Braceli, Rodolfo

Rodolfo Braceli
Rodolfo Braceli

Entrevista realzada por Juan José Panno y Patricio Suárez, el miercoles 15 de agosto de 2007..

El dueño de la palabra

1. En este momento estoy haciendo lo que hice toda la vida: estoy tecleando. En el sentido más lindo de la palabra. Escribir, escribir y escribir es lo que vengo haciendo desde pendejo, desde la escuela primaria. Y escribo desde mi casa, colaboro con algunas revistas muy distintas, como puede ser La Nación Revista, o Veintitrés, pero finalmente en cada una escribo lo que siento, lo que puedo, lo que quiero, como lo hice siempre en todos los medios. Pienso que nosotros, los periodistas, no somos los dueños de los medios, pero en cada uno de ellos tenemos que saber que somos dueños de lo que decimos, por lo menos de lo que no queremos o no debemos escribir. Nadie nos agarra los deditos. Y ahí ya se puede empezar a hablar de la libertad de prensa, la libertad de empresa, y la del periodista.

Una rara independencia

2. Por lo general en mi carrera tuve unos márgenes de independencia bastante raros, que hasta a veces producía cierta cosa entre los compañeros, pero la independencia nos viene bien a todos. Yo he trabajado en la revista 7 Días, en Gente, el mayor halago que he recibido fue en Gente, porque hubo personas que me preguntaban cómo esas notas podían salir en una revista de ese tipo. En Gente entrevisté a Mario Benedetti, pero hablando temas duros, también le hice una entrevista a García Márquez. Joan Manuel Serrat no quería notas en Gente, o Tato Bores, no quería dar notas a la revista, y yo las pude conseguir. Es decir que tenía un margen, me conocían bien. Cuando a mí me rajaron en Mendoza del diario Los Andes, fue por una editorial que había publicado Carlos Fontanarrosa, sobre lo que yo había escrito cuando Racing salió campeón del mundo, y sin embargo fue el mismo Fontanarrosa quien me llevó a Gente. Escribo en revistas variadas porque creo que hacer sermones en la Iglesia es fácil, el asunto es mandarse el sermón en el quilombo, en otro lugar. Yo no creo que uno vaya a cambiar el mundo, pero sí pienso que lo podemos ir haciendo de a poquito, y cambiarlo, depende de cómo lo hagamos.

García Márquez

3. García Márquez se resiste sobre todo a venir a Argentina, esto me lo contó en un reportaje, porque dice: “Tengo tantos amigos, que me van a matar”. García Márquez es una de esas entrevistas imposibles, y ante la situación de entrevista imposible hay que usar un poco la imaginación. Todos tienen un taloncito de Aquiles, o una cerradura y hay que encontrar la llave. Con García Márquez fueron cuatro años de trabajo, empecé la primera gestión a través de editorial Sudamericana. Como él ya había publicado cuatro libros por Sudamericana, hablé con la editora, con la representante catalana, y ella fue la que me dijo que trataría de hacer todo lo posible, pero que era muy difícil, por no decir imposible, porque “el Gabo” había hecho dos entrevistas en veintitrés años acá en Argentina. El trámite lo empecé en 1992, y el reportaje se realizó en 1996. Al principio hice todo lo que pude, hablé con los lazos posibles, y todos muy cortésmente me dijeron: “no, no, no, no”. La sobrina, que es su gran filtro, también me contestó que “no”.

Maruja Pachón

4. A todo esto ya habían pasado casi dos años, y al poco tiempo vino a Argentina, a presentar el libro de García Márquez, Noticia de un secuestro, la protagonista, Maruja Pachón. Fue una conferencia de prensa muy chica en la editorial. Cuando ella empezó la conferencia a mí se me prendió la lamparita y no le hice ninguna pregunta. Al terminar, la secretaria de Sudamericana se me acercó y me dijo: “Que raro Rodolfo, no le preguntaste nada”. Y yo le dije que lo que quería era ir a tomar un café con la protagonista.

Al día siguiente fuimos a tomar el café, y le propuse hacerle una entrevista en Bogotá. Le dije: “Como García Márquez la metió en el libro, yo lo que quiero es sacarla del libro, y reconstruir con usted, ahora, todo lo que le pasó en el momento del secuestro”. Ella me miraba con incredulidad. Pasó un año y medio y llegó una invitación para hacer un viaje a Colombia, esos que son para que uno vea que se puede vivir en Colombia sin que a uno lo maten los narcotraficantes. En la primera excursión me salí del grupo, con el fotógrafo, el negro Luengo, ni él sabía, y fuimos a hacerle la entrevista a Maruja Pachón. Cuando terminamos la nota al día siguiente, a la noche cenamos en la casa de ella, con vinito tinto, chivito, estaba todo bárbaro, un clima como para decirle: “Maruja, yo necesito hacerle una nota a García Márquez, quince minutos por teléfono, nada más”.

Primer contacto

5. En realidad le iba a contar tres cuentos al escritor, de aparecidos, esas historias raras con las que él trabaja, pero al ser quince minutos de reportaje iba a llegar a relatarle el segundo, por lo tanto si quería escuchar el tercero íbamos a tener que reunirnos. La cuestión es que Maruja me dijo: “No, qué quince minutos, el Gabo a usted le tiene que dar mucho más tiempo”. Al día siguiente llamó a Barcelona, a París, a Méjico, y resulta que no estaba. Justo había ido a Cartagena, Colombia.

La mañana siguiente en la producción de fotos Maruja me dijo que estaba todo listo, que debía llamar a la sobrina y luego ir a hacer la entrevista. Yo volaba de nervios. Conseguí el teléfono y lo llamé esa misma noche. Pero García Márquez no estaba. A los veinte minutos, tampoco. A eso de las diez y media de la noche volví a intentar, me atendió un hombre, y enseguida apareció la voz de García Márquez: “Y usted qué quiere”. Una entrevista, le dije. “Pero cuanto tiempo quiere”, me contestó. Quince minutos, le dije, veinte, media hora, dos horas. “Con quince minutos va a sobrar”, dijo, “todas las preguntas ya me las hicieron”.

El reportaje

6. Al otro día salió el reportaje que fueron dos horas, ni un minuto más. Hablamos de todo. La noche anterior casi no pude dormir porque no sabía con qué pregunta arrancar. Al recibirnos nos pregunto: “¿De dónde vienen y a dónde van?”, ya casi como despidiéndonos. Y enseguida preguntó qué queríamos para tomar. Yo le dije que lo que él tomara estaba bien. “Yo tomo arsénico”, me dijo. Yo preferí café.

Hay una cosa que siempre digo: la primera pregunta en un reportaje tiene que salir del estar ahí, olvidarse de las preguntas y conversar, y lo mejor es siempre escuchar al otro. Pero con García Márquez era grave porque es un tipo que no da entrevista y además venerado por todos nosotros, Premio Nobel, y que encima te dice que ya le hicieron todas las preguntas…

La pregunta que faltaba

7. La que tenía en el podio era la siguiente: A esta altura del viaje, tan querido, tan admirado y respetado, ¿le queda en su corazón algún lugarcito para un amigo más? Si me decía que sí, le preguntaba si podía ser su amigo. Pero al final esa pregunta se la dije a la hora y media. La primera pregunta real fue casi elemental, le pregunté: Su mamá seguramente hacía de comer, ¿Cuál era la comida que más le gustaba que le cocine su madre? Y fue perfecta porque me dice: “Usted sabe que ahora que me doy cuenta a mi madre no le gustaba cocinar. Éramos quince o dieciséis hijos”. Quince o dieciséis, le digo, uno siempre sabe más o menos cuantos hermanos tiene. Y contesta: “Bueno, había uno que era dudoso pero lo queríamos lo mismo”. Y a partir de ahí ya está, además de que enseguida me admitió que esa pregunta nunca se la habían hecho, se dio una charla muy linda. Había momentos en los que me hacía señas, porque Luengo, el fotógrafo, no hablaba, entonces García Márquez quería saber si era mudo. No me creía que era argentino, porque decía que nosotros no paramos de hablar.

Un alma curiosa

8. Lo que más me impacto de él fue la curiosidad. Yo llevaba el bolsito verde que tengo acá mismo, y él lo miraba, lo miraba, mientras charlábamos no le sacaba la vista de encima. En el bolso siempre llevo lapicera, papeles, y él me preguntaba qué era lo que había ahí adentro. Cada tanto lo volvía a mirar. En el bolso además llevaba otro grabador, el suplente, y algunos marcadores. Y ahora que recuerdo, en un momento él se puso a jugar con un marcador y cuando lo miré, enseguida lo tapó y lo dejó a un lado, como un niño. A los minutos lo volvió a agarrar, y ya no lo soltó. Eso quería decir que estábamos en confianza. En cierto momento nos dice: “Quiero mostrarles mi último juguete”. Nosotros aceptamos enseguida, y nos llevó a su sala de cinematografía, es decir, una sala de cine que tendría veinte butacas. Subimos con el fotógrafo por la escalera que nos indicó, y a la izquierda estaba la sala. Cuando llegamos y nos sentamos para sacar unas fotos caímos en la cuenta de que nos había mandado a la sala de cine para poder revisar mi bolso. Cosa que corresponde a un auténtico periodista, a un novelista, y tiene que ver con la condición humana.

Otra cosa que me llamó la atención es que tenía la pantalla de su computadora de forma vertical, con la misma longitud de una hoja de máquina de escribir, y nunca dejó que fotografiáramos la computadora, fue lo único que nos prohibió. Yo había ido a la mañana al lugar, y hablé con los vecinos. Charlé con un lava carros del barrio, le pregunté si lo conocía al Gabo, y me dijo: “Claro que lo conozco. Es el que siempre anda preguntando. Eso es lo que después pone en sus libros”. Después a García Márquez se lo hice escuchar con el grabador.

Argentinos en la cornisa

9. En mi libro Argentinos en la Cornisa, que es una selección de reportajes, cada uno de los entrevistados representa la cornisa de algo. Y Troilo es cornisa de la ternura. En ese libro pude completar una entrevista que le había realizado al gordo Troilo en el año ´71, cuando en el Teatro Colón se habían hecho dos noches especiales, una dedicada al folclore y otra al tango, con los grandes folcloristas, y los grandes tangueros. La noche de tango estaban entre otros, Troilo, Piazzolla, Goyeneche, y me fui tempranísimo, como dos o tres horas antes, y me metí en el camarín a hablar con Troilo, ya que nunca había podido charlar con él. Le dije que me parecía muy curioso, con la trayectoria que él tenía, que recién ahí tuviera la posibilidad de tocar en el Colón. Y me dijo: “No, pibe. Yo hace treinta años toqué en el Colón, pero ahí en la fosa, entre los músicos”. Y seguí haciendo la entrevista, hasta que terminamos y luego me fui a charlar con otros.

Pasó una hora, dos horas, y como venía para largo, en un momento en que Trolio ya estaba más cerca del escenario, se acercó Antonio Carrizo que era el conductor del festival, y a quien yo conocía de hacía unos años. Me llevó con Troilo y le dijo: “Gordo, dale una entrevista a este pibe”. Esto dos horas después de haber terminado la entrevista, entonces Troilo me miró y me dijo: “Bueno pibe, dale vení”. Y nos instalamos de vuelta, y le dije sin pensarlo: “Pichuco, qué curioso, después de tantos años va actuar por primera vez en el Colón”. “No”, me dice, “yo ya estuve…” Y repetí todo igual, el gordo estaba en otra galaxia. A tal punto que repetí la entrevista tal cual la había hecho hacía un rato, y ni se mosqueó.

El fútbol

10. Dentro de poco se va a hacer un simposio mundial sobre quién es el que inventó la rabona, y según Sebreli, una de las cosas por las cuales él ataca a Maradona, es decir al fútbol, es porque asegura- siendo tan inteligente en algunas cosas en otras hace agua- que la rabona no fue inventada por Maradona sino por “el panza” Videla. Entonces yo digo que no, que tampoco la inventó “el panza” Videla sino que fue el papá del panza, que jugaba de número dos en Gimnasia y Esgrima de Mendoza y hacía la rabona en el área para rechazar. Y tampoco, en realidad la inventó Adán, que encontró una cosita redonda mientras iba caminando, le dio así de chanfle, justamente estaba Dios por ahí, se la puso en la jeta, y ahí vino la expulsión. Esta es otra versión del pecado original, que puede acompañar a mi texto Refutación del pecado original.

Poemas

11. Mi primer libro, que es de poemas, llamado Pautas eneras, fue prohibido y quemado en Mendoza, obviamente en un gobierno de facto en el ´62. Era un librito de poemas, inofensivo, pero produjo despelote y lo terminaron incinerando detrás de la casa de Gobierno. Esa es una costumbre muy mendocina. Mendoza es el emporio de las derechas, porque te diría que los más suaves son los demócratas, los famosos “gansos”, después está “País”, “Pays”, está el “Comando Pío 12”, que se encargaba de liquidar prostitutas. Es un lugar tan especial, que fue ahí donde Blumberg se sacó la careta como nunca, cuando dijo sobre el chico este Bordón al que mató la policía: “Y qué quieren, si le faltó el respeto a la policía, y parece que se drogaba”.

Creo que Mendoza tiene todo el repertorio derechista, es el emporio, uno puede elegir la derecha con sabor a frutilla, descafeinada, cafeinada, como quieras. Pero así y todo hay una enorme compensación, porque de Mendoza salió el “Grupo de los 27” que fue la primera organización tercermundista, nació Quino, Fabio, Nicolino Loche. No sé si compensamos, pero si contrarrestan.

Las Malvinas

12. El poema sobre las Malvinas lo escribí impulsado por el periodismo. A veces uno pasa del periodismo a la literatura sin darse cuenta. Mejor si uno no se da cuenta, porque sino empezás a hacer literaturita y la embarrás. Y al final no hacés ninguna de las dos cosas.

Y fue propósito del exitismo y derrotismo, que es lo que nos deschava en el episodio de Malvinas, porque precisamos veinte años para empezar a sacar todo lo que escondimos sobre triunfalismo y derrotismo con estos muchachos. Recordemos que aparecieron los casos de los muchachos estaqueados por robar comida. Nadie roba comida en realidad, es una obligación que está en el derecho. Entonces se me ocurrió relatar una imagen que estaba dictada por la realidad, de un chico que fue estaqueado la noche del 25 de Mayo, por haber robado una lata de dulce de batata.

Sorrentino, Fernando

Fernando Sorrentino
Fernando Sorrentino

Un clásico

1. Mi literatura se lee muy fácilmente porque siempre digo que yo trato de ser lo más clásico posible, yo no soy un escritor barroco. Creo que jamás, o muy rara vez, alguien va a decir “qué quiere decir esto”. Intento que cada oración mía sea más cristalina que el agua más cristalina de la vertiente. Por lo tanto leerme a mí es muy fácil. Es una cuestión de gusto personal. Como yo no puedo soportar leer los libros que no se entienden de entrada, a mí eso me molesta mucho…por ejemplo hay personas que escriben cuentos o novelas y tienen la costumbre de no poner el sujeto, entonces escriben: “caminó”, dijo. Y uno se pregunta, cuál de los dos personajes caminó, cuál de los dos dijo. Por qué tenés que hacer un esfuerzo en dilucidar algo que te lo tiene que dar el autor; esas cosas me revientan. Otra cosa que me molesta son las sintaxis enredadas, que a veces son para fingir profundidad, cuando en realidad se está ocultando ineptitud, el no saber manejar bien el idioma. Por eso a la hora de escribir, trato de no causarle a terceros el daño que no quiero que me causen a mí.

Contar una historia

2. Generalmente los tipos que son ineptos, que no entienden los libros, hablan difícil, quieren impresionar con las palabras que utilizan, que en realidad no quieren decir nada. Habitualmente los que escriben ese estilo de críticas, son personas que odian la literatura, porque no leen un libro para pasar un momento agradable, sino para torturarse y poder emplear en su crítica todo esa maquinaria de palabras raras. Pero, igualmente, la literatura no es cuestión de sencillez, sino de que me cuenten una historia. Yo he intentado leer libros que son una acumulación de palabras, por lo tanto a la tercer o cuarta página los dejo. Yo quiero que me cuenten algo. Por ejemplo, cuando leí la novela de Dickens, David Copperfield, a los trece años, quedé fascinado porque todo lo que se contaba ahí era interesante. Ese es un libro valioso para mí, cuando el escritor te despierta la necesidad de seguir leyendo. En cambio, cuando el escritor me presenta un ladrillo, donde yo encuentro nada más que obstáculos y dificultades, enseguida me doy cuenta de que estoy haciendo un esfuerzo intelectual que no sirve para nada. Entonces, quiénes son mis amigos: Dickens es uno, otro que es mi héroe total es Franz Kafka. La novela El proceso, creo que es la novela más hermosa que leí en mi vida, y eso que la leí como siete veces. Otros cuentos de Kafka, En la colonia penitenciaria y La condena que son maravillosos.

Denevi

3. Entre los argentinos, otro que me deslumbra es Marco Denevi. Denevi tiene Rosaura a las diez, que es una obra maestra; Un pequeño café es otra obra que me fascina. Los cuentos de Héroes del cielo también, y después tiene un cuento que ha pasado inadvertido, que está dentro del librito Falsificaciones, que se llama Una carta; ese relato es una vuelta de tuerca sobre la resurrección de Lázaro. Hay un lector que manda una carta a alguien con la siguiente reflexión: que si Jesús hizo resucitar a Lázaro, ese gesto es un gesto supremo, el que Dios haya, nada menos, que resucitado a un ser humano. Entonces ese ser humano resucitado, Lázaro, no va a morir en un accidente, ni lo van a apuñalar, ni va a morir de una enfermedad. ¿Y si Dios se olvidó de Lázaro? No va a morir nunca, ni tampoco se puede suicidar ya que Dios es un gesto supremo. Y sigue con ese tipo de reflexiones, que no son tan simples como yo digo, sino que hay que leerlo porque es literariamente perfecto, y cuando está por terminar da a entender que quien está escribiendo la carta es Lázaro.

Martín Fierro

4. A parte de Borges y Denevi, otro al que tengo en el podio es al Martín Fierro, me lo sé casi de memoria. Hay una estrofa que es perfecta, la que narra la llegada de la viruela al campamento de los indios, y como los indios pensaban que la epidemia se debía a una especie de castigo o brujería, matan al gringuito, un inmigrante. Entonces Martín Fierro cuando recuerda dice: “Había un gringuito cautivo/ que siempre hablaba del barco/ y lo ahogaron en un charco/ por causante de la peste/ tenía los ojos celestes/ como potrillito zarco” (1).

(1) animal que tiene uno o los dos ojos de color azul pálido, por carencia de pigmentación.

La vuelta

5. Del Fierro me gusta todo, pero la Vuelta es mejor todavía. Yo tengo mi teoría que he desarrollado más de una vez: en la Ida, Hernández quiso hacer un alegato político y social, es decir, demostrar cómo los gauchos eran arrastrados a la leva, explotados, etc. Y después, en la Vuelta es como si ya se hubiese puesto canchero y hubiera descubierto que podía hacer mucho más. Como si dijese “qué grande lo que he hecho, puedo hacer mucho más”. Entonces la Vuelta aparece llena de episodios novelescos, muchos personajes. Y hay una cosa muy rara; Hernández, cuando empieza la Vuelta, no sé si en el primer o segundo canto, viene hablando Martín Fierro, y de repente aparece un fragmento desde la voz de Hernández en el que dice: “Más que yo y cuantos me oigan/ más que las cosas que tratan/ más que lo que ellos relatan/ mis cantos han de durar/ mucho ha habido que mascar/ para echar esta bravata”. Es como si dijera: yo moriré y mis lectores morirán, pero el Martín Fierro va a ser eterno. Hernández tenía plena conciencia de la obra que se estaba mandando. Y el agregado, “mucha ha habido que mascar para echar esta bravata”, está diciendo que todo lo que hay escrito en ese libro está bien pensado, masticado; el autor sabe muy bien de lo que está hablando. Martín Fierro es un libro inagotable, cada vez que lo abro, encuentro alguna cosita que antes no había notado.

Literatura infantil

6. Con la literatura infantil arranqué por comparación. Me puse a mirar algunos libros infantiles en la editorial donde yo trabajaba que era Plus Ultra, y pensé que no podía ser tan difícil. Entonces, como yo tenía una historia para adultos, la limpié de ciertas alusiones que no eran aptas para niños, y lo volví a redactar. Era un tipo que contaba mentiras, un fabulador, y se llamaba Cuento del mentiroso. Ese libro se publicó en el año ´78, siempre digo que tiene la edad de mis hijas mellizas que nacieron el mismo año, el libro es un poco más viejo porque salió en julio, y ellas nacieron en diciembre. Después de esa primera incursión en literatura infantil no toqué nada más, y recién en el ´95 publiqué un segundo, y luego se amontonaron otros. En gran medida, a la hora de escribir para chicos, yo he tomado historias del folklore, alguna idea, con un pequeño grupo argumental empiezo yo luego a mentirme; al tener el núcleo es querer contar eso que no cuento, y después a medida que se va inventando, tergiverso, agrego o quito.

Lo importante es corregir

7. En el proceso de escritura lo que hago es, primero corregir y luego escribir todo de nuevo; vuelvo a corregir, y después a rescribir. Por lo general mis cuentos están rescritos siete veces. Y rescribo porque necesito el descanso, no es que escribo e inmediatamente corrijo, sino que escribo y lo dejo, cuatro o cinco días para olvidarlo un poco. Porque sino, como uno memoriza lo que escribe, no parece que está mal. En cambio cuando lo volvés a leer, después de olvidarlo, empezás a ver errores. Hago este proceso de reescritura hasta que siento estar frente a la redacción definitiva y ahí ya no lo toco más. Y no lo toco más es una forma de decir, porque cuando me piden un cuento para alguna antología, ya que estoy lo vuelvo a corregir, pero son correcciones mínimas.

Consejos

8. Si me piden consejos para escribir, una cosa que noto generalmente en la gente que empieza, es un defecto esencial, que viene a ser el padre de todos los defectos: ponen cosas que no son útiles para la narración. Por ejemplo: “subí al caballo con mis bermudas marrones”. Entonces le pregunto si es realmente importante que la bermuda sea marrón, o verde, o azul. Vos pensá, si en lo que sigue de la narración es importante que la bermuda sea marrón, está bien ponerlo, pero si no tiene nada que ver, es preferible no colocar palabras innecesarias, entonces: “Subí al caballo con mis bermudas”, si es que las bermudas son importantes, porque sino tampoco hace falta. Otro punto que me parece importante, es hablar de una cosa a la vez. Porque otra cosa que ocurre, y que se pierde en un laberinto, es cuando se intenta poner todo junto, en una especie de ovillo que enreda la lectura. Yo igual no doy talleres de narrativa ni remotamente, pero cuando me muestran un texto y me preguntan, en general los defectos que noto son esos.

Críticas

9. A medida que yo he publicado, las críticas que recibí en general han sido buenas. Lo que no he tenido es una gran difusión comercial. Noto que mi obra se difunde en otros países porque continuamente me traducen a idiomas, pero nunca un libro mío a vendido miles de ejemplares. Yo no puedo vivir de la literatura. Los derechos de autor los tomo como propina, cada tanto cobro, y es bienvenido. Pero vivo de mi sueldo de docente, sino sería una lotería, este mes me pagan, el otro no. Como docente estoy a punto de jubilarme. Empecé en el año ´68 a trabajar, así que debo haber tenido alrededor de tres mil alumnos. Y la verdad es que nunca me cansé de dar clase, sino que lo disfruto, y además soy un poco histriónico, entonces en el aula con los chicos yo también me divierto: inventando historias, fabulando, improvisando pequeñas obras de teatro, en las que hacía enojar a las chicas muy a menudo por lo fáciles que son de hacer enojar, las hacía pelear entre ellas. El colegio para mí era una terapia, porque muchas veces llegaba de mal humor y me volvía divertidísimo a mi casa después de la jornada. Al crearse un clima cordial, creo que era eso, los chicos me querían y yo los quería mucho, y la pasábamos bien.

Borges

10. El 2 de diciembre de 1968, me había sentado en la plazoleta que divide la Avenida 9 de julio y Belgrano, donde está la salida Moreno del subte. Estaba sentado en el borde de un árbol tomando un helado, distraído, y de repente de la estación Moreno sale Borges; solté el helado, tiré todo, y salí corriendo a su encuentro, como cualquier pibe que se cruza hoy a Maradona. No sé la cantidad de pavadas que habré dicho, pero en mi fanatismo juvenil le dije que era un gran admirador suyo. Por ejemplo le dije que sabía de memoria varios de sus poemas, y le recité El tango: “Dónde estarán pregunta la elegía/ de quienes ya no son…”. Lo sé de memoria hasta el día de hoy; y Borges me dice: “Que… que ganas de leer esas tonterías”. Habremos charlado tres minutos, y él siguió su ruta, y yo con mi corazón palpitante y emocionado volví a mis rutinarias tareas en mi trabajo. Al año siguiente, la misma editorial pequeña que me publicó el primer libro, tenía el proyecto de hacer una colección de entrevistas a diversos autores. Al estar en el círculo de la editorial me lo propusieron. Yo les expliqué que si la hacía, tenía que ser a algún autor que yo conociera y admirara: Marco Denevi, o Borges. Eran los dos que tenía bien masticados y digeridos. Decidí hacer el intento con Borges, pero como la editorial era diminuta no me dio ninguna infraestructura. Entonces yo partí de cero: fui hasta la Biblioteca Nacional, que quedaba en México y Perú, subí la escalera, di con los nudillos en la puerta del director, salió una mujer, y le dije lo que quería hacer. Me pidió que esperase un segundito, y yo siempre digo lo mismo: si en lugar de ser Borges hubiera sido un pelafustán, capaz que se hacía desear, me pedía que fuera otro día, etc. Pero Borges salió inmediatamente, “qué desea”, me preguntó. Y yo le expliqué, y él con total sencillez aceptó.

El libro

11. A partir de ahí, más o menos un día por semana, o cada quince días, cargaba mi grabador de cinta descubierta Phillips que pesaba 574 toneladas, y de Palermo me tomaba el 93, iba y grababa. Después en casa con la máquina de escribir lo desgrababa. Y ese trabajo, hecho con perseverancia, me costó bastante tiempo, hasta que quedó el libro totalmente redactado. Después vino la otra historia que fue conseguir editor; el libro que yo terminé a fines del ´71, recién fue publicado en el ´74. Pero también debido a una circunstancia política, porque como Borges hablaba pestes del peronismo, y era la época de Cámpora, sufrí el rechazo de editores por el miedo que tenían.

El ingenioso

12. Lo que más me impresionó fueron algunas cosas que él me decía con bastante perfidia, fuera de micrófono. Una vez bajando las escaleras, le nombré a un poeta del cual voy a resguardar su integridad, ya que falleció hace varios años, que era muy popular pero a la vez muy ridículo. Se lo nombré y Borges me contestó: “bueno, es muy difícil hablar de él sin calumniarlo”. Y como entrevistado era muy fácil, porque al ser tan inteligente, yo le quería hacer una pregunta boba y él le buscaba la vuelta para que la estupidez que yo le había preguntado se completara en una respuesta inteligente. Era muy fácil hablar con Borges. Lo que sí, como ya no veía, no sé qué imagen tendría de mí. Pero repito, en el fluir del pensamiento y en el ingenio que tenía, era asombroso. Hay otra cosa graciosa, porque Borges no era tan caballero inglés como se piensa. Hay una anécdota que no es completamente desconocida: en una época había un poetastro que lo perseguía a Borges por todos lados con sus manuscritos y quería una opinión. Y una vez este hombre le preguntó: “Señor Borges, ¿cuál es su poema preferido?”; y Borges que estaba harto, le contestó: “Mi poema preferido es uno que dice: en el medio de la plaza del pueblo de Pehuajó, hay un letrero que dice `La puta que te parió´”. Al instante se le ocurrían cosas graciosas, poseía una gran rapidez mental.

Bianchi, Sandra

Sandra Bianchi
Sandra Bianchi

Piezas de un rompecabezas

1. Mi descubrimiento de la Microficción tiene distintos orígenes. Por un lado, me gusta visitar los stands de los países en la Feria del Libro porque siempre encuentro libros que no son accesibles en Argentina, y un día me topé con los Cien microcuentos chilenos que compiló Juan Armando Epple y pensé: “¡Epa! ¡Qué me vengo a encontrar acá!”. Por otro lado, leí “Mr. Taylor”, de Augusto Monterroso, y como me gustó mucho empecé a indagar más en la obra del autor. Así llegué a “El eclipse” y a otros cuentos cortos. En otra oportunidad me topé con los cuentos de Juan José Arreola, y fue una maravilla encontrar esos textos tan condensados, tan poéticos, tan en sintonía con el lector. Y desde la crítica, que es de dónde provengo, empecé leyendo a David Lagmanovich. Todos estos hechos fueron como piezas de un rompecabezas que fui armando. Así como muchos escritores cuentan que empezaron a escribir textos breves sin saber que se trataban de microficciones, como lectora hice un camino similar. Fui leyendo textos que me gustaban y después dije: “Ah, caramba, esto es todo un género”, y empecé a seguirlo con mayor consciencia.

Primos-Hermanos

2. Lo que más me atrajo de la Microficción es ese espíritu que tiene similar al del Haiku: su capacidad de síntesis, de condensación de sentidos. Tiene una forma poética compacta y deliciosa, con mucha fuerza de transmisión. Creo que ambos géneros son algo así como primos hermanos, porque son diferentes pero tienen el mismo efecto de lectura, esa misma intensidad que apasiona a los lectores y que hasta genera adicción.

Primer Encuentro de Microficción

3. Después de leer y escribir bastante sobre la Microficción, me di cuenta de que no se había hecho hasta el momento ningún encuentro focalizado en este género. Y yo soy una persona a la que le gusta hacer cosas con las cosas que le gustan, digamos que suelo tener inquietudes que exceden el terreno del papel. Entonces intenté organizar un evento en el Malba, pero el proyecto quedó trunco. Más adelante se nos ocurrió con Luisa Valenzuela convocar a Raúl Brasca, que era un referente del género y conocía a varias personas del medio. Llevé la propuesta al Centro Cultural de España y la aceptaron de inmediato. Invitamos a varios escritores y críticos literarios, pero enseguida se fue corriendo la bola y todos los que se iban enterando quisieron participar (entre ellos Lauro Zavala y Fernando Valls). No teníamos recursos para traer a tanta gente de afuera, pero quisieron venir igual. En un momento temimos abrumar al público con tantos contenidos, pero como las mesas de lectura tuvieron tanta importancia como las de la crítica, el programa se hizo muy llevadero.

Microficción 1 – Fútbol 0

4. En el Centro Cultural de España nos dieron tres días para hacer el evento: el 21, 22 y 23 de junio de 2006. Las fechas nos las dieron con varios meses de anticipación, pero después caímos en la cuenta de que coincidían con el Mundial de Fútbol, y ese día Argentina se enfrentaba con Países Bajos por los octavos de final. Nos queríamos morir. ¡Tanto trabajo y no iba a asistir nadie! Las calles estaban desiertas, pero cuando entramos al auditorio nos encontramos la sala repleta. ¡No lo podíamos creer! El evento tuvo tanta convocatoria que Lidia Blanco, la entonces directora del Centro Cultural, nos dijo: “¡Pero qué bien!: “Microficción 1 – Fútbol 0”. Pasión por pasión, la Microficción había ganado. Organizar el encuentro fue muy trabajoso, pero también muy gratificante. Además, permitió que escritores y críticos argentinos y de otros países se conocieran y se pusiera en contacto para futuros proyectos. Digamos que surgió una “conciencia de grupo”, porque si bien cada uno trabaja individualmente, el género sale adelante gracias al esfuerzo de todos.

La Orden de la Brillante Brevedad

5. Actualmente se realizan encuentros internacionales de Microficción cada dos años (el próximo es en Colombia) y otros locales, como la jornada que se hizo en Rosario el año pasado, pero son espaciados y están más abocados al estudio y a la crítica del género. Por eso con Fabián Vique se nos ocurrió organizar un ciclo de lectura, como los encuentros de poetas. Lo llamamos La Orden de la Brillante Brevedad, término que tomamos prestado de Luisa Valenzuela. Arrancamos en el 2009, pero queremos darle cierta continuidad para ayudar a difundir y a instalar el género. Lo bueno de los encuentros relacionados con la Microficción es que tienen un espíritu más fraternal que otros eventos culturales. Como se trata de un grupo pequeño de escritores hay más familiaridad y siempre se produce una suerte de “alegría del reencuentro”.

Luisa Valenzuela

6. Estudié toda la obra de Luis Valenzuela, que es muy vasta y compacta. Aunque su figura goza ahora de mayor reconocimiento, creo que en Argentina no ocupa todavía el lugar destacado que se merece y que le han dado en otros países. Aquello de que “nadie es profeta en su propia tierra” es trillado pero cierto. Ella tiene un manejo del lenguaje exquisito y sus textos abren múltiples posibilidades semánticas. Es muy inteligente y logra una gran sintonía con el lector. Ella dice que su literatura no da respuestas sino que abre preguntas, y realmente abre preguntas muy interesantes. Habla de ciertos temas pero sin ser panfletaria. En cuanto a sus microrrelatos, son perfectos. Dice tanto en tan pocas líneas, que esa explosión de sentidos invita a un ejercicio de relectura constante. Además, puede observarse la continuidad de ciertos elementos en todos sus textos. Es muy interesante como ella evoluciona con este género, porque al principio hacía Microficción sin saberlo. Luego la invitan a participar de algunos congresos internacionales y comienza a escribir con mayor consciencia de género. En la última Jornada de Microficción que se realizó en Rosario, en lugar de una ponencia llevé una entrevista con formato de video documental en la que conversamos con Luisa sobre sus microrrelatos y su proceso de escritura. Dice cosas tan interesantes que ojalá pueda encontrar otro espacio para proyectarlo y repetir la experiencia con más escritores.

Apocalípticos vs Integrados

7. La brevedad, que es la característica más sobresaliente de la Microficción, funciona muy bien en Internet. No sólo por el formato, sino también por el tiempo de lectura que en principio lleva (los microrrelatos en realidad invitan a la relectura). También se relaciona con esta “Democracia de la Voz” que permite el medio. Existen una infinidad de páginas sobre el género. A Ficción Mínima, el blog que creamos con Violeta Rojo y Lauro Zavala, llegan muchísimas colaboraciones. No todas tienen calidad literaria, pero lo que sorprende es la cantidad de producciones que recibimos. Si la lectura en general promueve la escritura, en la Microficción esta posibilidad se potencia. Y si la Literatura es ambigua, la Microficción es todavía más ambigua, deja más agujeros para completar, y al llenar esos blancos el lector hace una especie de escritura virtual. De ahí a plasmarlo en un texto, para quien tenga la inquietud, hay pocos pasos. Internet, por otra parte, permite publicar los relatos- claro, luego está la sorpresa de que lo breve no es nada fácil, y el compromiso de cada uno frente a su escrito-. Umberto Eco decía que lo que es un horror para los “apocalípticos”, resulta una aventura para los “integrados”. Creo que lo que más asusta es el tema de la calidad literaria, pero yo en principio me siento más del lado de los integrados. Estamos en un proceso de transición y ebullición de estos escritos. Ya veremos cómo se desarrollan con el tiempo.

Huellas de un libro próximo

8. En 2009 publiqué Huellas, que es una suerte de “adelanto” de un libro que todavía está en formación. En realidad, la idea de este “pre-libro” fue de Luisa. Yo tenía los textos que habían aparecido en antologías y en blogs, y ella me dijo: “Vos ya tendrías que publicar algo… Una edición pequeña, como un adelanto”. Así que seleccioné los que eran más afines a ciertas temáticas o búsquedas, a las cosas que en ese momento tenía ganas de narrar, y me lancé al ruedo.

Momentos de percepción

9. Las ideas para los micros en general las encuentro trabajando. No creo en la “inspiración”, aunque tengo muchos momentos de percepción donde de pronto me encuentro siendo espectadora o protagonista de una escena interesante. A veces siento que me desdoblo y miro desde afuera, como un narrador omnisciente. Entonces leo ese fragmento de la realidad y empiezo a tejer asociaciones. Puede ser algo que veo o que escucho, pero inmediatamente se me ocurre un juego de palabras en torno a eso, o trato de invertir la mirada. Lo que me queda es en definitiva una idea para empezar a trabajar. Focalizo en la cadencia del lenguaje y en las omisiones, trato de que el relato se entienda y quede redondo. A veces algo me hace ruido pero no me doy cuenta de cuál es el problema y necesito dejar el cuento en terapia intensiva unos días para descubrirlo. Al contrario de lo que se piensa, es muy difícil escribir Microficción. Uno puede pasar semanas y meses dándole vueltas a un puñado de palabras. En realidad dicen que los textos nunca están listos, pero bueno, al menos se trata de llegar a una versión aceptable.

Una búsqueda permanente

10. En mis cuentos hay una visión femenina, pero no tiene que ver con una militancia de género sino que me sale naturalmente. Abordo el universo femenino más desde el tema de la identidad y de la búsqueda. Creo que mis textos en general no son narrativos (no cuentan una pequeña fábula), sino más bien filosóficos, porque plantean interrogantes. Al menos trato de sugerir o de poner en palabras esos “inefables de la vida” que tan bien plasma Clarice Lispector. Creo que la Microficción también está en un estado de búsqueda permanente, o mejor dicho, quienes la estudiamos estamos en una búsqueda, porque es un género al que no le cabe ninguna clasificación. Eso nos mantiene en un estado de reflexión constante. Por otra parte, indago en lo metaficcional. No me lo propongo conscientemente, pero en mis cuentos suele haber temas que se refieren a la Microficción.

La madre de todas las aguas

11. Es difícil cuando una se dedica a la crítica y luego pasa a ser escritora, porque se tiene todo un paquete o bagaje crítico del que cuesta desligarse. Una sabe que hay una batería de cosas funcionando detrás de los textos y ya ha tratado de desarticularlas en los cuentos de los demás. Por eso cuando escribo trato de situarme en otro lado, intento desarmar esa mirada, de lo contrario me sentiría que estoy siguiendo una receta o dando un examen de la facultad. Hay que darse ese permiso mental y rechazar el mandato de que “el crítico es sólo crítico”. Yo creo que el crítico siempre es escritor, porque pone en juego no sólo esa caja de herramientas sino también una gran creatividad. Todo tiene que ver con la lectura, que es la madre de todas las aguas literarias. En mí, al menos, conviven ambas facetas.

Epidemia mínima

12. La lectura es fundamental, es la que genera el deseo para seguir leyendo o escribiendo microficciones. Todos los que gozamos con ella sabemos que es de lo más maravilloso que existe en la vida. Durante unos años, tuve la oportunidad de coordinar un taller literario en el Servicio de Salud Mental del Hospital de Clínicas y pude comprobar que la lectura tiene la capacidad de restaurar o mejorar la calidad de vida de las personas. Es increíble lo que puede lograr. Y después, bueno, una vez que te pica el “bichito” de la Microficción ya estás contagiado. Es un motor que se enciende y te hace buscar y explorar. Internet es un buen lugar para empezar, se pueden encontrar escritores nóveles y consagrados, y gran cantidad de material que compensa la dificultad que existe para acceder a lo que está publicado en papel. Hay para entretenerse un largo rato en estos universos mínimos virtuales.

Gardella, Martín

Martín Gardella
Martín Gardella

Las dos caras de una misma moneda

1. Soy escritor y abogado, no creo que ambas profesiones sean incompatibles. Quizá es difícil amoldar los dos perfiles, pero yo me considero bastante atípico en ese sentido. Si bien en mi trabajo soy muy serio, y visto de traje y corbata, en mis relaciones sociales soy súper informal. Por otra parte, creo que el abogado tiene muchos puntos en común con el escritor, sobre todo porque lee y escribe mucho. Cuando estaba en la facultad recuerdo que hacíamos una revisa en el centro de estudiantes (“Pensamiento Jurídico”) y más adelante empecé a escribir como cuatro libros de Derecho, que quedaron inconclusos porque siempre descubría que otra persona ya había abordado el mismo tema previamente… Me gusta mi trabajo, no hay tantos especialistas en Derecho Empresario enfocados en el Derecho Petrolero, y en 10 años crecí mucho en mi profesión, pero en la literatura encontré un espacio en el que puedo expresarme y desarrollar mi creatividad.

Cincuenta palabras

2. Mi incursión en la ficción empezó hace ocho años, cuando un compañero del trabajo se inscribió en un taller literario. Él me pasaba los ejercicios que le daban y, a modo de broma, o por competencia, yo escribía a la par, a veces alterando incluso la consigna. Un día se anotó en un concurso del Centro Cultural Borges y sólo para molestarlo envié también unos cuentos míos. El problema fue que yo quedé finalista y él no… Más adelante iniciamos juntos una revista interna en la empresa y organizamos un concurso de cuentos de 50 palabras. El proyecto quedó trunco, pero en dos días escribí como 30 textos. Me surgían espontáneamente. Así fue como empecé a investigar sobre el microrrelato, a leer antologías (En frasco chico, Por Favor sea breve, Galería de Hiperbreves, etc.) y a autores como Ana María Shua, Marco Denevi, Augusto Monterroso, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges. Sin duda lo que más leí en los últimos 20 años fueron cuentos.

Si breve, dos veces bueno

3. Lo que más me gusta de los microrrelatos es que son breves. Por mi profesión y mi familia (tengo dos hijas muy chiquitas) dispongo de muy poco tiempo para leer, y me da la sensación de que leer un libro de microficción es como ver un canal de videoclips. Mis ratos de ocio son cortos, jamás podría seguir una novela o una serie de televisión, pero en media hora puedo en cambio ver hasta diez videoclips… Y de la lectura surge la escritura. Del cuestionamiento de lo que uno lee, de jugar con ese material, de tratar de hacer otra versión, o una continuación. Es cierto que éste es un género un poco bastardeado. Muchos creen que uno escribe cortito porque es vago, o porque no es capaz de escribir una novela. No entienden que es lo que a uno le interesa y le gusta hacer…

El living sin tiempo

4. Hace dos años decidí empezar un blog (www.livingsintiempo.blogspot.com) para obligarme a escribir y a tener cierta constancia. El formato me gustó de inmediato, todos los días subía cuentos y leía los comentarios que dejaba la gente. Así fui conociendo también otros blogs y haciéndome de muchos amigos. Creo que Internet permite descubrir autores muy buenos que de otra manera nunca podríamos leer. Aunque comencé subiendo cuentos más largos, después me di cuenta de que la microficción era lo que más me gustaba y terminé centrándome en este género.

Melómano compulsivo

5. “El living sin tiempo” es un nombre que en realidad se me había ocurrido para un programa de radio. Es que mi otra pasión, además de la literatura, es la música y, aunque cueste creerlo de un abogado, trabajé quince años como Dj privado. Como soy un melómano compulsivo, compré alrededor de 7.000 discos y me encantaba invitar a mis amigos a escuchar música a casa. Para mí el “living” era un lugar de encuentro y de intercambio, a pesar de que la gente andaba siempre “sin tiempo”.

Nada llega por casualidad

6. Cuando empecé no estaba seguro de tener el suficiente “talento”, pero lo que nunca me faltaron fueron ganas. Me moví mucho, mandé textos a diversas publicaciones, participé de concursos literarios, y tuve la fortuna de que varios de mis cuentos fueran incluidos en antologías, como Supervivencia, Habitar en secretos, Grageas 2 y Asteroides. En 2009, me invitaron a participar como expositor en las III Jornadas Nacionales de Minificción en Rosario, y en 2010 Raúl Brasca me convocó para las Jornadas de Microficción de la Feria del Libro. En ambas oportunidades tuvo la posibilidad de conocer a grandes escritores que fueron muy generosos conmigo y que me impulsaron a escribir cosas nuevas. También me apoyaron mucho cuando decidimos lanzar junto a Esteban Dublín, Luis Gonzalí, Daniel Sánchez, Víctor Lorenzo, y Fernando Remitente, la revista virtual especializada en el género: “Internacional Microcuentista”. Pero nada llega por casualidad. Tuve que trabajar mucho y ser perseverante.

Nuevas tecnologías

7. El blog es para mí el formato ideal para escribir. Actualmente tengo cuatro online: “El living sin tiempo”, “Internacional Microcuentista”, “Proyecto Fotocuento”, un espacio que creamos con Christian Pereira, donde publico textos inspirados en sus fotografías, y “Timeless Fiction”, que posee cuentos de mi autoría traducidos al inglés por Gustavo Sevilla. En Facebook y Twitter no publico textos, pero me sirven para promocionar las entradas de los blogs y para interactuar con otra gente del medio, por lo que son igual de importantes y hoy les dedico también mucho tiempo.

El primer libro

8. En agosto finalmente pude lanzar mi primer libro de microrrelatos: Instantáneas. La publicación es el resultado de una acción conjunta entre varios autores nóveles, que nos unimos para poder cumplir nuestro sueño. Lo hicimos a través de la Editorial Andrómeda, que va a ampliar su catálogo de narrativa con cuatro colecciones: cuentos, novelas, antologías y poesías. El mío es el primero de la colección Microgenia que dirige Sergio Gaut vel Hartman, un espacio que espero logre instalarse por mucho tiempo, para que todos los microrrelatistas tengan la posibilidad de publicar.

Instantáneas

9. Creo que el título capta muy bien la idea de brevedad, además de referir a la fotografía, capaz de inmortalizar aquello que sucede en un instante. La ilustración la hizo Christian Pereira y consiste en unos chispazos de fuego, un elemento fugaz pero con muchísima fuerza. El libro se divide en cuatro partes. La primera se llama “Confesiones” y reúne relatos contados en primera persona. La segunda se titula “Macrorealismo” (nombre que juega con el opuesto de la palabra “Microficción”), y contiene textos un poco más largos, aproximadamente de una carilla y media. La tercera se denomina “Imposturas” y está integrada por cuentos que revierten y se burlan de algunas historias clásicas. Y la cuarta se llama “Fugaces”, porque está conformada por textos muy cortitos de diversa índole.

El tiempo no para

10. El tiempo es un tema recurrente en mis textos. El paso del tiempo, sobre todo, es algo que me obsesiona pero que no me da miedo, incluso me gusta mucho ironizar sobre la muerte. También soy muy nostálgico y me gusta apelar a los recuerdos. Viví en La Plata hasta los 13 años y mudarme a Capital Federal fue difícil. A pesar de estar tan cerca, son dos ciudades muy distintas, y para mí implicó también un cambio de colegio, de amigos, etc. Por eso me gusta volver al pasado y a esos momentos tan lindos. Tengo varios cuentos autobiográficos, aunque siempre poseen algún condimento de ficción, claro.

Humor fino, humor efectivo

11. El universo de la infancia se me aparece también a causa de mis hijas, que me asedian con sus muñecas e historias fantásticas sobre hadas y princesas. Me gusta mucho jugar con la intertextualidad y burlarme de los clásicos y de los estereotipos. El humor me parece fundamental. Un microrrelato que logra el humor fino, no desde el chiste, sino desde la ironía, el doble sentido o la sorpresa, tiene sin duda el éxito asegurado. De hecho en las jornadas de microficción son los más festejados, porque además se acomodan muy bien a la oralidad.

Animaladas

12. También me atrae mucho lo fantástico, la posibilidad de otras vidas, otros mundos, otros seres. Las metamorfosis kafkianas me parecen geniales, igual que las fábulas de Augusto Monterroso, los cuentos de la selva de Horacio Quiroga y algunos bestiarios. Esas influencias se notan en mis cuentos. Creo además que los relatos de animales son más populares y llegan también al público infantil. He tenido la oportunidad de leerles algunos a los niños y por el momento tuvieron muy buena aceptación.

Instantes cotidianos

13. Las ideas para los cuentos surgen de instantes cotidianos. A veces se me ocurren mientras viajo en colectivo, camino por la calle o escucho una canción. Otras se disparan a partir de un sueño, un recuerdo o un comentario que hizo alguien. Siempre llevo una libreta donde anotarlas, para que no se me “escapen” y pueda volver después sobre ellas. Eso sí, cuando me siento a escribir trato de que salga algo. Es posible que a veces no sean textos de gran nivel, pero los guardo porque sé que las ideas son buenas y que puedo retomarlas más adelante. Algunos relatos de hecho cambian tanto, que hasta yo mismo me sorprendo…

De la idea a la forma

14. No creo que existan “técnicas” para escribir, pero intento ser muy cuidadoso con el lenguaje y creo que he evolucionado. Con el tiempo aprendí a ahorrar palabras y a abandonar el vicio de la descripción. Sí me gusta utilizar muchos adjetivos, de lo contrario veo a los sustantivos como desnudos. Además creo que son la base de la microficción: un adjetivo bien colocado puede alterar todo el sentido de un texto. También me inclino por los giros finales y el efecto sorpresa, porque así son los microrrelatos que disfruto leer. Me gusta que me dejen pensando, que me arranquen una carcajada, o que me sacudan de un trompazo.

Lo que piensan los lectores

15. El lector es un elemento importante a la hora de escribir. Quizá sea por la excesiva formalidad de mi profesión de abogado, pero trato de que mis textos tengan una aceptación generalizada. Para no cansar siempre con lo mismo, paso del terror a lo romántico, de los relatos de una línea a los de una página, de la ternura al impacto. Claro que a veces juego con temas un poco “tabu”, como la infidelidad o el sexo, que a algunos pueden horrorizarles, pero que en definitiva son cuestiones de todos los días. El hecho de que un par de líneas puedan tener tantas interpretaciones diversas es, sin embargo, apasionante. En ese sentido, el blog es mejor que el libro, porque uno puede enterarse de la opinión de los lectores. Por eso valoro tanto sus comentarios y trato de generar el mayor intercambio posible.

¿Misión cumplida?

16. A veces está bueno hacer una mirada hacia atrás para ver el origen de los sueños y cómo uno los pudo ir concretando, pero la edición de mi primer libro no es una misión cumplida sino una que recién empieza. Me gustaría seguir creciendo en lo literario, escribir textos más largos, cuentos para chicos. No voy dejar la microficción, porque es un género con el que estoy cada vez más involucrado, me gusta y me divierte mucho, pero también quisiera probar cosas nuevas. Creo que la bola ya está lanzada…

Vique, Fabián

Fabián Vique
Fabián Vique

Los primeros pasos

1. Empecé el Profesorado de Lengua y Literatura porque me gustaba leer. El deseo de escribir surgió después, cuando descubrí la microficción. Una de mis profesoras nos inició en este género y nos incentivaba permanentemente a redactar microrrelatos. Paralelamente, conocí la revista Puro Cuento y me convertí en un asiduo lector y participante de los concursos que organizaba. Haber obtenido el primer premio la segunda vez que envié mis relatos hizo, de hecho, que pudiera creer en la honestidad y efectividad de los certámenes literarios. De todos modos, escribir no era una tarea que tomara demasiado en serio, pero al cabo de un tiempo acumulé varios textos y se me ocurrió publicarlos en una colección de minilibros que denominé: Minicuentos.

En 100 palabras

2. Una vez recibido empecé a dar clases en escuelas del partido de Morón, en donde vivía. En 2000, Laura, mi ex esposa, tramitó becas para profesores en España, y, contra mis pronósticos, las ganamos. El programa tenía una duración de seis meses, pero cuando terminó quise realizar un curso de doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid. Ya no había beca, así que busqué fuentes de ingreso alternativas. Fue entonces cuando me topé con un concurso de microrrelatos de 100 palabras. La idea me gustó tanto que me propuse redactar 100 micros de 100 palabras. Ni gané el concurso, ni llegué a los 100 micros, pero reuní 25 en una edición artesanal que titulé Con las palabras Contadas, y salí a venderlas al Parque del Retiro, donde un amigo se ganaba la vida cantando y tocando la guitarra. Me quedaba charlando con los que iban a pasar la tarde y vendía mis libros. Así sobreviví mientras avanzaba en la carrera, hasta que decidí abandonar el “hippismo”.

¿Traducir microrrelatos?

3. En 2003 surgió la posibilidad de trabajar como lector de español en la Universidad de Kragujevac y profesor colaborador en el Instituto Cervantes de Belgrado, Serbia. Fui por un año pero me quedé cuatro. En una ocasión les propuse a los alumnos armar y traducir una antología de microrrelatos. Resultó un ejercicio arduo pero muy enriquecedor, porque había que abordar el sentido literal y profundo de los textos para encontrar las correspondencias más adecuadas, igual que en la poesía.

Quimeras de la vida

4. Aunque el Instituto estaba dispuesto a financiar la publicación, no pudimos conseguir la autorización de todos los escritores, y el proyecto quedó trunco. Pero una tarde el director, que había leído unas micros mías en la revista Quimera, me preguntó si tenía más. Se las llevé, le gustaron y a partir de ese momento empecé a trabajar en la edición bilingüe de mi tercer libro La vida misma y otras microficciones, junto con Silvia Monros-Stojakovic, una serbia que había vivido la mitad de su vida en Buenos Aires, y había sido amiga y traductora de Julio Cortázar. Después, la Universidad de Kragujevac publicó igualmente la antología Amantes, dinosaurios y fantasmas, que salió también en edición bilingüe, en este caso con los textos en serbio, en alfabeto cirílico.

La vuelta al pago

5. Aunque me gustaba el trabajo, con el tiempo sentí que estaba perdiendo el contacto con la lengua literaria. Yo hablaba en español con mis alumnos y colegas, pero el contacto con el lenguaje que se requiere para escribir era insuficiente. En aquel período escribí poco y casi todas las historias ocurrían en Argentina. El lugar en el que uno vive sin duda influye en la manera de componer, pero yo no había incorporado el idioma serbio. Quizá se me aparecían personajes o escenarios locales, pero las voces y los acentos eran siempre de la lengua materna. Así que volví, retomé las clases en la ciudad de Morón, y fundé mi propia editorial: Macedonia Ediciones.

El sueño de la mariposa

6. Lanzar la editorial fue una aventura audaz y temeraria. Cuando volví a Buenos Aires me propuse comenzar un emprendimiento propio y editar libros que fueran lindos para mí, para los amigos que andaban publicando por ahí, y para los demás lectores y escritores que hacemos ediciones de tirada baja. Como siempre me consideré un macedoniano acérrimo, se me ocurrió que podía homenajear al escritor utilizando su nombre. En 2007 publiqué Variaciones sobre el sueño de Chuang Tzu, en rigor una miscelánea de textos, no todos eran microrrelatos. Muchos los había difundido ya a través de mi blog: www.delasavesquevuelan.blogspot.com y otros los había escrito para leer en un ciclo de poesía, El precio, donde tenía una columna de microficción.

Un crecimiento desparejo

7. Hay una clara disparidad en el desarrollo del género en los distintos países. En Serbia, por ejemplo, casi no encontré microficcionistas. No hay un movimiento como el que existe en muchos países de Latinoamérica. En España hay revistas y páginas webs que son muy seguidas, y se hacen concursos y se publican minicuentos a mansalva. Varios escritores reconocidos en otros géneros han publicado microficciones y eso le dio mayor visibilidad y entidad al género.

La microficción en las aulas

8. En mis clases también recurro mucho a la microficción, aunque no es tan fácil de enseñar como puede parecer. Es un género tan elíptico que requiere de un lector con cierto bagaje literario para poder captarlo. No obstante, una vez incorporadas algunas técnicas, resulta muy útil para motivar la producción textual, porque a los chicos no les gusta escribir textos largos. Por otra parte, es una herramienta que permite abrir las puertas a la literatura.

De la escritura a la oralidad

9. En Buenos Aires hay muchísimos encuentros de poesía y cuentacuentos que sostienen la tradición oral de la literatura. Pero que yo sepa no hay ciclos de microficción. Aunque se leen minicuentos en los congresos, al que no le interesa la teoría tiene que fumarse horas de ponencias entre uno y otro (con el respeto y el amor que les tengo a mis amigos teóricos). Por eso el año pasado nos propusimos con Sandra Bianchi recuperar este carácter oral tan a tono con el género, y fundamos la Orden de la Brillante Brevedad. Hicimos un encuentro en Haedo, otro en Buenos Aires y un tercero en Mendoza. Y seguiremos.

Cuentos soñados

10. Se me han venido a la mente microficciones durante viajes en trenes o colectivos. También cuando salía del cine. Muchas veces, apenas me ponía a leer libros, a la primera hoja de una novela de 800 páginas se me ocurrían 800 posibles minicuentos y ya no podía seguir adelante. Era una tortura: así fui perdiendo mi erudición novelística. Pero la gran mayoría de mis textos son mañaneros, escritos apenas me despierto. Mi inconsciente es el creador, porque son cuentos soñados. Y creo que mis sueños van perfeccionando su formato literario: no imagino una historia para contar, imagino un texto literario armado. Mis manos sólo tienen después que ejecutarlo. Vienen hasta con el género puesto, son microficciones o poemas, o híbridos que pueden ser una cosa u otra según como se los lea.

Libros de microficciones

11. La vida misma y otras microficciones, que reedité en 2010, reúne textos que fui escribiendo a lo largo de los años y sinceramente fue difícil encontrar un criterio que permitiera agruparlos a todos. Son pocos los libros de microrrelatos que fueron pensados desde el inicio como una totalidad, y, a decir verdad, me produce algo de claustrofobia ese tipo de estructuras. Además, es divertido jugar con las posibles clasificaciones y muy gratificante dar con un modo de organización válido pero flexible. En este caso, lo central en la primera sección es la anécdota, en la segunda los personajes y en la tercera los planteos “filosóficos” o argumentales.

El escritor ideal

12. El cuento que le da nombre al libro juega con la antítesis ficción-realidad. Es sobre un niño que construye un mundo de fantasías mientras juega a la play station y es devuelto a la realidad por un cachetazo de su madre. Creo que es también una metáfora de la literatura y una burla a los escritores, y a mí mismo. El libro tiene varias referencias metaficcionales, pero todas tienden a romper con el mito del escritor con mayúsculas. Mi modelo es el escritor laburante, como Roberto Arlt, que depende de los lectores para que lo sigan publicando en el diario, o inseguro como Marco Denevi, que durante una entrega de premios teme no saber qué responder cuando le pregunten por su estilo. Afortunadamente, esto de poner a la literatura en un altar se ve mucho menos entre los microficcionistas.

Laura Nicastro

Laura Nicastro
Laura Nicastro

Encuentro casual

1. Yo no descubrí la microficción, la microficción me descubrió a mí. El primer microrrelato que me publicó La Prensa fue “Mi Pierre”, pero yo ignoraba que perteneciera a ese género. A partir de entonces fui intercalando textos cortos en mi producción, aunque creo que el tema es el que determina la extensión. Luisa Valenzuela dice que hay dos maneras de contar una idea: “el cazador al acecho” o “el que va en busca de su presa”. Yo soy una cazadora al acecho. Tengo una idea y de pronto me encuentro con un microrrelato, con un cuento o con una novela. Cada texto nace ya con un género dado. Lo que más me gusta de la microficción es su intensidad. No sé nada de armas, pero existen unas balas que primero penetran en el cuerpo y luego estallan. Creo que la microficción es así. Deja resonancias y material para seguir elaborando.

Un abanico de posibilidades

2. Cuando me muevo por la ciudad soy muy observadora. Una situación cualquiera puede ser el disparador de un cuento, y una palabra que oigo al pasar puede ser un final perfecto. Otras veces me sucede que escribo cuentos a la par de una novela en desarrollo o aprovecho como disparadores anécdotas que escucho al azar. En sus clases, Abelardo Castillo solía decir que el escritor es como un vampiro que se alimenta de lo que lo rodea.

La hoja en blanco

3. Yo no soy de sentarme frente a la hoja en blanco. Cuando me siento ya sé lo que voy a escribir, cómo empieza y cómo termina. Lo único trabajoso es que lo plasmado en el texto coincida lo más posible con lo que tengo en mi cabeza. Ese es el mayor desafío que tiene un escritor, porque la palabra recorta en la misma medida en que define y siempre quedan muchas cosas sin expresar. Este fenómeno se potencia en la microficción, donde las palabras tienen mayor peso semántico.

Y se armó un libro…

4. El primer borrador es manuscrito. Después lo paso a la computadora, lo imprimo y lo vuelvo a corregir a mano… y así sucesivamente (puedo estar corrigiendo un texto durante años). A veces siento que el teclado es una barrera entre el texto y yo, en cambio con la mano la tinta fluye sola, como si fuera sangre. El libro después se arma por sí mismo. Hasta en eso soy una escritora al acecho. De pronto me doy cuenta de que los cuentos tienen algo en común y pienso: “¡huy, se armó un libro!”. Por supuesto que esto que suena como “ay, no me di cuenta”, implica también un montón de trabajo y muchas “horas silla”.

Los Aerólatras

5. Es muy interesante ver qué pasa con el otro, cómo se reescribe un cuento a partir del que lo lee. Cuando Clarín publicó “Los Aerólatras”, una compañera de trabajo me dijo: Laura, ¡qué lindo cuento escribiste! ¡Cómo me hiciste recordar mi adolescencia! Yo estuve tan restringida por mi madre, que no podía moverme, bailar ni reír”. Ese relato era sobre un pueblo en la Patagonia, donde el viento soplaba tan fuerte los domingos que volaba los techos de las casas. Entonces, para no despertarlo, durante la semana las personas no se movían, hablaban bajito, no bailaban, no reían, no tosían, nada. Y el domingo se subían a una meseta y, cuando empezaba a soplar la brisa, sostenían desde ahí los techos con la mirada. Nada más alejado de mi intención que retratar la adolescencia de mi compañera.

Como botellas en el mar

6. Esa misma noche me llamó también un desconocido para decirme que había leído el cuento siete veces y quería saber por qué lo había releído tanto. El hombre me contó que compraban el diario entre todos los compañeros del trabajo, pero que le regalaban el suplemento porque sabían que le gustaba y, como era miope, no podía sino leerlo de a poquito. Entonces se me ocurrió que quizá le había atraído la idea de la fuerza en la mirada. Es muy gratificante ver cómo un mismo texto puede tener interpretaciones distintas. Los cuentos son como botellas que tirás al mar. Nunca sabés en qué playa van a aparecer, y eso es apasionante.

e-Nanos

7. En e-Nanos, mi más reciente antología, reuní microrrelatos que se fueron publicando en diarios y revistas, y también otros inéditos, que de algún modo quedaron como “huerfanitos” flotando en el éter. Elegí ese título porque “nano” es la milmillonésima parte de cualquier unidad de medida, y “e-” alude a la electrónica, y a la facilidad con la que los textos breves navegan por el ciberespacio.

Sé bueno y te irá mal

8. El libro se divide en tres partes: “Fábulas Apócrifas”, que contiene fábulas propias y versiones de otras clásicas; “Palabras, no hechos”, que posee microrrelatos “lúdicos”; y “Hechos, no palabras”, donde las historias son de ficción. En general, disfruto de escribir fábulas porque se prestan mucho a la ironía. Como tienen que ver con preceptos morales, es muy divertido darlas vuelta. Mi idea es: “Sé bueno y te irá mal”, sólo por el placer de contradecir a Esopo. También me gustan los cuentos que invitan a la reflexión. Cuando me anoté en la carrera de Filosofía buscaba algo que cambiara mi manera de pensar, que me diera respuestas. El resultado es que tengo cada vez más preguntas y me encanta compartir ese “sufrimiento” con los lectores.

¡Clin, caja!

9. Cuando escribo soy andrógina: hombre y mujer. Hasta el momento sólo fui convocada para participar de antologías femeninas, pero si me llamaran para integrar un libro con colegas masculinos también aceptaría. La antología es una herramienta muy interesante para la difusión, porque todos los autores se preocupan por darla a conocer, y de ese modo se logra mucho más alcance. Sí, también mando textos a concursos pero, aunque aprecio enormemente los premios, cuando los recibo enseguida hago “clin-caja para la gloria y a lo que viene”. Los galardones me alientan a seguir escribiendo y al mismo tiempo me producen cierta parálisis, porque siento que tengo que superarme. De todos modos, he sido jurado de concursos y sé que a veces, frente a tres textos del mismo nivel, la decisión es dificilísima. Por eso tampoco me desaliento cuando no gano.

Hijos de papel

10. Un libro es como una mascota fiel: siempre te está esperando. Cuando volvés a tu casa cansada, cuando te rompen el corazón, él siempre está. Es incondicional. Por eso yo quiero y defiendo mucho a mis libros. Incluso me anoté en un taller de teatro, porque me di cuenta de que los destruía cuando los leía en público, y esa experiencia me sirvió muchísimo. Además los comparo con los hijos: cuando adquieren la mayoría de edad (en este caso, la publicación) caminan solos y nunca sabés adónde irán a parar. Yo no tengo hijos biológicos: mis hijos son de papel.