córdoba. (“Uno vuelve siempre / a los viejos sitios / donde amó la vida”. Dijo el poeta Armando Tejada Gómez)

– Si juegan tantos sifones como no voy a jugar yo- se dijo. Él llamaba sifones a los pataduras. Con los charruas de Rosario jugó de 1953 a 1955 un total de 80, partidos, conquistó 10 goles y su presencia fue un toque distinguido al fútbol de los sábados. Con 37 años se retiró del fútbol, volvió para ser técnico. Dirigió a Banfield, Deportivo Morón, Central Córdoba e Independiente. Pero eso no era lo suyo. Lo suyo era tener la pelota entre sus pies y bordar el césped con su habilidad inigualable, dejar en el camino a sus rivales, eludirlos como si fueran la malaria.

De él se decía que nunca nadie le vio hacer un pase o un gol sin antes gambetear por lo menos a dos jugadores adversarios.

Fue el protagonista de una jugada y un gol que los aficionados de paladar negro consideran una obra maestra insuperable, pero que al no existir el testimonio de la televisión o del cine, no puede exhibirse ni compararse. Con humildad el mismo De la Mata la relató de esta manera:

-… Fue el 12 de octubre de 1939. Jugamos contra River en el Monumental de Nuñez. Independiente ganó por 3 a 2. Fernando (Fernando Bello, arquero de Independiente) me la tiró con su mano derecha por lo bajo. Yo estaba ubicado casi como un defensor, en nuestro campo, detrás de la línea de la mitad de la cancha. Comencé a correr rápidamente hacia la izquierda y eludí por dos veces a Moreno y a Minella… Me salió a marcar Vassini y también lo pasé. Entonces ví que Santamaría venía a cruzarme fuerte y le toqué suavemente la pelota, sorprendiéndolo. Ya dentro del área me salió a marcar Cuello, a quien anulé tirando la pelota hacia adelante; le gané en velocidad, la alcancé y quedé solo para tocarla hacia el arco, cuando el arquero Sirne me tapaba el primer palo. Él pensó en el centro a Erico que estaba en el medio del área con el arco a su disposición, por eso se abrió un poco y yo la puse en el huevo entre el poste y su pierna derecha. Vino corriendo Antonio Sastre, me abrazó y me gritó: “¡Pibe…hiciste capote…!”. A partir de allí empezaron a llamarme Capote.

El papelón

Consalvo, Eddie

Por aquellos años Augusto Marcelino Fumero dejó su Córdoba natal para incorporarse a River Plate, al igual que Ángel Rocha llegó con la ilusión de ser un digno reemplazante de Amadeo Carrizo, pero entre 1952 y 1954 solo en nueve oportunidades defendió la valla titular riverplatense.A Rocha le fue peor, en dos años jugó solo dos partidos

En 1952 le tocó jugar contra Ferro Carril Oeste. El goleador del equipo de Caballito era Alfredo Runzer, un centro-foward corpulento, fuerte, goleador de raza. En un momento el delantero de Ferro efectuó un sorpresivo y potente disparo, Fumero intuyó que la pelota se había perdido fuera de juego y abandonó el arco para ir a buscarla. Sin embargo el balón pegó en el travesaño, rebotó en la nuca del arquero y se metió en el arco.

A Fumero el gol le dolió menos que el papelón.

Sin título

Consalvo, Eddie

– Vete a Brasil hijo, allá hay muchas oportunidades para muchachos como tu. Con un poco de voluntad conseguirás un buen trabajo y muy pronto te enamorarás de una bella morena que te brindará una familia. Tendrás un amo que te cuidará y te brindará afecto. Vete, muchacho. Serás feliz.

– No madre, yo me quedaré acá, este es mi lugar y con un poco de sacrificio seré Presidente de la República.

El papelón

Consalvo, Eddie

Por aquellos años Augusto Marcelino Fumero dejó su Córdoba natal para incorporarse a River Plate, al igual que Ángel Rocha llegó con la ilusión de ser un digno reemplazante de Amadeo Carrizo, pero entre 1952 y 1954 solo en nueve oportunidades defendió la valla titular riverplatense.A Rocha le fue peor, en dos años jugó solo dos partidos

En 1952 le tocó jugar contra Ferro Carril Oeste. El goleador del equipo de Caballito era Alfredo Runzer, un centro-foward corpulento, fuerte, goleador de raza. En un momento el delantero de Ferro efectuó un sorpresivo y potente disparo, Fumero intuyó que la pelota se había perdido fuera de juego y abandonó el arco para ir a buscarla. Sin embargo el balón pegó en el travesaño, rebotó en la nuca del arquero y se metió en el arco.

A Fumero el gol le dolió menos que el papelón.