Más que odio

Domínguez, Gastón

Ballester y Muñiz se odian. Están frente a frente, en un potrero iluminado tenuemente. El calor de los cuerpos mitiga el frío. Se respiran muy cerca. La cosa se calienta al primer roce. Alguien pone una mano donde no debe y otro sale al cruce con el pecho.

Ballester, bien parado, busca profundidad. Aumentan las fricciones, chocan las piernas. Muñiz se acomoda bien y aguanta los embates. El “ida y vuelta” se torna frenético. Hay agitación. La transpiración recorre rostros compenetrados. Muñiz festeja primero, a contramano de la teoría. Ballester iguala, apenas unos segundos después.

Ahora, de espaldas al césped, consumado el final, advierten que se han mentido toda la vida. Al menos, los desnudos cuerpos extasiados de Víctor Ballester y Josefina Muñiz no parecen odiarse demasiado.