El Alba

Fernando Andrés Puga

El diablo entró en la alcoba. Ella dormía. Con un lazo le ató el brazo derecho al respaldo. Mordió su codo. Le tapó la boca con odio hasta hacerle sangrar el labio inferior. Se abrió paso y llegó hasta su cadera. Cabalgó como un barco sobre olas bravías. Ella se sacudía y, mientras él le invadía la cola, quiso gritar. Él le susurró chanchadas al oído y el lebrel que lo acompañaba se acercó hasta el vientre de ella. Ladró. Movió el rabo. Se ve que le gustó el sabor de la loba que a punto estuvo de morir. La salvó el timbre. Culpa del olor que atrajo a los vecinos.

Buenos Aires

Fernando Andrés Puga

Nada en movimiento durante esta calma mañanera. Aroma a café y a pan tostado. De a poco un desperezo y un lento parpadeo. Pantuflas, lagañas, música de Bach desde la radio.
De pronto un estallido y gritos en la calle. Frenos, llantos, bocinas y sirenas.
Vos y yo, despiertos sin asombro como todos los días.

Familia numerosa

Fernando Andrés Puga

Para papá, el primer plato, bien lleno. Para mí, el segundo, con bastante guiso. El tercero, para mi hermana. Después, los más chiquitos. El último, para mamá, aunque a veces vacío.

Reclutamiento

Fernando Andrés Puga

Primero, un gesto amable y una sonrisa compradora. A continuación, palabras de consuelo y una promesa. Por último, un forcejeo, una mordaza y un violento empujón hacia el interior de la camioneta.
Al poco tiempo, algunas fotos en facebook, en la tele, en los diarios y en las boletas de luz y gas, por si acaso alguien…
Todavía nada.
Todavía nadie.

Final feliz

Fernando Andrés Puga

Ella en el andén con el bolso, los zapatitos y la cabeza gacha. El tren ya lejos, y entonces, inesperada, la mano de él sobre el hombro de ella.
— ¡Penélope!
El tiempo, de regreso desde el mítico ayer.
El espacio, lleno otra vez de juventud en esos ojos viejos.

¿Recuerda la última?

Fernando Andrés Puga

¿La última vez que llovió? ¡Y, no se anduvo con chiquitas! Las alcantarillas de la esquina se llenaron con las hojas de los fresnos de la cuadra y, encima de eso, el agua que venía en correntada por la pendiente junto al cordón arrastró todo lo que halló a su paso: bolsas, botellas, cartones, telgopor… En fin, que se hizo un tapón en la esquina y el agua empezó a subir. Al día siguiente el barrio amaneció vacío y cuando al fin pudimos regresar, con el desamparo sobre los hombros, ya no quedaba nada. Hubo que volver a empezar, aunque me está costando esta vez. Es que ya estoy grande ¿vio?

Matungo

Fernando Andrés Puga

La última vez que lo vi, estaba más flaco que de costumbre. Parecía no haber comido en varios días y arrastraba el carro con gran esfuerzo. Le acerqué unas galletas de esas que habitualmente guardo en la vieja lata que tengo entre los fierros del taller, salpicadas de azúcar. Sé que sonrieron sus ojos tristes. Después se alejó a paso lento. Recuerdo que pensé que no lo volvería a ver.

Cuando vino el agua y arrasó con todo, regresó a mi memoria. Con su andar cansino a pesar de los rebencazos, ha de andar recolectando a más no poder. Aunque, quién sabe, tal vez se lo llevó la corriente.

Sin título

Fernando Andrés Puga

Verona tenía dos amantes. Atrapada en su indecisión, optó por deshacerse de ambos. No lo consiguió. Ellos tenían sus propios planes.

Pisar caca

Fernando Andrés Puga

A juzgar por lo que piso cada mañana en el umbral cuando salgo para la oficina, a esta altura debería ser multimillonario. Pero no. ¿A quién se le habrá ocurrido semejante tontería?
Hoy salí preocupado. El jefe me pidió que fuera unos minutos antes porque tenía que comunicarme algo personal. Cuando bajé la vista y descubrí que no había nada en el umbral, caí en la cuenta de que, si no hacía algo para impedirlo, hoy no sería precisamente un ascenso lo que se me notificaría. Me senté a esperar que pasara mi vecinita con su caniche toy.