Ambición

Anderson Imbert, Enrique

Ese olmo tenía unas iniciales grabadas en la corteza: sin duda, la firma del poeta que lo creó.

Solo, cerca del río, recordaba su vida: un gran envión desde la semilla hasta la flor más alta, flor que prolongaba la ascensión al difundir su fragancia. Hubiera querido seguir subiendo como ese otro árbol, el de humo, el que se formaba cada vez que quemaban sus hojas secas en el otoño. Y en la primavera, cuando las urracas que se le habían posado se echaban a volar como hojas que después de planear por un rato volverían a las ramas, el olmo sentía que su follaje era el viajero.

Conocía a los pájaros por su modo de volar: la acrobacia aérea del chajá, la tristeza de la golondrina que por alto que vuele siempre sueña con algo que está más allá de sus alas, la rebeldía de la tijereta, que se aleja de la tierra, no para explorar, sino en una rápida ofensiva contra el cielo. Si un viento lo agitaba, el olmo sabía que venía de alguien que, al ver el globo de la tierra, se había puesto a soplar para hacerlo girar y que los cambiantes colores del cielo eran intensidades de ese constante soplo.

Ante tanto cielo, ante tanto ejemplo de libertad, la ambición del olmo era volar. Se erguía, estiraba los brazos. Un día le creció un nuevo brote. No era un brote cualquiera: era una pluma. Una pluma verde. El comienzo de un ala.

El gato de Cheshire .

El ganador

Anderson Imbert, Enrique

Bandidos asaltan la ciudad de Mexcatle y ya dueños del botín de guerra emprenden la retirada. El plan es refugiarse al otro lado de la frontera, pero mientras tanto pasan la noche en una casa en ruinas, abandonada en el camino.

A la luz de las velas juegan a los naipes. Cada uno apuesta las prendas que ha saqueado. Partida tras partida, el azar favorece al Bizco, quien va apilando las ganancias debajo de la mesa: monedas, relojes, alhajas, candelabros…

Temprano por la mañana el Bizco mete lo ganado en una bolsa, la carga sobre los hombros y agobiado bajo ese peso sigue a sus compañeros, que marchan cantando hacia la frontera. La atraviesan, llegan sanos y salvos a la encrucijada donde han resuelto separarse y allí matan al Bizco. Lo habían dejado ganar para que les transportase el pesado botín.

La montaña

Anderson Imbert, Enrique

El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en la butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.

– ¡Papá, papá!- llamó a punto de llorar.

Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y no podía.

– ¡Papá, papá!

El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña.

Arte y vida

Anderson Imbert, Enrique

Jack Turpin (Inglaterra, 1750-1785) fue el actor más afamado y difamado en el reino de Jorge III. Afamado por su elegancia de galán en las comedias de Sheridan que se ponían en el Teatro Drury Lane y difamado en la sociedad de Londres por las explosiones de su carácter irascible. Una noche, en una taberna, el crítico Stewart se atrevió a burlarse de esa doble personalidad de caballero en la ficción y energúmeno en la realidad. Discutieron. Una palabra dura provocaba otra aún más dura y al final Turpin, fuera de sí y contradiciéndose, le gritó a Stewart:

-¡Le voy a probar que soy capaz de comportarme en la vida con el decoro del arte!

Stewart no se lo pudo probar porque, en uno de sus irreprimibles arrebatos, lo mató allí mismo de un pistoletazo, pero lo probó ante el mundo en su primera oportunidad. Un testigo describe la escena así:

– El actor Turpin, desde lo alto del tablado, echa una mirada al público. Piensa: “Hoy, en esta tragedia a la manera de Richard Cumberland, desempeñaré con toda mi alma el papel de condenado a muerte”. Y, en efecto, resulta ser la mejor representación en su brillante carrera teatral. Avanza con las manos entrelazadas por la espalda, el cuerpo erguido, la cabeza orgullosa, hasta que se abre a sus pies un escotillón y Turpin, en el patio de la prisión de Newgate, queda colgado de la horca.

El gato de Cheshire

Anderson Imbert, Enrique

Un loco había volado por debajo del puente y él no podía ser menos. Al leer la noticia en los periódicos, aún sabiendo que era una locura, comprendió que tendría que repetir la hazaña. Para hacerla difícil usó un aeroplano más grande, voló de noche, fue y volvió. Y ahora, sano y salvo en su casa, advierte que no ha terminado todavía la hazaña, falta superar el exhibicionismo, no decir nada a nadie.

El gato de Cheshire. Editorial Losada.

Tabú

Anderson Imbert, Enrique

El ángel de la guarda le susurra a Fabián, por detrás del hombro:

– ¡Cuidado, Fabián! Está dispuesto que mueras en cuanto pronuncies la palabra zangolotino.

– ¿Zangolotino?- pregunta Fabián azorado.

Y muere.

Una plaza en el cielo

Anderson Imbert, Enrique

Etelvina y Luís van a casarse. En vísperas de la boda, Luís muere. Etelvina se resigna porque confía en que volverán a encontrarse en el Cielo. Pasan los años y ella espera, espera… Espera que Dios la llame.

Ahora es una viejita. Está atravesando la Plaza de su barrio. De pronto- en el crepúsculo tocan las campanas del ángelus- ve entre los árboles a Luís, que se acerca a paso lento. (No es Luís: es un joven de la vecindad muy parecido al recuerdo que Etelvina conserva de Luís.)

Etelvina ve al joven Luís y está segura de que él, a su vez, la ve a ella también joven.

“Esta plaza, piensa, aunque se parece mucho a la del barrio, tiene que ser una plaza del Paraíso”. Y sin duda allí van a reunirse porque, por fin ¡qué felicidad! ella acaba de morir.

El grito de un pájaro la resucita, vieja otra vez.

Las estatuas

Anderson Imbert, Enrique

En el jardín de Brighton, colegio de señoritas, hay dos estatuas: la de la fundadora y la del profesor más famoso. Cierta noche -todo el colegio, dormido- una estudiante traviesa salió a escondidas de su dormitorio y pintó sobre el suelo, entre ambos pedestales, huellas de pasos: leves pasos de mujer, decididos pasos de hombre que se encuentran en la glorieta y se hacen el amor a la hora de los fantasmas. Después se retiró con el mismo sigilo, regodeándose por adelantado. A esperar que el jardín se llene de gente. ¡Las caras que pondrán! Cuando al día siguiente fue a gozar la broma vio que las huellas habían sido lavadas y restregadas: algo sucias de pintura le quedaron las manos a la estatua de la señorita fundadora.