Reflexiones sobre la pena máxima: El penal.

Mancilla, Eduardo

Dos sujetos intransferibles en la cultura filosófica del fútbol, están intrínsecamente determinados por “el penal”.

El arquero, prácticamente indefenso debajo de los tres palos, y el barra brava que cayó en desgracia, rodeado de barrotes inexpugnables.

Mi hija Martina

Mancilla, Eduardo


En homenaje a Nelly Galasso, Madre de Plaza 25 de Mayo de Rosario.

Con Martina discutimos, peleamos, acordamos, nos amamos. Lo que se dice una buena relación padre e hija. A ella le expliqué lo que pasó, lo que viví, lo que quisimos y no pudo ser. Ella lo entendió y se conmovió con tantas muertes jóvenes. Lo entendió tan bien que a los 17 años creó y dirigió una obra de Teatro por la Identidad en la escuela Gurruchaga (Rosario). Ahora estudia, milita y se siente parte de esa sangre derramada por carniceros. Se siente, y lo es, un brote del árbol que creyeron seco. Siento que cumplí una misión, una acción responsable de la cual siento orgullo. Como si fuera una venganza de la vida contra los que quisieron ponernos de rodillas, hoy, 24 de Marzo, ella cumple 20 años y viajó a Buenos Aires a marchar con las Madres.

Algo habrán hecho

Mancilla, Eduardo

Una patota armada de soldados, policías y civiles, acababan de llevarse una familia de la casa de la otra cuadra. A los golpes, patadas y esposados, los apretujaron en dos Falcon verdes.

Los vecinos, reunidos en grupos neutrales, comentaban al amparo de cierta distancia.

– Algo habrán hecho…-, sentenció una vecina oprimida por los ruleros.

– Por algo será…-, aludió cómplice la doña del almacén de la esquina.

– Seguro-, contestaba la mamá del estudiante universitario.

– Seguramente soñaron, tal vez quisieron, a lo mejor hicieron, incluso, por ahí, hasta pensaron, por eso se los llevaron.

El final de la gran final

Mancilla, Eduardo

Las dos potencias habían llegado a la final de la copa mundial de fútbol. Suceso que, para nadie fue sorpresivo, incluidos los mercados.

Los superlativos avances tecnológicos desarrollados por ambas, habían llevado a presentar equipos con hombres exigidos a límites impensados de la perfección de destreza física y mental. Los intereses de las corporaciones estaban en juego como nunca antes se había visto, y los demás bloques eliminados habían tomado posición por uno u otro sector en pugna. La competencia fue extrema, colosal, inaudita.

Al menos, esos fueron los relatos rescatados de los que pudieron observar el comienzo de la tercera y definitiva guerra mundial.

Valle del Friuli, cosecha 1921

Mancilla, Eduardo

Para poder beber el mejor vino que mis labios hubieran besado jamás, tuve que estropearme la espalda, las manos, las rodillas, los pies, los ojos, la cabeza, los hombros y los brazos en aquella vendimia maldita. Lo mismo sufrieron mi mujer, mis hijos y las familias de los demás trabajadores.

Esa tarde, el patrón nos reunió en la cava, -Avanti Gigi, avanti tutti- invitó elevando los brazos al cielo de manera triunfal y arrogante.

La mesa, que estaba hecha con el mismo roble que los toneles, estaba repleta con los exquisitos quesos que él mismo fabricaba, también el pan casero, cuyo perfume padecíamos en las mañanas.

Fue un momento delicioso, sublime, una cosecha histórica, eso sí, después nos cobró las botellas que bebimos.

Un mundo mejor

Mancilla, Eduardo

Están prometiendo un mundo mejor, lo oí clarito en la tele, ese señor lindo de saco y corbata. ¿Quién? No sé, son todos iguales, de saco y corbata, de pelo prolijo, corto, ropa limpia, se mete en ese automóvil y se va, pero maneja otro. Al rato viene otro y así, todo el tiempo es así. También la señora hermosa dice lo mismo, deben ser de la familia, siempre sonriente, se nota que es feliz.

Lo dijo la tele, yo lo escuché, con esto se vive bien, vas a tener el pelo así, y hablar con quién quieras sin dejar de caminar o manejar, hasta morir de felicidad. Comer hasta reventar, viajar hasta cansarte y curarte. Leer, dormir, parir. Sonreír y reír a carcajadas, después ser viejo y estar mejor para no morir porque no te podes morir con semejante felicidad, justo en medio de las ofertas. ¿Morir? ¿De eso nadie habla?, si, en los noticieros, en los noticieros muere gente, y acá también pero es distinto porque acá mueren chicos y allá no. Allá muere gente grande pero también estamos nosotros. Estamos y no estamos porque la tele dice que mueren ellos y fuimos nosotros.

Y el mundo mejor debe ser así, para ellos, nosotros no podemos, no con éstas caras, no con éstos nombres y con éstos apellidos, con ésta música, este vino y estas migajas. Eso lo sé, me di cuenta en la escuela hasta que dejé de ir, pero eso lo tengo claro, lo entendí muy bien, prometieron un mundo mejor, pero no aclararon para quién.

La fábula del mal menor

Mancilla, Eduardo

Todo había comenzado con un simple experimento científico, el cual consistía en mezclar embriones de la especie humana con la de animales, aduciendo para ésta acción desmesurada fines terapéuticos. Más tarde, fue el milagro de la manipulación del ADN a través de los Organismos Modificados Genéticamente (OMG) logrando superadoras formas sobre esos especímenes. También se avanzó con la fusión de cuerpos, la inyección de células madre y otros injertos transgenéricos. Por todos lados se alzaron voces azoradas y reprobatorias del mundo pensante y del otro también, hasta que el dilema pasó a la clandestinidad de los laboratorios prohibidos, justo detrás de las fronteras de la legalidad.

Pasado el primer estupor del morbo público, durante años gobernaron entonces hombres mono, centauros, minotauros y otros engendros de diversidad genética. El último presidente, de la subespecie de híbridos Homo Sapiens Zoo, ordenó que la dieta del pueblo fuese, obligatoriamente, carne asada en estacas. Fue cuando comenzó la rebelión en las colonias de los hombres-cordero. Corrió mucha sangre y otros líquidos desagradables durante la quinta guerra, hasta que los hombres-cordero se hicieron con el poder después de la revolución. Hoy gobierna el mal menor: el lobo feroz.

Cagones

Mancilla, Eduardo

Enfrente estaba el equipo imbatible del campeonato, con sus grandes hazañas y hombres insuperables. Debíamos extremar los recursos, formamos dos líneas de cinco defensores, nos colgamos del travesaño todo el partido, tiramos la pelota a la tribuna ni bien podíamos tocarla, fingimos lesiones hasta la exasperación, intentamos sobornar al árbitro con alguna hermana bien dispuesta. Incluso, antes del partido, hablamos con una curandera que leía el agua, finalmente, caímos derrotados por el único lado vulnerable: el miedo.

Mitología rosarina

Mancilla, Eduardo

Reunidos en El Cairo, bajo un Imperial Sol de Mayo, los dioses del Olimpo decidieron adoptar La Buena Medida de poner un bar.

Nota: El Cairo, Imperial, Sol de Mayo, Olimpo y La Buena Medida, son bares de la ciudad de Rosario.

El crucero de Noé

Mancilla, Eduardo

Yahvé, como le gustaba que lo llamasen, se dispuso a enmendar algunos errores en sus experimentos. Para eso encomendó a un tal Noé, conocido como el hombre justo, que reuniera a su familia y una pareja de bestias de cada especie, porque iba a propinarle al mundo un baño del cual no se olvidarían fácilmente. Para ese fin, le ordenó que construya un arca lo suficientemente grande donde pudiera alojar todas las especies conocidas. Llegado el diluvio, la embarcación se llenó rápidamente con familiares, parientes, vecinos y otros advenedizos. Y fue así entonces, como los animales y las bestias aprendieron a nadar durante maratónicos cuarenta días y sus noches.