Novena edición de la Orden de la Brillante Brevedad

El 3 de julio se celebró el noveno encuentro de la Orden de la Brillante Brevedad, lectura de microficciones.

La reunión se realizó en el Centro Cultural Mordisquito de la Ciudad de Buenos Aires, y contó con la presencia de los escritores Susana Aguad, Eugenio Mandrini, Ana Paruolo y Federico Spoliansky.

Lectura de Susana Aguad

Lectura de Ana Paruolo

Lectura de Federico Spoliansky

Lectura de Eugenio Mandrini

Carrusel de microficciones

9º Encuentro de la Orden de la Brillante Brevedad

El martes 3 de julio, a las 20hs, se celebrará el noveno encuentro de la Orden de la Brillante Brevedad, lectura de microficciones.

Esta nueva edición se realizará en el Centro Cultural Mordisquito (Pasaje Enrique Santos Discépolo 1830, CABA), junto a los escritores Susana Aguad, Eugenio Mandrini, Ana Paruolo y Federico Spoliansky.

Mandrini, Eugenio

Eugenio Mandrini
Eugenio Mandrini

Nació en Argentina, en 1936. Poeta y narrador. Es académico titular de la Academia Nacional del Tango y autor del libro de microficción Criaturas de los bosques de papel (Ediciones Culturales Argentinas). Sus piezas han sido incluidas en revistas como Puro cuento y Ñ, y en la antología Galería de hiperbreves (Tusquets, Barcelona). También publicó varios libros de poesía, como Cuerpo de abismo y Conejos en la nieve, éste último Primer Premio del Concurso de Poesía Olga Orozco, 2008.

Cuento del lunes enloquecido

Mandrini, Eugenio

– He venido a matarlo- dijo el empleado de más antigüedad.

– Sea realista- dijo el banquero, imperturbable-. Piense que veinte años atrás podría haber comprado un fusil. Quince años atrás una pistola 32. Diez años atrás, cuchilla de mesa. Pero hoy apenas le alcanza para un alicate, un desafilado y endeble alicate nacional. En suma, usted no está en condiciones de matar a nadie.

– Sin embargo he venido a matarlo- dijo el empleado.

– Ridícula pretensión la suya- dijo el banquero-. Trae usted las manos vacías y no se notan bultos sospechosos en los bolsillos…

– Aún así, voy a matarlo- dijo el empleado.

– ¿Pero cómo?- dijo el bancario, al fin intrigado-. ¿Cómo lo hará usted?

– Así- dijo el empleado y comenzó a desanudarse la vieja y sucia corbata endurecida como una soga.

Parpadeos

Mandrini, Eugenio

Sólo hay tres clases de ciegos, ¿o tres no es el número perfecto? Está ése al que no hay explosión ni asamblea de luciérnagas que lo saquen de la sombra profunda. Está el otro, el que aún ciego, conserva un esbozo de penumbra y al resplandor de un fósforo queda de pronto en éxtasis y bajo la luz furiosa del medio día cree que los ojos le vuelven. Y finalmente está aquél, ése que palpa afanoso los contornos y las grietas, los movimientos y temblores de los breves mundos. Ése, el tercero, es el amante.

La bella y el bestia

Mandrini, Eugenio

Ni bien asomé la cabeza de las aguas y me vio, el carbón de sus ojos comenzó a encenderse.

También yo, al verlo, imaginé por un momento el milagro de que hubiera entre nosotros un entendimiento de los cuerpos.

Vano todo.

Él se alejó, prado lejos. Yo regresé, aguas al fondo.

La contaré entre los míos como una historia de exaltado romanticismo.

La contará entre los suyos como una historia de profunda melancolía.

Aún así, sucesos como éstos me inspiran a mí, sirena, a creer en lo imposible.

Espero que a él, centauro, también.

Es muy mala la tristeza

Mandrini, Eugenio

Malísima, es. Y por eso el recién llegado dijo que la podía curar, que solo él la podía curar. Así fue que lo eligió al Luis, un muchachote de una cara de tristeza sepulcral y de labios del color de las tardes cuando empiezan a envejecer, y lo hizo sonreír. Para ello se valió de un hilo casi invisible de tan fino, con el cual cosió cada comisura de los labios y las unió a cada lóbulo de las orejas. El Luis, su familia y la gran mayoría del pueblo quedaron satisfechos y extasiados con esa sonrisa desmesurada que era como todas las sonrisas a la vez. Solo unos pocos, los escépticos de siempre, persisten en afirmar que, de algún modo, el curador de la tristeza fracasó, porque no supo borrarle de los labios al Luis ese insoportable color de las tardes cuando empiezan a envejecer.

Paraíso

Mandrini, Eugenio

Un grande silencio, una súbita quietud sobrecoge a la selva. A un paso del ciervo acorralado, el tigre suspende el salto. En las altas ramas los monos dejan de chillar, los ojos ardientes como si miraran el fuego. Los pájaros guardan las alas, cosen sus picos. Las hojas callan su acostumbrado susurro. Nadie camina. Nadie salta. Nadie vuela. Nadie se mueve. Nadie respira. Nadie muere. Allí, el colibrí y la flor, copulan.