Tercermundista

Puga, Fernando Andrés

Los pasillos del colegio rumoreaban que lo mandaron a España. Algunos de los de quinto decían que se lo habían chupado y que hasta el obispo trató de convencer a los milicos para que lo soltaran. Otros lo dieron por muerto. Yo no sé. A mí se me hace que el Padre Julio se quedó en la villa y nadie lo reconoce porque perdió el acento español y dejó de usar esas ropas tan presuntuosas que usan los curas. Está acá, sí. Y con nosotros levanta de nuevo las paredes.

Clase media

Puga, Fernando Andrés

No desaparecí. No fui ultimado en algún enfrentamiento. No recibí amenazas, no estuve en listas negras, no fui al exilio. No nací en un centro clandestino ni terminé en brazos extraños.
Aun así, no acabo de encontrarme.
Soy argentino. Tenía dieciocho cuando la oscuridad se apropió de mis sueños, cuando el grito de gol inundó el estadio ahogando el desgarro que se descomponía entre las catacumbas. Ahí estaba yo, con mi bandera.

Ahora, en el espejo, estoy yo. Antes…

Puga, Fernando Andrés

¿Será que al abrir esta puerta ya no seré el mismo? ¿Los espejos me devolverán otro rostro? ¿Me reconoceré en el gesto resuelto de ese hombre de barba que clava sus ojos en mis ojos desde la vieja foto, una entre miles que empecinadas se niegan al olvido y vienen al encuentro de tantos como yo que no fueron hasta hoy más que vestigios de sí mismos? ¿Remontaré el barrilete que perdió su piolín el día en que otras manos pretendieron llevarlo hacia otros cielos?
—¡Pase, está abierto!— invita la voz gastada de una anciana.
Y empujo la puerta…

Ni olvido…

Puga, Fernando Andrés

Descolgó la ropa. La dejó en el cesto. ¿Alguien la plancharía alguna vez?, se preguntó.
Bajo el techito del lavadero no olvidó dejar alimento para el gato en la vieja lata de dulce de membrillo, y sin poder evitarlo olió las aromáticas que ella había plantado en la vieja maceta de cemento poco antes de desaparecer. Luego cerró la casa y salió a la calle.
Desde la cornisa resquebrajada, un maullido le recordó que tenía un lugar al que volver cuando por fin la encontrara.
Afuera, la lluvia y algún rayo de sol en el poniente. Hacia allá se dirigieron sus pasos.

Fuga hacia adelante

Puga, Fernando Andrés

Fiel a sus principios, elegirá el silencio. Resistiré cualquier apremio, se promete. Nunca, delator.
Al oír la cerradura, su fe tiembla ante la inminencia del dolor. Traga la poca saliva que queda en su boca seca y sintiendo que la duda le muerde los talones, decide clausurar el cuerpo, oler el paraíso y volar a Dios.

Patricia

Puga, Fernando Andrés

Cuando la adolescencia ardía en nosotros, cuando la ciudad rebalsaba de oscuros presagios, cuando elegíamos entre el amor o la guerra, ella quiso ser mi novia.
Acaso vio en mí una salida del infierno, una luz al final del túnel, un inocente juego para eludir la muerte.
Pero ella era una enorme mujer sobre mi humilde virilidad naciente y no arriesgué mis naipes.
En la carta que abrí aquella mañana decía que en un baldío oscuro apareció baleada junto a los compañeros.
Aún hay en mi alma un beso que la busca entre las telarañas del olvido.

Última chance

Puga, Fernando Andrés

Sé que sos vos, aunque te cubras la cara con esa media, aunque tus manos se escondan tras el arma. No dispares, por favor, aún estás a tiempo. Quedate conmigo. Aquí, entre los seres humanos, todavía hay un sitio para vos. Allá… no sé. Nadie regresa de la noche eterna.