La última misión

Sosa, Fabián

Boogie eludió la vigilancia con la agilidad de una serpiente oculta en un cuerpo de elefante. Entró en la habitación y lo vio postrado, conectado a los aparatos que lo mantenían con vida, ya sin esperanzas.
A ese hombre le debía su formación, su carácter, su postura, su manera de hablar. Hasta su nombre. Desde que estaba enfermo no le asignaba ninguna misión.
Boogie estaba perdido. No lo llamaban de la CIA y los dictadores venían en baja.
Necesitaba acción. La pistola automática le empezaba a molestar en la cintura.
Recorrió al hombre con la vista pero no quiso mirarlo a los ojos.
Entonces, con delicadeza, sacó la almohada de debajo de esa cabeza flaca, casi calva, la barba un poco crecida. Presionó fuerte. La calavera apenas recubierta no ofreció resistencia.
Con el pucho en la boca, cruzó la puerta y masculló: – Negro tenías que ser.