Una

Giovanni Clavijo Castillo

La una de la madrugada, un teléfono chilla en la oscuridad. Una, dos, tres, veces.
— Sí, diga…
— Flavia, por favor.
Esa voz, marica, esa voz en piloto automático, esa voz de locutor de emisora tropical.
— No, está equivocado, aquí no vive ninguna Flavia.
— Qué pena, bacán, ¿estaba durmiendo? Discúlpeme, me dieron este número telefónico.
— …
— Me llamo Esteban, soy amigo de Flavia.
— Hermano, ya le dije que aquí no vive ninguna Flavia.
La tropivoz cuelga. Afuera, en la calle, alguien se pone en modo Sho Kosugi (eso no va a impedir que te revienten, camará). ¡Puta noche! Y Flavia desangrándose a mi lado.

La diva y el dios

Clavijo Castillo, Giovanni

Moria Casán, pectopulenta diva sexigenaria de formas imposibles (tomo un respiro), camina por Corrientes. La loba acelera el paso y marca al mundo con su indiferencia. Fatal, fría, superficial, atorranta. Yo beso el polvo que pisa, devoro sus partículas siliconadas, me intoxico de perfume barato (en ella todo parece barato). Un hombre débil. Llueve, El Gráfico se convierte en pulpa. Olmedo busca en su escote un alivio para una deslucida eternidad. Maradona piensa en su oportunidad perdida.